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El Estado y la Religión
Publicado por: Camilo Escalona
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Quien busque un tema, ámbito o centro nervioso que sea de verdad trascendente para la estabilidad democrática de una nación, difícilmente encontrara una relación
más compleja y decisiva que el vínculo entre Estado y Religión, o entre el sistema político y las Iglesias.



Desde los primeros pasos del hombre en cuanto ser social, fuese tribu, comunidad o naci√≥n, desde sus primeros esfuerzos productivos para comer, vestirse y cobijarse, cuando sus pertenencias y propiedades eran lo m√≠nimo, desde que se forjaron e instalaron sus relaciones econ√≥micas y sociales, desde entonces surgieron y/o coexistieron los Estados y las Iglesias y se instalaron en la c√ļspide del sistema pol√≠tico y la cultura, en el largo e incesante proceso de evoluci√≥n propio de la civilizaci√≥n humana.


Entre ambos se estructuró una huella azarosa, unas veces se dieron la mano y otras se enemistaron, en ocasiones hicieron la paz y en otras la guerra. El poder, la dirección de los asuntos de cada sociedad, ha tenido siempre presente ambas voluntades e inspiraciones que se expresan en una resuelta vocación de dirigir, de influir y determinar; la política y la religión son parte inarrancable de la historia humana.

En los albores de la civilización estas voluntades tan decisivas se fusionaron en monarquías teocráticas, cuya base de legitimación pacífica o, el uso de la coacción a fin de aplacar disidencias, operaba desde una figura que detentaba el poder temporal emanado y entregado por mandato divino.

Esto era sumamente ventajoso para los autócratas. A la cabeza de gobiernos precarios, enemigos de toda oposición, frecuentemente expansionistas, sobrepasados por penurias y demandas que escapaban a sus posibilidades de solución, su frágil temporalidad se trataba de sostener en la intemporalidad incuestionable de Dios. 

En aquella √©poca hubiese sido inviable la separaci√≥n permanente de ambas voluntades. En caso de rupturas el equilibrio prontamente se restablec√≠a. Estado y religi√≥n se retroalimentaban, pod√≠an enfrentarse, para prontamente deb√≠an reconciliarse. Fuesen reyes o faraones, zares o sultanes, naciones o reinos eran regidos por una sola voluntad, la fuerza material y espiritual se mov√≠an bajo la direcci√≥n de un √ļnico centro de poder, concentrador y excluyente.‚Ä®‚Ä®

La democracia como sistema pol√≠tico, la diversidad y la tolerancia como valores ideol√≥gicos a√ļn deb√≠an esperar. En el √°mbito de las ideas se pod√≠an encontrar g√©rmenes valiosos que perdurar√≠an a pesar del paso de los siglos, como el periodo de la Rep√ļblica anterior al Imperio romano o en las deliberaciones de la democracia ateniense, a pesar de ser reducida a quienes detentaban la propiedad, incluida en ella la posesi√≥n como mercanc√≠as de seres humanos, los esclavos.‚Ä®‚Ä®

Sin embargo, esa época de absolutismo ya pasó. La fuerza de la inteligencia humana fue capaz de abrir nuevos caminos que promoviesen y albergasen más apropiadamente el desenvolvimiento de la civilización. El dominio de uno o de muy pocos se transformó en un lastre. Sus brutalidades y corrupciones se hicieron intolerables. En ese proceso el Estado y la religión tuvieron que separarse. Cada cual debió circunscribirse a lo suyo. La política no debía usar o manipular la fe en su provecho y tampoco la fe interferir en la política con fines confesionales. Se deben respeto y tendrán que coexistir cada cual en su propia naturaleza.



Como es obvio, este no es un proceso lineal; de modo especial, diferentes dictadores han apelado a supuestos or√≠genes divinos del poder del cu√°l se han apoderado, en un vano intento de justificar las tropel√≠as de sus reg√≠menes. Tambi√©n en las ‚Ä®Iglesias hay resabios o criterios intolerantes o integristas que se hacen la idea que el Estado act√ļe con l√≥gica confesional.

‚Ä®M√°s fecundo ser√° el aporte de cada cual si el Estado se orienta al bien com√ļn, implementando los amplios mecanismos participativos de una sociedad democr√°tica y si la religi√≥n ‚Ä®vela y salvaguarda el ejercicio libre y sin coacci√≥n alguna de la fe en que cada ¬†persona se inspire y sea portadora. Tal es el sentido del Estado laico y no confesional. Se funda en la separaci√≥n del Estado y la Iglesia y el respeto irrestricto entre creyentes y no creyentes, se fundamenta en el valor de la tolerancia que tanto esfuerzo le ha significado al ser humano, para asumir y practicar.

En el presente, la irrupción del auto denominado Estado Islámico como 
instrumento de opresión de una casta sacerdotal, de carácter terrorista, dispuesta al implacable ejercicio del poder para alcanzar sus propósitos, representa un duro rebrote de las más perversas expresiones de intolerancia religiosa que ha conocido el ser humano. Sus crímenes compiten con el peor periodo de la Inquisición.

‚Ä®Esto nos recuerda que la evoluci√≥n humana hacia un sistema democr√°tico, coherente con el sue√Īo de Abraham Lincoln, concebido como “el gobierno del pueblo, por y para el pueblo”, es todav√≠a una idea-fuerza en desarrollo, sujeta al curso de inevitable experimentaci√≥n del proceso hist√≥rico.

El Estado que intentó suprimir el libre ejercicio de la fe fracasó rotundamente. En la ex Unión Soviética, luego del derrumbe del comunismo como sistema estatal, millones de creyentes retomaron con más vigor sus creencias, aunque ellas hubiesen sido practicadas por sus familiares ya fallecidos. La fe no se puede suprimir.

Asimismo, la religi√≥n que intenta erigirse en Estado conduce a un despiadado integrismo como lo ense√Īa dram√°ticamente la experiencia de los talibanes en Afganist√°n y ahora de los islamitas en ¬†Irak y Siria, que intentan ejecutar una especie de Inquisici√≥n musulmana. La libertad del ser humano es incompatible con cualquier integrismo, sea del signo que sea.

De modo que resulta trascendente la afirmaci√≥n del Papa Francisco: “que nadie piense que puede escudarse en Dios cuando proyecta y realiza actos de violencia y abusos”.¬†‚Ä®‚Ä®La fuerza de las religiones es incalculable, de all√≠ que esta definici√≥n esencial√≠sima de la m√°xima autoridad de la Iglesia Cat√≥lica es fundamental, lo primordial tanto para el Estado como para toda Religi√≥n es el respeto irrestricto a la dignidad del ser humano y al pleno respeto de sus derechos inalienables. Ello es lo que asegurara la paz social y la estabilidad democr√°tica de las naciones.

Camilo Escalona
Presidente del Instituto Igualdad y ex presidente del Senado

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