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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

En el 800 aniversario de la pascua de San Francisco de Asís, se destaca su enfoque evangélico sin mediaciones que desafía a la Teología al recordar que los pobres son la encarnación de Cristo, no solo una categoría sociológica. La figura de Francisco se revela como un desafío vivo a repensar la opción preferencial por los pobres en medio de una sociedad marcada por la desigualdad. Su acto de desnudarse públicamente en el siglo XIII representó una ruptura radical con la lógica del capital y la dominación social, optando por vivir la pobreza como sacramento, no como ideología. A pesar de su intento de mantener la radicalidad del Evangelio sin glosa, la institución eclesiástica ha tendido a institucionalizar su mensaje, generando una tensión entre la profecía y la estructura.

Francisco (1181/1182 – 1226) no buscó reformar las estructuras políticas de su tiempo mediante un programa ideológico, sino habitar la grieta social de los "menores".

Por Waldo Alfaro M

En los 800 años de la pascua de San Francisco de Asís, volvemos a su postura de un Evangelio sin mediaciones. Su profetismo económico y existencial interpela a la Teología y nos recuerda que los pobres no son una categoría sociológica, sino la carne misma de Cristo.

Para entender el verdadero escándalo de Francisco de Asís hay que desconfiar de las estampitas.

Asís y el fuego

Aún recuerdo la primera vez que caminé por las calles empedradas de Asís durante mis años de formación. Esperaba encontrar una atmósfera de paz angelical y recogimiento poético. Sin embargo, lo que me sobrecogió fue una punzada de incomodidad existencial.

Al contemplar la majestuosidad de la Basílica superior, adornada con sus frescos deslumbrantes, y bajar luego a la cripta desnuda de piedra donde descansan los restos del Santo, percibí una tensión inextinguible: la brecha abismal entre la radicalidad de un hombre que lo entregó todo y la incesante tentación de la institución por domesticar el fuego.

Hoy, como un peregrino más en nuestra América Latina atravesada por la desigualdad y el dolor de los desposeídos, estoy convencido de que la llamada «revolución franciscana» sigue siendo una tarea inconclusa. No es un mito del pasado. Es una provocación viva que sacude las bases de nuestra fe y nos exige revisar el sentido auténtico de la opción preferencial por los pobres.

San Francisco de Asís, Il Giotto

Desnudarse en la plaza: Interpelación al sistema del siglo XIII

Si queremos medir la magnitud del gesto franciscano, debemos despojarlo de la hagiografía endulzada. El historiador Alessandro Barbero ha demostrado con maestría que el siglo XIII italiano no era un idilio medieval. Era la cuna salvaje del capitalismo mercantil.

La moneda (la pecunia) irrumpía como el nuevo dios capaz de reconfigurar la escala de valores humanos. Asís era un hervidero social, donde los majores (la nobleza feudal) y los minores (artesanos y marginados) se disputaban ferozmente el poder.

Pietro Bernardone, el padre de Francisco, encarnaba a esa burguesía emergente, obsesionada con el estatus y la acumulación. Por eso, cuando Francisco se desnuda públicamente ante el obispo Guido y le devuelve hasta la última prenda a su padre, no realiza una pataleta adolescente.

Aldo Cazzullo ha destacado la carga simbólica y cultural de este gesto. En una sociedad articulada por la vestimenta y la clase, quedar desnudo era perder la ciudadanía para situarse entre los parias.

Como bien documentan los hagiógrafos más antiguos –Tomás de Celano y la Leyenda de los tres compañeros-, Francisco rompió de golpe con la lógica del capital y la dominación social. Rehusó convertirse en un major. Decidió, por pura elección evangélica, hacerse minor, descendiendo al peldaño más bajo de la pirámide humana.

La pobreza como sacramento, no como ideología

Aquí radica el corazón teológico de su propuesta. Para el Pobrecillo de Asís, la pobreza jamás fue una teoría sociológica, un programa de ingeniería social ni la glorificación de la miseria. Francisco amó la pobreza porque vio en ella la forma concreta en que Dios decidió mostrar su rostro al mundo.

En la Legenda Maior, San Buenaventura explica que Francisco contemplaba la humildad de la Encarnación y la desnudez de la Cruz como los dos polos inseparables del amor divino.

Dios no eligió el palacio, sino el pesebre; no eligió el cetro, sino el madero.

«El Hijo de Dios fue pobre en este mundo; por eso el Santo buscaba la pobreza con un ardor tan apasionado que la consideraba su dama y su madre, reconociendo en los pobres la imagen viva de Aquel que por nosotros se hizo indigente.»
San Buenaventura, Legenda Maior, Cap. VII

En este punto, la intuición franciscana se vuelve fecunda para la Teología. El teólogo Leonardo Boff ha subrayado que Francisco aporta una dimensión espiritual insustituible: el pobre no es simplemente un destinatario de caridad ni un sujeto de análisis ideológico; el pobre es un sacramento.

Tocar la carne del leproso -como relata el propio Francisco en su Testamento– no fue un acto de filantropía heroica, sino el quiebre interior de su conversión. Lo que antes le resultaba repugnante se le convirtió en dulzura del alma y del cuerpo, porque en la llaga del marginado tocó la llaga viva de Cristo.

Portada de San Francesco, de Alessandro Barberro, Editori Laterza

La profecía frente a la institución: Una tensión no resuelta

¿Por qué sostengo que esta revolución permanece inconclusa? Porque la radicalidad del «Evangelio sin glosa» -es decir, encarnar el Evangelio al pie de la letra, sin glosas ni matices anestésicos– pronto chocó con la tentación de la estructura. A medida que la Orden crecía, la Curia Romana necesitó canalizar aquel torrente: exigió conventos de piedra, estudios teológicos formales, privilegios jurídicos y normas claras.

Francisco sufrió profundamente este proceso. Veía con verdadero estupor cómo los libros costosos, los edificios monumentales y el prestigio clerical podían reinstaurar, por la puerta trasera, el poder del que él había huido.

La crisis en la redacción de la Regla refleja el drama perenne de la Iglesia: ¿cómo institucionalizar la profecía sin apagar el Espíritu?

Es exactamente la misma tensión que enfrenta la Fe cuando denuncia las estructuras de pecado: con frecuencia sufre la incomprensión de quienes prefieren una fe dócil, burguesa y ritualista.

Menores para que el Reino irrumpa

La provocación de Francisco nos pone contra la pared y nos exige superar dos trampas mortales en las que la Iglesia cae a diario.

Por un lado, la trampa de un asistencialismo paternalista que reparte sobras para calmar la conciencia sin tocar las causas de la injusticia.

Por otro lado, la trampa de ideologizar la fe, convirtiendo el dolor humano en mera pancarta política donde se extingue la contemplación y el encuentro vivo con el Resucitado.

La revolución franciscana nos recuerda que la verdadera liberación no se predica desde un pedestal. Ella empieza cuando estamos dispuestos a despojarnos de nuestros propios privilegios de clase y de poder. No podemos hablar de las periferias si no las habitamos. No podemos predicar el Evangelio de la justicia si nos acomodamos en el consumo.

Francisco de Asís sigue en pie frente a nuestras catedrales y nuestras facultades de Teología. Nos señala la Cruz y nos repite al oído que solo cuando nos atrevemos a ser verdaderamente “menores”, se abre en la historia el espacio para que irrumpa el Reino de Dios.