Artes y Cultura
El discurso con que Pablo Neruda agradeció el Premio Nobel de Literatura
Publicado por: Emilio Contreras
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Hoy, hace 45 a√Īos, Pablo Neruda recib√≠a el Premio Nobel de Literatura y su nombre terminaba de inmortalizarse en el mundo de las letras. El 10 de diciembre de 1971, a semanas del anuncio, el poeta viaj√≥ a Estocolmo para recibir de manos de la Academia Sueca¬†la medalla de honor. All√≠, en el estrado, su discurso de agradecimiento se convirti√≥ en una¬†pieza literaria en s√≠. Y aqu√≠, a 45 a√Īos del hito, lo reproducimos completo.

Discurso de Estocolmo

Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones lejanas y antípodas, no por eso manos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros límites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por all√≠, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en s√≠ mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi pa√≠s con Argentina. Grandes bosques cubren como un t√ļnel las regiones inaccesibles, y como nuestro camino era oculto y vedado, acept√°bamos tan s√≥lo los signos m√°s d√©biles de la orientaci√≥n. No hab√≠a huellas, no exist√≠an senderos y con mis cuatro compa√Īeros a caballo busc√°bamos en ondulante cabalgata -eliminando los obst√°culos de poderosos √°rboles, imposibles r√≠os, roquer√≠os inmensos, desoladas nieves, adivinando m√°s bien- el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompa√Īaban conoc√≠an la orientaci√≥n, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse m√°s seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aqu√≠ y all√° las cortezas de los grandes √°rboles dejando huellas que los guiar√≠an en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.

Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin m√°rgenes, en aquel silencio verde y blanco, los √°rboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de a√Īos, los troncos semiderribados que de pronto eran una barrera m√°s en nuestra marcha. Todo era una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de fr√≠o, nieve, persecuci√≥n. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misi√≥n.

A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contempl√© en aquella salvaje desolaci√≥n, algo como una construcci√≥n humana. Eran trozos de ramas acumulados que hab√≠an soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos t√ļmulos de madera para recordar a los ca√≠dos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron all√≠ para siempre debajo de las nieves. Tambi√©n mis compa√Īeros cortaron con sus machetes la ramas que nos tocaban las cabezas y que descend√≠an sobre nosotros desde la altura de las con√≠feras inmensas, desde los robles cuyo √ļltimo follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y tambi√©n yo fui dejando en cada t√ļmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Ten√≠amos que cruzar un r√≠o. Esas peque√Īas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energ√≠a y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comenc√© a mecerme sin sost√©n, mis piernas se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. As√≠ cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los vaqueanos, los campesinos que me acompa√Īaban me preguntaron con cierta sonrisa:
-¬ŅTuvo mucho miedo?
-Mucho. Cre√≠ que hab√≠a llegado mi √ļltima hora -dije.
-Ibamos detr√°s de usted con el lazo en la mano -me respondieron.
-Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Seguimos hasta entrar en un t√ļnel natural que tal vez abri√≥ en las rocas imponentes un caudaloso r√≠o perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: m√°s de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, espl√©ndido, el dif√≠cil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. S√ļbitamente, como singular visi√≥n, llegamos a una peque√Īa y esmerada pradera acurrucada en regazo de las monta√Īas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de r√≠os y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ning√ļn follaje.

All√≠ nos detuvimos como dentro de un c√≠rculo m√°gico, como hu√©spedes de un recinto sagrado, y mayor condici√≥n de sagrada tuvo a√ļn la ceremonia en la que particip√©. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compa√Īeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me un√≠ a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrar√≠an pan y auxilio en las √≥rbitas del toro muerto.

Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis r√ļsticos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extra√Īa danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por all√≠ cruzaron antes. Comprend√≠ entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compa√Īeros, que exist√≠a una comunicaci√≥n de desconocido a desconocido, que hab√≠a una solicitud, una petici√≥n y una respuesta aun en las m√°s lejanas y apartadas soledades de este mundo.

M√°s lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejar√≠an por muchos a√Īos de mi patria, llegamos de noche a las √ļltimas gargantas de las monta√Īas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitaci√≥n humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vac√≠os. Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitaci√≥n, cuerpos de √°rboles gigantes que all√≠ ard√≠an de d√≠a y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yac√≠an algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canci√≥n que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos tra√≠a la primera voz humana que hab√≠amos topado en el camino. Era una canci√≥n de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde ven√≠amos, hacia la infinita extensi√≥n de la vida. Ellos ignoraban quienes √©ramos, ellos nada sab√≠an del fugitivo, ellos no conoc√≠an mi poes√≠a ni mi nombre. ¬ŅO lo conoc√≠an, nos conoc√≠an? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A trav√©s de ellos pasaba una corriente termal, agua volc√°nica donde nos sumergimos, calor que se desprend√≠a de las cordilleras y nos acogi√≥ en su seno.

Chapoteamos gozosos, cav√°ndonos, limpi√°ndonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los √ļltimos kil√≥metros de jornada que me separar√≠an de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los monta√Īeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos sali√≥ al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un adem√°n. Nos hab√≠an servido y nada m√°s. Y en ese “nada m√°s”, en ese silencioso nada m√°s hab√≠a muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sue√Īos.

