Cultura
18 de septiembre de 1910: las Fiestas Patrias marcadas por la tragedia
Publicado por: Daniel Medina
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El Bicentenario de Chile fue una celebraci√≥n completamente at√≠pica: a√ļn se manten√≠a fresco el recuerdo del sexto terremoto m√°s fuerte del cual se tenga registro en el mundo, mientras que 33 compatriotas debieron pasar Fiestas Patrias a 720 metros bajo tierra a la espera de ser rescatados en la mina San Jos√©.

Si bien 100 a√Īos antes ninguna tragedia de dichas caracter√≠sticas afectaba a nuestro pa√≠s, las circunstancias que envolvieron el Centenario incluso estuvieron a punto de suspender las festividades.

Por esos días, la fatalidad pareció instalarse en el sillón presidencial. El 16 de agosto de 1910, el presidente Pedro Montt falleció en Bremen, Alemania, a pocas horas de su arribo para tratar su delicado estado de salud.

Su sucesor fue El√≠as Fern√°ndez, quien hab√≠a quedado como vicepresidente y que asisti√≥ a la ceremonia f√ļnebre realizada en la Catedral de Santiago el 25 de ese mes.

Todas las versiones apuntan a que, paradojalmente, Fernández habría contraído un resfrío en el funeral, perdiendo la vida el 6 de septiembre sin imaginar que una centuria más tarde podría haberse encontrado con una decena de farmacias en los puntos que frecuentaba.

El puesto fue tomado de manera interina por Emiliano Figueroa, a quien le tocó dirigir la discusión en torno a la viabilidad de realizar las celebraciones del Centenario, y pese al tinte necrológico que ya había adquirido, se resolvió seguir adelante.

Sin embargo, la rotaci√≥n en La Moneda -con dos presidentes y dos vicepresidentes en 1910- no era el mal que m√°s ten√≠a afligido a la a√ļn joven naci√≥n independiente.

En el a√Īo del Centenario, Chile estaba a la mitad de una epidemia de viruela que en cerca de siete a√Īos acab√≥ con 40.000 personas.

La alta tasa de mortalidad infantil, la prostituci√≥n y el alcoholismo fueron factores que, seg√ļn public√≥ en 2011 el m√©dico Ernesto Pay√° en la Revista chilena de infectolog√≠a, eran problemas que notoriamente aquejaban el pa√≠s.

A lo anterior, por si no hubiera sido suficiente, se sumaba la crisis en el progreso económico mundial y el estancamiento en el mercado del salitre.

Pero el descontento social era el que m√°s tomaba el protagonismo en aquellos a√Īos. La separaci√≥n notoria de los sectores m√°s acomodados de los m√°s pobres era considerada escandalosa y sumado a los abusos hacia los trabajadores, las largas jornadas laborales y los sueldos pobres agravaban el descontento, gatill√≥ una serie de movilizaciones y marchas.

Juan Eduardo Garc√≠a-Huidobro recoge de Juan Enrique Concha, militante en esa √©poca del Partido Conservador, que “las huelgas y manifestaciones son el reflejo de un malestar entre los obreros y ha contribuido poderosamente al descontento popular el que las clases altas hayan olvidado sus obligaciones“.

En este mismo contexto Enrique Mac-Iver apunt√≥ a una “crisis moral de la Rep√ļblica”, en donde destac√≥ la “decadencia moral” de la oligarqu√≠a y “la falta de moralidad e idoneidad en la administraci√≥n p√ļblica”.

Finalmente, nada impidi√≥ que las celebraciones, planificadas desde 1894 por una comisi√≥n especial, siguieran su rumbo. Numerosas obras p√ļblicas, entre las que se encuentran accesos desde la Alameda al cerro Santa Luc√≠a, fueron inauguradas en los d√≠as cercanos al 18 de septiembre.

Los pomposos festejos, que se extendieron entre el 12 y el 22 de ese mes, atrajeron a delegaciones extranjeras y fueron miradas a la distancia por los relegados, por aquellos que no entendían cuáles eran los motivos para celebrar.

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