El hecho ocurrió hace pocos días en el Tribunal Constitucional. El exministro de Justicia y de la Secretaría General de la Presidencia, Luis Cordero, reapareció públicamente en la escena jurídica, pero esta vez no con el sello del Estado en el portafolio, sino representando a la gremial SalmonChile. Cordero asumió la defensa técnica de las empresas salmoneras para alegar la inconstitucionalidad de ciertos preceptos administrativos. Una gestión profesional, reglada y propia del libre ejercicio de la abogacía.
La reacción política no se hizo esperar. Bastó que el exministro pisara los estrados del sector privado para que las alertas del puritanismo ideológico volvieran a encenderse. Desde la propia izquierda, las críticas llovieron con rapidez. El exdiputado Jaime Naranjo encarnó la indignación del sector sintetizándola con una sentencia categórica: “Entendible que un abogado busque ganar dinero con quien quiera, pero haber sido una alta autoridad fija un estándar ético de por vida. Defender hoy a los empresarios salmoneros demuestra dónde quedaron sus principios. De referente público a defensor corporativo”.
La frase suena bien como consigna, pero es delatadora. Resume con precisión la gran tara que asfixia a la izquierda chilena: la sustitución del marco legal por la pura moralina. El sector que representaba en su tiempo las libertades ciudadanas y los derechos de los trabajadores se ha llenado de religiosos predicadores. Para este dogma, la vida pública no se rige por leyes ni por el Estado de Derecho, sino por una suerte de teología secular donde siempre hace falta buscar al “cordero que quita los pecados” para sacrificarlo en el altar de la corrección política.
Analicemos la situación con la frialdad que la histeria pública suele extraviar. ¿Existe alguna violación a la ley en la labor de Cordero? Ninguna. La normativa de probidad y las inhabilidades de la función pública contemplan límites claros y plazos precisos. Cordero no ha infringido norma alguna ni ha violado secreto de Estado.
¿O es que acaso hubo un actuar incorrecto o un conflicto de interés sustancial? Durante su presencia en dos ministerios, Cordero no estuvo a cargo de la fiscalización acuícola, de los parques nacionales ni de otorgar concesiones marinas. Como ministro de Seguridad se dedicó a perseguir y agarrar patos malos, no salmones. Es un experto en Derecho Administrativo, área en la que es uno de los académicos más reconocidos del país desde hace más de dos décadas. Para el gobierno de Boric fue un honor tenerlo en su gabinete y así lo expresó siempre el presidente.
Exigirle que renuncie a su especialidad profesional por el solo hecho de haber servido al Estado no es un estándar ético: es una condena al exilio laboral. El exministro optó de manera transparente por volver a su antiguo oficio privado, no se inventó una fundación o recurrió a financistas fantasmas para seguir pagando las cuentas.
Ese es, precisamente, uno de los nudos ciegos de la izquierda. En su afán inquisidor, ha transformado el debate público en un tribunal de la fe donde el abogado no es un técnico que presta servicios en un marco constitucional, sino un apóstol obligado a guardar voto de pobreza e ideología perpetua. Bajo esta lógica, cruzar al sector privado no es ejercer un derecho legítimo, sino cometer una apostasía.
Esta moralina destructiva representa el mayor peligro para la propia izquierda si aspira seriamente a volver a gobernar o a sostener un proyecto de país viable. Al elevar la barra a niveles irrealizables, lo único que logra es ahuyentar el talento técnico.
La izquierda no volverá al poder con inquisidores de la moral ajena ni con políticos que exigen sacrificios litúrgicos a los profesionales o que armen fundaciones en su retirada. Volverá cuando pueda convocar a profesionales de alto nivel capaces de servir al país y de ganarse la vida legítimamente cuando se retiran. La eficiencia en el Estado es también una labor redistributiva, pues son los más vulnerables quienes más lo necesitan, y los poderosos de siempre gozan con su desmantelamiento o su mediocridad, lo que es peor aún.
Si se insiste en guiarse por la pureza celestial, el resultado es evidente: nos sobrarán los Naranjos, cuyas frutas solo serán certificados de dignidad moral; pero nos faltarán los Corderos pragmáticos e indispensables para tener un Estado eficiente que pueda resolver las necesidades del pueblo.
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