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Crítica de Cine: "Brazil", Kafka supera a Orwell

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Terry Gilliam siempre nos va a recordar la genialidad de los Monty Python, con un humor muy fino y absurdo a la vez. Es por eso que a Terry Gilliam siempre se le puede exigir más en imaginación, porque es capaz de superar esa línea. Así fue que, luego de Los Héroes del Tiempo, que se llevó la aprobación de la crítica, se estrenó Brazil en 1985.

Veamos. Brazil -hermosa ironía que evoca un lugar diametralmente opuesto- se sitúa en un universo distópico, oscuro y tecnológico. Aquí se encuentra Sam Lowry, un torpe burócrata, de existencia mediocre pero con deseos y sueños, que intenta corregir un error administrativo (en un mundo donde esas situaciones no se dan). De aquí, se ve envuelto en un enredo, donde resulta perseguido por el Ministerio de Obtención de Información, institución orwelliana que intenta controlar todo. En el intertanto, conoce a Tuttle, un gásfiter-terrorista, y a Jill, la mujer que resulta un motor importante. (Sí, amigos. Bienvenidos al Planeta Tierra. Todas las historias se resumen a chico-conoce-a-chica).

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El Proceso’ de Kafka se encuentra presente desde el minuto 1, con la búsqueda del erróneo Buttle, y la burocracia detrás de su solicitud de asistencia a una reunión, y con otra escena memorable en un trámite de obtención de información por parte de Jill (Kim Griest) en un edificio intimidante, muy de Metrópolis, en el que todos hemos estado alguna vez.

Así también, hay muchas otras referencias, como a Eisenstein (cuando la aspiradora cae en la escalera, como el coche en El Acorazado Potemkin), a Orsen Welles (en la forma de control de la sociedad de The Trial, por ejemplo) y un largo etcétera propio de elementos del cine clásico. Esto, sin contar con la mezcla de estilos plásticos entre 20’s y 50’s, que es masiva.

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Es esa lectura de referencias algo mezclada que a un nivel superficial resulta atractiva, pero que en el cruce de géneros puede resultar agotador, y merma la cadencia de una película que además, se extiende por 132 minutos. Esto pasa especialmente, y sin ánimo de spoiler, al tratar de sentar la historia como una intriga de predestinación (como definía Barthes) y cerrar la narración con un final virtual muy postmoderno. Esta itinerancia intenta abarcar mucho, va de un lugar a otro una y otra vez, y es ahí donde cae.

Si bien Brazil tiene cosas interesantes, me parece que lo que encabeza la lista es el universo kafkiano. Sam es un funcionario que nunca se ha cuestionado nada, que trabaja en un edificio laberíntico, donde todo se hace con papeles, solicitudes y formas. Hay una burocratización de las actividades sociales tremenda y una deshumanización inquietante pues los personajes no antagónicos se ven envueltos en una violencia naturalizada, típica de las sociedades industrializadas que el postmodernismo busca parodiar. Es por eso que los roles del gásfiter y de Jill son tan importantes para sacudir a Sam. Claro que es al final, obviamente, donde se hace aún más patente, y lo amenazante ya se presenta como grotesco.

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Lamentablemente, pasa con el personaje de Jonathan Pryce que logramos empatizar con su sufrimiento kafkiano muy tarde. Más allá de la fuerza del papel y el valor agregado de su mundo onírico -con referencias a Ícaro cuando con sus alas se acerca al sol-, su interpretación es floja y algo plana -¿Será que lo intenta mostrar así, en realidad?-. Afortunadamente, nos acordamos que el cine es mucho más que plasticidad y estética, sino que también es relato y, sobre todo ritmo.

Brazil es una suma de buenas ideas, pero no llega al zénit para declararla una gran cinta. O tal vez le pedimos demasiado a Gilliam, que al final del día es un Monty Python.

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