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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La ecología franciscana se destaca por su profundidad y radicalidad, alejándose de la caricatura de un Santo de Asís sentimental con los animales. El Cántico de las Criaturas, compuesto en medio de la ceguera y la crisis existencial de Francisco, revela una fraternidad cósmica donde la Creación es sagrada. Su visión trinitaria y fraternal de la naturaleza contrasta con la explotación intensiva, proponiendo una conversión urgente hacia la cortesía y la sobriedad. La encíclica Laudato Si destaca la interconexión entre la crisis ambiental y social, recordándonos que la Tierra y los pobres comparten una misma herida.

Hermanos del polvo y las estrellas: La mística franciscana que sana la Creación.

Por Waldo Alfaro Martínez

Reducir a Francisco a un amante sentimental de los animales es bajar su genialidad y novedad evangélica. El Cántico de las Criaturas no nació en un plácido día de campo, sino en medio del dolor, la ceguera y la crisis existencial, revelando una fraternidad cósmica donde la Creación es el primer altar de la Encarnación.

San Francisco de Asís ha sido víctima de una insípida caricatura de jardín. La cultura de consumo lo transformó en una figura de yeso, rodeada de pajaritos mansos. Una suerte de «proto-hippy» o patrono sentimental de las mascotas. Pero cuando abrimos los textos del siglo XIII, la figurita se rompe en pedazos.

La ecología franciscana no es un pasatiempo bucólico. En estos tiempos de colapso climático, incendios forestales devastadores y sequías que acorralan a nuestros pueblos, la propuesta del Pobrecillo no ofrece consuelo ingenuo. Él nos entrega una medicina espiritual de urgencia. Su visión de la naturaleza es una mística trinitaria, cosmogónica y profundamente radical.

El canto que brotó de la noche oscura

Existe un dato histórico demoledor que suele pasarse por alto. Francisco no escribió el Cántico de las Criaturas paseando bajo el sol radiante de Umbría.

Como relatan la Leyenda de Perusa y Tomás de Celano, el Santo compuso esta obra maestra en el invierno de 1225. Lo hizo en una choza miserable de esteras junto al monasterio de San Damián.

Francisco estaba casi ciego por una dolorosa infección ocular traída de Oriente. Padecía llagas físicas irreversibles y atravesaba la noche oscura del alma debido a las divisiones internas que amenazaban con destruir su Orden.

En medio de las tinieblas físicas y del humo de la choza que le asfixiaba los pulmones, Francisco prorrumpió en un himno de alabanza a la luz, al fuego, al agua y a la tierra. No es el canto de un optimista superficial; es la victoria espiritual de quien descubre que, aun cuando la salud y la institución se derrumban, el cosmos sigue grávido de la presencia de Dios.

Aldo Cazzullo ha destacado la audacia poética de este momento. Al escribir en italiano vulgar, y no en el latín clerical de las élites, Francisco democratizó la mística. Le devolvió al pueblo la capacidad de nombrar la sacralidad del mundo cotidiano en su propia lengua.

De la dominación a la fraternidad ontológica

El aporte revolucionario de Francisco a la teología de la Creación radica en un cambio drástico de vocabulario. Él no habla de «recursos naturales», ni de «naturaleza», ni de «medio ambiente» -concepto moderno que sitúa al ser humano en el centro y a lo creado como su mero entorno útil-. Francisco utiliza términos de estricta filiación familiar: Hermano Sol, Hermana Luna, Hermana Agua, Hermana y Madre Tierra.

«Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.»
San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas

Como subraya el teólogo Leonardo Boff, esta atribución de fraternidad no es una metáfora poética; tiene un cimiento ontológico y cristológico. Puesto que todo ha sido creado por el mismo Padre mediante el Verbo encarnado (Jn 1,3), los seres humanos compartimos el mismo ADN de criaturas, con el polvo y las estrellas. No somos los reyes ni los administradores despóticos del planeta; somos un hermano más en el coro de la creación.

San Buenaventura profundizará esta visión al afirmar que el universo es el «primer libro» de la revelación divina. Un espejo (speculum) sagrado donde destellan las huellas (vestigia) de la Trinidad.

Francisco de Asís, pintura de Giovanni Cimabue

La cortesía con lo pequeño frente al despojo de la explotación intensiva

Los primeros hagiógrafos nos regalan estampas de una delicadeza teológica sorprendente. Celano narra cómo Francisco rogaba al hermano leñador que no cortase el árbol de raíz, para que conservara la esperanza de volver a brotar. O cómo apartaba a los gusanos del camino para evitar que fuesen pisados.

No eran excentricidades de un visionario. Era el reconocimiento de que cada criatura posee un valor intrínseco ante Dios, independientemente de la utilidad económica que el ser humano pretenda extraer de ella.

Esta postura choca frontalmente con la codicia del modelo extractivista. La crisis ecocida contemporánea es la consecuencia directa de haber cosificado el planeta (considerarnos seres humanos distintos, ajenos de la naturaleza). Al transformar los bosques en hectáreas maderables y los ríos en simples insumos de producción, destruimos la alianza sagrada.

Francisco nos propone una conversión urgente basada en la cortesía y la sobriedad: relacionarnos con la naturaleza desde el asombro y la gratitud, no desde el saqueo.

Una sola llaga: La Tierra y los pobres

La intuición del Santo de Asís se proyecta hoy con fuerza profética en el magisterio social de la Iglesia. Especialmente en la encíclica Laudato Si.

No existen dos crisis separadas -una ambiental y otra social-, sino una sola y compleja herida socio-ambiental. Como nos recuerda Boff, el grito de la Tierra devastada es el mismo grito de los pobres marginados. Son los sectores más vulnerables quienes pagan con sus vidas la contaminación del agua, la deforestación salvaje y el calentamiento global.

Para la teología del siglo XXI, seguir las huellas de Francisco exige articular mística y compromiso político. Una fe que contempla a Dios en el templo, pero permanece indiferente ante el envenenamiento de un río o la extinción masiva de especies es una fe mutilada.

San Francisco nos enseña que sanar la Creación requiere desarmar nuestro estilo de vida consumista. Y recordar que pisamos una tierra bendita que no nos pertenece, sino que se nos ha confiado para custodiarla con amor fraternal.