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Vladimir, un hijo de Putin y de Putina, persigue a las Pussy Riot

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Siempre clavado donde hay malas nuevas. Putin: he ahí un hostigoso personaje en medio del tablero mundial. Piense usted medio minuto en Putin e inmediatamente asociará su nombre con masacres en Chechenia, asesinatos de periodistas y magnates de la Rusia actual, aherrojo a la información libre, asaltos a escuelas, espionajes a gran escala, fraudes electorales, lavado de dinero, favoritismos sin fin o trifulcas callejeras de todo sesgo, las protestas pidiendo libertad, todas aplastadas sin contemplaciones, como en tiempos de Pinocho o acaso, ahora mismito en el Chile “new look” piñerista.

Putin, el hombre que emergió de esa honda y grande Rusia obscura, asiática y europea, de una potencia con riquísimos territorios tan vastos como disímiles. Putin, presidente del gran país donde ayer hubo Tolstoi, Dostoievski o un Trotsky, donde parieron a Chaikovski y Rachmaninoff, o la tierra desde donde Yuri Gagarin, el 12 de abril de 1961, voló a las nubes y abrió puertas al universo. Claro, porque todo hay que decirlo, también es el territorio de la ex URSS, con Georgia dentro, donde naciera el tenebroso Joseph Stalin.

Ese controvertido Putin, cuyo camino se abrió a la sombra de un político culebrero y borrachín, Boris Yelstin, tiene méritos. Aplicado estudiante, buen judoteca, experto en contraespionaje y en sambo (lucha rusa) y miembro exquisito de la temible KGB en tiempos de la guerra fría.

Nacido en 1952 en Leningrado (hoy, nuevamente, San Petersburgo) en cuna humilde, hijo de Vladimir Putin y María Putina, este hombre se encuentra en estos días en medio de un trágico baile europeo, la guerra civil de Siria. El es el mejor aliado y proveedor de armas para el sanguinario El Assad. Pero también Putin está en el ojo huracanado de la juventud mundial.

Lo último por haberse erigido, cual lapidario pope, como ardiente defensor del negocio de aquella tenebrosa iglesia ortodoxa rusa. Putin se ha trastocado en el perseguidor de tres angelicales mujeres, María Aléjina, Yecaterina Samutsévich y Nadia Tolokónnikova, integrantes del grupo musical Pussy Riot.

En estos momentos y en Berlín, magnífica ciudad y escenario contestatario ante cualquier abuso, ya se está preparando un gigantesco concierto de apoyo a esas tres ciudadanas perseguidas que, desde hace seis meses, sufren encarceladas y son sistemáticamente maltratadas. ¿Delito? Por valientes, por haber cantado unas cuantas verdades ocupando un altar, el 21 de febrero pasado, en la catedral de Cristo Salvador de Moscú.

Aquella fue una acción harto minúscula. Las muchachas iban mal vestidas (así lo criticaría cualquier señorona otoñal de la UDI) ¡en forma estrafalaria y la cara cubierta con pasamontañas! Entonaron unas coplas rebeldes pero no alcanzaron a terminar el numerito: fueron reducidas por un seminarista ojeroso, por una viejecilla que limpiaba candelabros, un vigilante gorilote y un feligrés que, recién ingresado al templo, andaba en busca de colorinches y piadosas estampitas religiosas. Con viento fresco las echaron a la calle.

Todo podría haber terminado allí, aplicándoles a las chicas una sanción, una multa, una noche en un calabozo, algún trabajo social. Pero no. Los grandes barbudos llenos de incienso (los popes) rasgaron vestiduras. Rasputines histéricos, ofendidos y consternados. “Esas pecadoras nos han infringido grandes sufrimientos” lloraron y sus lágrimas se deslizaban por esas lóbregas sotanas.

Y en eso estaban las cosas cuando salió Putin a la palestra pidiéndole perdón al clero y a los fieles. En una reacción paranoica olvidó que Rusia es, oficialmente, un estado laico. Ignoró también que lo que hicieron esas cantantes no está tipificado en el código penal del país. Pero nada importa. Ni los llamados a la tolerancia de tantos personeros, incluso los creyentes, del mundo de la cultura, de Madona, etc. No. Hay que forzar el delito y atizar la persecución. Hay que impulsar un terrible juicio. Como allí los jueces obedecen al poder político, todo se convertirá en una trágica farsa. A ese poder político le temen esos magistrados rusos y tanto por cobardía, seguridad o por conveniencia viven ensamblados y arrimados con los barbudos de la ortodoxia. Y a las víctimas, sin defensa legal ni real, les podría caer una pena de siete años de prisión.

La oración punk de las jóvenes que protestaban, cuando menos, es para reírse a gritos, sobre todo cuando piden a la virgen en alto cielo que eche a Putin y cuando afirman que “el orgullo gay ha sido encadenado y enviado a Siberia” y, sobre todo, cuando finaliza con una verdad del porte de un buque “Para no ofender a su Santidad, las mujeres deben parir y amar, (sois) la mierda, mierda, mierda de Dios”.

Sin embargo, mientras sigue creciendo la presión internacional favorable al trío y mientras Amnistía Internacional declara que ellas son “prisioneras de conciencia”, el poderoso Putin pareciera hacer cálculos, retroceder y ablandarse. Declaró ha poco que si bien “no había nada bueno” en el asunto, las jóvenes “no deberían ser juzgadas muy severamente”.

Oscar “El Monstruo” Vega:

Periodista, escritor, corresponsal, reportero, editor, director e incluso repartidor de periódicos. Se inició en El Sur y La Discusión, para continuar en La Nación, Fortín Mapocho, La Época, Ercilla y Cauce. Actualmente reside en Portugal.

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