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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El caso de abuso sexual denunciado contra Harvey Weinstein en 2017 desató una ola de acusaciones en Hollywood, impulsando el movimiento #MeToo y visibilizando la "cultura de la cancelación". Figuras como Kevin Spacey, Roman Polanski, Woody Allen y artistas como Kanye West fueron señalados, generando presión social y digital que afectó carreras y contratos. Aunque ha habido una disminución en la intensidad del movimiento, expertos como Mauro Basaure señalan que ha contribuido a instalar normas de conducta y responsabilidad en espacios laborales, aunque las sanciones públicas siguen siendo desiguales. La pandemia pudo haber influido en este declive, pero no hay estudios concluyentes al respecto.

Corría el año 2017 cuando el diario The New York Times publicó el primer reportaje con denuncias de abuso sexual contra el afamado productor estadounidense Harvey Weinstein. La publicación, rápidamente, generó un escándalo en Hollywood y desencadenó una ola de acusaciones en la industria. Eran los efectos de la primera ola de testimonios del #MeToo, un movimiento que se extendería a otros campos laborales y que pretendía cobrar justicia por años de abusos invisibilizados. En los medios, se comenzó a hablar por primera vez, y abiertamente, de la “cultura de la cancelación”.

En Estados Unidos, fue la gota que rebalsó el vaso. Y tras Weinstein, el movimiento reflotó casos emblemáticos de la industria cinematográfica como las acusaciones contra Roman Polanski y Woody Allen. Estrellas que se pensaban intocables, como Kevin Spacey, también fueron señaladas por testimonios similares, y hasta Bob Dylan recibió denuncias por hechos que habrían ocurrido hace más de 40 años.

Músicos como Kanye West y directores del cine como el cotizado James Gunn (despedido de Disney en julio de 2018 luego que resurgieran mensajes ofensivos sobre abuso infantil), fueron víctimas de la presión social (y digital) que se respiraba por aquellos días, y que era capaz de tumbar carreras o caducar contratos con solo algunos días de “trending topics”.

Chile no quedó ajeno al fenómeno y sumó sus propios escándalos al debate con los casos de Nicolás López o Herval Abreú, ambas figuras que no corrieron la misma suerte de West o Gunn, quienes tras mediáticos amagos de “cancelación” rápidamente recuperaron su estatus de poder con el paso del tiempo (una campaña de fans terminó con James Gunn siendo reencontrado por Disney).

El comediante Kevin Hart (que vio frustrados sus planes de animar la ceremonia del Oscar en 2018 por tweets homofóbicos), la actriz Gina Carano (desvinculada de Disney por asemejar la “persecución” a los conservadores en Estados Unidos con la de los judíos durante el Holocausto), y hasta celebridades difuntas como Michael Jackson (cuyo documental ‘Leaving Neverland’ trajo de vuelta a 2019 los testimonios de abuso sexual infantil), coparon una lista de “cancelados” que crecía a un ritmo vertiginoso con el pasar de los meses.

A casi una década del frenesí inicial, y en vista de los hechos que continuaron al #MeToo, bien vale hacerse la pregunta: ¿Qué quedó en limpio tras el boom de la cultura de la cancelación?

“La evidencia muestra que el #MeToo sí contribuyó a instalar una expectativa mayor de responsabilidad en ciertos espacios, especialmente laborales”

Mauro Basaure, sociólogo y director del Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual (TECSA) de la Universidad Andrés Bello, plantea que la pérdida de impulso de movimientos ciudadanos como el #MeToo se explica en diversos motivos.

“La evidencia disponible sugiere que el fenómeno no perdió fuerza por una sola razón”, zanja en diálogo con BioBioChile. “Más bien, parece haber pasado de una fase de alta viralidad y adhesión moral relativamente transversal, a una fase más ambivalente, polarizada y conflictiva”.

Y sobre este punto, añade: “Hay evidencia de caída de intensidad digital en #MeToo, de backlash antifeminista, de desgaste del trabajo activista en redes y de disputas sobre si estas prácticas producen accountability (asumir responsabilidades) o castigo injusto. Lo que no se puede afirmar con la evidencia actual es que el fenómeno haya desaparecido o que haya fracasado en términos generales”.

En esta línea, Basaure descarta algún tipo de “agotamiento” de la audiencia sobre estos temas. “No diría que la evidencia demuestra un agotamiento. Lo que muestra con más claridad es una creciente ambivalencia: más personas conocen el término ‘cultura de la cancelación’, pero también más personas tienden a interpretarlo como una forma de castigo injusto y no solo como accountability”, explica.

“Por lo tanto, el ‘agotamiento’ del movimiento es una hipótesis plausible, pero habría que estudiarla directamente. Lo que sí podemos afirmar es que el clima público se volvió más dividido, y que hay una parte importante menos proclive a aceptar o avalar estas prácticas”, agrega.

Sobre la eficacia de “la cultura de la cancelación” (con figuras supuestamente defenestradas como Kevin Spacey recibiendo vítores en el último Festival de Cannes), el académico precisa: “Si el objetivo era producir una expulsión permanente de la vida pública, entonces hay casos en que claramente eso no ocurre”.

“Pero si el objetivo era visibilizar abusos, instalar nuevas normas de conducta, modificar protocolos institucionales o hacer más costosas ciertas prácticas, entonces el balance es más ambiguo. No creo que la persistencia de audiencias para figuras polémicas demuestre, por sí sola, el fracaso de estas prácticas”, sostiene.

Según Basaure, “la evidencia muestra que el #MeToo sí contribuyó a instalar una expectativa mayor de responsabilidad en ciertos espacios, especialmente laborales. Pero también muestra que las sanciones públicas son desiguales, reversibles y dependen de factores como la base de apoyo previa, la polarización política, la industria y la capacidad de las figuras para reconvertir la controversia en identidad pública. Por eso, más que fracaso, hablaría de eficacia parcial y desigual”, propone.

Pero, ¿fue la pandemia un factor determinante para dicho declive? “Puede haber contribuido, pero no podemos afirmarlo como hecho probado”, responde el sociólogo. “Es posible que haya reordenado las prioridades públicas y aumentado la fatiga frente a la conflictividad digital. Sin embargo, para demostrarlo, habría que comparar actitudes hacia la cancelación antes, durante y después de la pandemia, idealmente con encuestas longitudinales y análisis de redes. Hasta donde sé, no existen estudios de este tipo”.

Consultado sobre si conceptos como ‘funa’ o ‘cancelación’ ya están arraigados entre los adolescentes locales y globales, Basaure responde: “Uno puede estar de acuerdo con que el concepto de funa esté arraigado entre adolescentes en Chile. Ello deriva del hecho de que las generaciones adolescentes están fuertemente socializadas en plataformas digitales, lo que hace probable que conozcan y usen categorías como cancelación, exposición pública o funa. Sería muy raro que no fuese el caso”.

Sobre cómo prevé que las nuevas generaciones se relacionen a futuro con la “cultura de la cancelación”, añade: “Este es un terreno prostpectivo. Mi hipótesis es que las nuevas generaciones no van simplemente a rechazar la cancelación ni a reproducirla igual que en 2017-2020. Probablemente la integren a repertorios más complejos, donde convivan la demanda de responsabilidad pública, la crítica al linchamiento digital y una mayor preocupación por formas restaurativas de resolución de conflictos. Pero esto debe ser estudiado; no puede afirmarse todavía como evidencia consolidada”.