Blogs
Mi instituto testimonial
Publicado por: Tu Voz
¬ŅEncontraste alg√ļn error? Av√≠sanos visitas

Para hablar del Instituto Nacional no es necesario ser exalumno. Pero la institución es intimidante y no he leído opiniones de ex alumnos de otros liceos emblemáticos o de los equivalentes privados del Nacional. Los primeros detestan la soberbia de los institutanos y por lo tanto se inhiben de opinar. Los segundos, si no lo desprecian se callan, porque hablar, sería confesar que son ellos, los privados, los que hace rato forman a los dirigentes del país. El Instituto permite desviar la atención del elitismo imperante y queda solo en su reclamo.

La discusi√≥n parece darse entre los iniciados por alguna forma de pertenencia a esta instituci√≥n nobiliaria. Lo que pasa hoy con el Instituto Nacional es una pena y una verg√ľenza. Es triste ver a los j√≥venes defendiendo ventajas elitistas. Es triste ver la satisfacci√≥n con la que ‚Äėcasi‚Äô se compara a los mejores colegios privados.

Me toc√≥ entrar al Instituto Nacional en el √ļltimo a√Īo del edificio de adobe. Era una construcci√≥n austera y poderosa. Al a√Īo siguiente, primero de humanidades, en el edificio nuevo se nos present√≥ por primera vez el concepto de maximizaci√≥n del espacio. Pasamos toda la ense√Īanza de humanidades, seis a√Īos en la mitad de un colegio y sin una brizna de pasto.

A mi padre, empresario m√°s bien laico, educado en el Colegio Alem√°n y en el Internado Barros Arana, ante mi negativa al internado, le pareci√≥ una buena alternativa el Nacional. Cada vez que pod√≠a me dec√≠a‚Ķ‚Äôeste es el fruto del Instituto ayayay que bruto, ayayay que bruto..‚ÄĚ A √©l le gustaba el ingenio po√©tico de los a√Īos 40, ingenuo y habiloso como chiste argumentado.

En mis interminables siete a√Īos, me toc√≥ presidir el Centro de Alumnos, la Academia de Letras, y la Academia de Ciencias Sociales, adem√°s de capitanear el equipo de atletismo y codirigir con J.E. Forch el peri√≥dico El Huemul. Quiero decir que tengo experiencia abundante en lo que describo. Alguna vez hicimos una toma (a√Īo 67) en apoyo al magisterio y terminamos todos presos en la comisar√≠a de √Ďu√Īoa. La brutalidad policial de esa √©poca, como todo, era de juguete. Ya tendr√≠a tiempo despu√©s para desplegarse.

Nunca funcion√≥ un gimnasio, ni un laboratorio de ciencias, ni la biblioteca. Hab√≠a una estupenda sala de m√ļsica pero nunca hubo un instrumento que tocar. Salvo el voleibol que se jugaba en los patios, para los deportes al aire libre se recurr√≠a a las instalaciones del Estadio Nacional. La pobreza de recursos era contrapesada por la m√≠stica hist√≥rica de un grupo de profesores y administrativos que traspasaban con √©xito su fervor a los estudiantes.

Tuve compa√Īeros por los que guardo el afecto de las complicidades infantiles. Echo de menos su voz en estos tiempos imp√ļdicos. Algunos eran brillantes, otros muy estudiosos, otros √©ramos regulares en el estudio y hasta lentos. En todos los cursos, como en todos los colegios, hab√≠a j√≥venes que resistieron, abierta o discretamente, a la aplanadora educativa. Esos fueron los que lograron desarrollar lo que su car√°cter les propon√≠a.

Recuerdo a un peque√Īo grupo de profesores que se destacaban por la pasi√≥n que transmit√≠an. Esos eran los que activaban la Academia de Letras, la de Ciencias Sociales, los equipos de atletismo, el grupo de teatro y los campeonatos de ajedrez. Ernesto Diaz, Benjam√≠n Pi√Īa, Ariel Peralta. Don Juan Hern√°ndez Guzm√°n, profesor jefe y de matem√°ticas, comunista, formador de car√°cter. Seis meses inolvidables en la f√≥rmula del cuadrado del binomio. Ense√Īaba dos o tres conceptos al a√Īo que todos aprend√≠amos y era considerado un mal profesor en su ramo. Dec√≠a esas provocaciones inconcebibles; ‚Äėla regla de tres simple, no es una regla, nos es de tres sino de dos y no es simple sino compuesta‚Äô. Me acuerdo haber pedido la palabra en un consejo de curso y haber empezado‚Ķ‚ÄĚyo creo que‚Ķ‚ÄĚ, de inmediato interrumpido: ‚Äúsi√©ntese, a nadie le interesa lo que usted crea; si sabe hable y d√≠galo, si no sabe qu√©dese callado‚ÄĚ.

No aprendí a quedarme callado pero fue una gran lección de humildad y responsabilidad.

El IN fue una marmita en la que las fuerzas creativas de los j√≥venes eran potenciadas a veces y reprimidas la mayor parte de las veces. Lo que el sistema educacional hace es retrasar la preparaci√≥n de los j√≥venes para la vida social, pol√≠tica, cultural, laboral, empresarial, sexual y familiar. En ese juego de espejos y enga√Īiflas victorianas el IN era el mejor.

Al menos es posible distinguir dos Institutos, el preuniversitario que prepara para la PSU y el otro, que educa y forma a los jóvenes en sus tiempos libres. Ese es el que valoro. En esos espacios robados a los saberes fósiles y a la pérdida de tiempo, se desarrollaba la capacidad de investigar y de experimentar.

Lo que ha quedado del IN no es una historia, que está por escribirse, sino una mística republicana de la educación y profesores capaces de transferir su pasión por el arte, la literatura, la historia, los deportes y la gente. Ninguna selección tiene que ver con eso.

Esto no se trata de hacer de la ‚Äėselecci√≥n‚Äô un concepto de lo socialmente perverso. Se trata de no aceptar desviaciones adjetivas e indocumentadas, que sustituyen las conversaciones de fondo. Si alguien quiere rescatar el capital cultural del Instituto, hay que partir por construirlo, separando su rica experiencia en la educaci√≥n de la estupidez satisfecha en los l√≠deres y presidentes que agotar√≠an su historia.

Recuerdo de haber visitado una vez los restos de la biblioteca y de la sala de ciencias naturales. Todo lo que había ahí era polvo acumulado sobre libros que no se permitía tocar y animales embalsamados y apolillados a los que nadie, nunca les devolvió la vida.

Fernando Balcells
Sociólogo, escritor y director de la Fundación Chile Ciudadano.

Tendencias Ahora