El pensador francés Alexis de Tocqueville, autor de “Democracia en América” (1835) profetizó que algún día Rusia y Estados Unidos tendrían objetivos análogos de dominio mundial: “Hoy hay dos grandes pueblos en la tierra que, comenzando desde diferentes puntos, parecen avanzar hacia el mismo objetivo: estos son los rusos y los angloamericanos (…) cada uno parece predestinado por la voluntad divina a influir en el destino de medio mundo”.
Aliados en la Segunda Guerra Mundial, se enfrentaron en la bipolar Guerra Fría. Al derrumbarse el imperio soviético en 1989, y retrotraerse Moscú de Europa Central, el Báltico, el Cáucaso y Asia Central; Washington quedó como la única superpotencia. Durante un tiempo Estados Unidos influyó en la Federación Rusa, hasta que llegó Putin con su narrativa decadentista.
Pudieron haber coincidido después de los ataques terroristas a las Torres Gemelas de septiembre de 2001. Rusia libró una segunda Guerra chechena contra islamistas radicales, con episodios trágicos como la captura del teatro Dubrovka por extremistas con 850 personas de rehenes el 23 de octubre de 2002, y más tarde el 1 de septiembre de 2004, con un grupo radical irrumpiendo en un colegio de Beslán (Osetia del Norte). Pero no fue así.
Putin declaró que la desaparición de la Unión Soviética había sido la “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” de la cual se responsabilizó a Occidente. Entonces vinieron las campañas de Georgia (2008) y Crimea (2014), entendidos como un “extranjero próximo”, cuyos pueblos debían subordinarse a Moscú.
En ese momento el presidente Obama calificó a Rusia como una “potencia regional” que actuaba por su debilidad al anexar la península del Mar Negro. Un año después Moscú se involucraría directamente en la Guerra Civil Siria del lado de Damasco y Teherán. Washington fue desafiado en su fórmula de alianza internacional contra ISIS. Fue entonces cuando apareció el empresario de bienes raíces y hombre del espectáculo, que primero conquistó la tienda republicana y más tarde ganó la presidencia. También apuntó a una “decadencia nacional” que podía remediarse con la regeneración.
En su segundo mandato Trump implementó la operación anti narcóticos “Lanza del Sur” sobre el Caribe, hundiendo -al margen del derecho internacional cerca- de 80 embarcaciones y convirtiendo dicho espacio en un neo “mare nostrum”. Adicionalmente, Washington se fue alejado de varios de sus aliados y socios históricos: Canadá y Reino Unido entre otros, Europa en general, e incluso no ha acudido a prestar ayuda a Arabia Saudí presionada por los huties del Yemen.
La guerra abierta contra Irán y la neutralidad europea terminaron de persuadirle de concentrarse en otras áreas. Así, se fue replegando al que llama “Hemisferio Occidental” o las Américas, antaño denominado “patio trasero”. Bajo ese horizonte, logró que las empresas chinas se retirarán del canal de Panamá, el 3 de enero de este año extrajo a Maduro de Venezuela y en agosto acordó con la mandataria encargada de Venezuela la cesión de cerca de un 22% de las reservas de crudo venezolano. Además, recientemente firmó un acuerdo con Dinamarca para controlar permanentemente la seguridad de Groenlandia.
Provisto del arsenal de la historia de leyes y tratados para justificar su política, quiso responder en primera persona a la orwelliana pregunta de “1984” ¿Quién controla el presente, controla el pasado? Al final de la declaración conjunta de los miembros del Escudo de las Américas, compartida por la secretaria de Estado estadounidense del 23 de septiembre, se aludió al artículo 6 del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947, oficialmente un mecanismo de seguridad colectiva destinado a responder a agresiones y amenazas contra Estados americanos.
Esto era en la práctica original una malla preventiva anti comunista típica de la estrategia realista en la edad bipolar, que pensábamos había caído en desuso relativo (a pesar que fue referida tras el 11 de septiembre de 2001 y también en medio de la crisis venezolana de 2019). De hecho, cuando Galtieri la esgrimió en el contexto del conflicto entre Argentina y Reino Unido por las Malvinas, el presidente Reagan lisa y llanamente la desechó. Se había firmado en 1947 tácitamente contra la Unión Soviética, no para confrontar a un aliado de la talla de Londres.
Hoy simplemente se saca de su estado de casi suspensión, para dar cobertura legal a eventuales operaciones militares en el marco del Escudo de las Américas (aunque su propio artículo 20 establece que a ningún Estado se le obliga a emplear su fuerza armada contra su consentimiento).
Frente a este uso selectivo de la historia no hay que sorprenderse demasiado. Después de todo Trump ya lo hizo el año pasado cuando acudió a una ley de 1798 de enemigos extranjeros, utilizada en tiempos de guerra contra los nativos de estados adversarios sospechosos de espionaje o sabotaje, para justificar la deportación de migrantes culpados de ser parte de pandillas. Lo mismo se puede decir cuando citó la ley Smooth Howley de 1930 para grabar con nuevos aranceles a Ottawa, acusándole de discriminación contra las exportaciones estadounidenses.
La diferencia es que en 1947 el TIAR era claramente una alianza preventiva en contra de la eventual influencia comunista en el hemisferio (que además pasó a ser el modelo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN), y que hoy en cambio parece apuntar a un pacto reactivo frente a otra creciente presencia: la del dragón de Oriente en Sudamérica.
De qué otra forma se puede interpretar el que en sus primeros párrafos comprometa mecanismos de revisión de inversiones, minerales críticos y cadenas de suministros e infraestructura digital, áreas que desbordan la legítima y necesaria cooperación en la lucha contra el narcotráfico. Catorce países le acompañaron. Habrá que ver que tan lejos pretender ir.
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