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Revisa el histórico discurso de Nelson Mandela al aceptar el Nobel de la Paz en 1993

Archivo | Keystone Pictures/Agencia UNO
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Nelson Mandela, el primer presidente sudafricano negro, vivió 27 años en prisión en Sudáfrica, lo que no le impidió continuar su lucha contra la sangrienta discriminación racial que vivían sus compatriotas a manos del sistema de segregación apartheid.

Su histórico combate contra la injusticia le hizo merecedor del Premio Nobel de la Paz en 1993, a tres años de ser liberado y pronto a convertirse en mandatario de su país.

En dicha ceremonia, en la cual también se reconoció al entonces presidente sudafricano F.W. de Klerk, se consolidó a Nelson Mandela como una de las personas más importantes que han existido en la historia, y que han cambiado el curso de la humanidad

A continuación, revisa una de las partes más importantes de su discurso de aceptación al Nobel:

Cuando el momento llegue, deberíamos juntos alegrarnos por una victoria común sobre el racismo, apartheid y la norma blanca minoritaria.

Ese triunfo finalmente llevará a término una historia de 500 años de colonización africana, que comenzó con el establecimiento del imperio portugués.

Por lo tanto, significará un gran paso adelante en la historia y también servirá como una garantía común de las personas del mundo para combatir el racismo, donde sea que ocurra y en cualquier forma que asuma.

En el extremo sur del continente de África, una rica recompensa, un regalo invaluable es la disposición de quienes sufrieron en nombre de toda la humanidad, cuando ellos lo sacrificaron todo por la libertad, la paz, dignidad humana y la plenitud humana.

Esta recompensa no se mide en dinero. Tampoco puede ser contabilizada en el precio colectivo de los metales raros y las piedras preciosas que descansan en las entrañas del suelo africano que pisamos, sobre las huellas de nuestros ancestros.

Será y debe ser medida en la felicidad y el bienestar de los niños, que son a la vez los ciudadanos más vulnerables en todas las sociedades y el mayor de nuestros tesoros.

Los niños deben, por lo menos, jugar en la sabana abierta, sin ser más torturados por los dolores del hambre o desolados por la enfermedad o amenazados por el flagelo de la ignorancia, acoso y abuso, y no más requeridos para comprometerse con causas cuya gravedad excede las exigencias de su corta edad.

Frente a esta distinguida audiencia, comprometemos a la nueva Sudáfrica con la búsqueda incesante de los fines establecidos en la Declaración Universal de los Derechos del Niño.

La recompensa de lo cual hemos hablado será y debe ser también medida por la felicidad y el bienestar de las madres y padres de estos niños, quienes deben caminar sobre la Tierra sin miedo de ser robados, asesinados por política o beneficio material, o escupidos porque son mendigos.

También deben estar aliviados de la pesada carga de desesperación que acarrean en sus corazones, nacida del hambre, la falta de techo y el desempleo.

El valor de ese regalo a todos quienes han sufrido será y debe ser medido por la felicidad y el bienestar de toda la gente de nuestro país, quienes han derribado los muros inhumanos que los dividían.

Las grandes masas habrán dado la espalda al grave insulto a la dignidad humana que describe a algunos como dueños y a otros como sirvientes, y que transforma a cada uno en un depredador cuya sobreviviencia depende de la destrucción del otro.

El valor de nuestra recompensa compartida será y debe ser medida por la gozosa paz que triunfará, porque la humanidad común que une a ambos negros y blancos en una sola raza humana, habrá dicho a cada uno de nosotros que todos deberíamos vivir como niños del Paraíso.

Por lo tanto vamos a vivir, porque crearemos una sociedad que reconoce que todas las personas han nacido como iguales, con igual medida de derecho a la vida, libertad, prosperidad, derechos humanos y buen gobierno.

Una sociedad así nunca debería permitir otra vez que hayan prisioneros de conciencia o que los derechos de alguna persona sean violados.

Revisa el discurso completo (en inglés) de Nelson Mandela en su aceptación al Premio Nobel de la Paz en 1993 aquí.

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