Se√Īoras y Se√Īores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferente a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontr√© las dosis necesarias a la formaci√≥n del poema. All√≠ me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poes√≠a es una acci√≥n pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acci√≥n, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelaci√≥n de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo est√° sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poes√≠a- en una comunidad cada vez m√°s extensa, en un ejercicio que integrar√° para siempre en nosotros la realidad y los sue√Īos, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no s√©, despu√©s de tantos a√Īos, si aquellas lecciones que recib√≠ al cruzar un r√≠o vertiginoso, al bailar alrededor del cr√°neo de una vaca, al ba√Īar mi piel en el agua purificadora de las m√°s altas regiones, digo que no s√© si aquello sal√≠a de m√≠ mismo para comunicarse despu√©s con muchos otros seres, o era el mensaje que los dem√°s hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No s√© si aquello lo viv√≠ o lo escrib√≠, no s√© si fueron verdad o poes√≠a, transici√≥n o eternidad, los versos que experiment√© en aquel momento, las experiencias que cant√© m√°s tarde.

De todo ello, amigos, surge una ense√Īanza que el poeta debe aprender de los dem√°s hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicaci√≥n de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicaci√≥n y el silencio para llegar al recinto m√°gico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancol√≠a; mas en esa danza o en esa canci√≥n est√°n consumados los m√°s antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en su destino com√ļn.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consider√≥ un sectario, sin posible participaci√≥n en la mesa com√ļn de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Despu√©s de todo, ning√ļn poeta administr√≥ la poes√≠a, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pens√≥ que podr√≠a gastarse la vida defendi√©ndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicci√≥n es que s√≥lo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poes√≠a no est√°n entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ah√≠ que ning√ļn poeta tenga m√°s enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los m√°s ignorados y explotados de sus contempor√°neos; y esto rige para todas las √©pocas y para todas las tierras.

El poeta no es un “peque√Īo dios”. No, no es un “peque√Īo dios”. No est√° signado por un destino cabal√≠stico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expres√© que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada d√≠a: el panadero m√°s pr√≥ximo, que no se cree dios. El cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada d√≠a, con una obligaci√≥n comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podr√° tambi√©n la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesan√≠a, de una construcci√≥n simple o complicada, que es la construcci√≥n de la sociedad, la transformaci√≥n de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercader√≠a: pan, verdad, vino, sue√Īos. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su raci√≥n de compromiso, su dedicaci√≥n y su ternura al trabajo com√ļn de cada d√≠a y de todos los hombres, el poeta tomar√° parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sue√Īo de la humanidad entera. S√≥lo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poes√≠a al anchuroso espacio que le van recortando en cada √©poca, que le vamos recortando en cada √©poca nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretend√≠ nunca- orientar, dirigir, ense√Īar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero s√≠ me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificaci√≥n. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen m√°s tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformaci√≥n, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitaci√≥n tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta m√°s pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contempl√°bamos como arte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de una tembladera de hojas, de barro, de nubes, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicaci√≥n opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensi√≥n americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligaci√≥n de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicaci√≥n cr√≠tica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores- sentimos tambi√©n el compromiso de recobrar los antiguos sue√Īos que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de r√≠os que cantan como truenos. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriagaba esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez esa sea la raz√≥n determinante de mi humilde caso individual; y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi ret√≥rica, no vendr√≠an a ser sino actos, los m√°s simples, del menester americano de cada d√≠a. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendi√≥ ser un instrumento √ļtil de trabajo: cada uno de mis cantos aspir√≥ a servir en el espacio como signos de reuni√≥n donde se cruzaron los caminos, o como fragmentos de piedra o de madera en que alguien, otros, los que vendr√°n, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus √ļltimas consecuencias, decid√≠ que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida deb√≠a ser tambi√©n humildemente partidaria. Lo decid√≠ viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprend√≠, metido en el escenario de las luchas de Am√©rica, que mi misi√≥n humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma; con pasi√≥n y esperanza, porque s√≥lo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posici√≥n levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles pa√≠ses, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que a√ļn no han aprendido a leernos ni a leer, que todav√≠a no saben escribir ni escribirnos se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

Heredamos la vida lacerada de pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los m√°s ed√©nicos, los m√°s puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante, pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las √©pocas terribles del colonialismo que a√ļn existe. Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias. En todo hombre se juntan las √©pocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, ¬Ņqu√© ser√≠a de m√≠ si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente Americano? ¬ŅC√≥mo podr√≠a yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una m√≠nima parte en la transformaci√≥n actual de mi pa√≠s? Hay que mirar el mapa de Am√©rica, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad c√≥smica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

Hace hoy cien a√Īos exactos, un pobre y espl√©ndido poeta, el m√°s atroz de los desesperados, escribi√≥ esta profec√≠a: A l’aurore, arm√©s d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espl√©ndidas ciudades).

Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabadores, a los poetas que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres.

Así la poesía no habrá cantado en vano.

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