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Los desafíos de los “asistentes sexuales” en Suiza

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Las personas que ejercen la profesión de asistentes sexuales legalmente en Suiza desde hace varios años afirman que deben responder a la necesidad de ternura y sexualidad de las personas inválidas, pero su actividad todavía provoca incomprensión y a veces indignación.

El salón de masajes Andana se encuentra en un inmueble anónimo de Zúrich, lejos de los barrios “rojos” de la ciudad.

Michelle Gut, una graciosa suiza de larga cabellera rubia, recibe allí a clientes de masajes eróticos. Entre ellos también hay personas que sufren de problemas físicos o mentales.

“Para un minusválido no es fácil tener una vida de pareja normal”, explica Michelle, que trabaja como masajista desde los años ’90 y tiene un diploma de asistente sexual.

En Suiza, los asistentes sexuales son formados desde 2003 por asociaciones especializadas y sometidos a una rigurosa selección. En total hay unos diez. La Confederación siguió el ejemplo de lo que se practica en Holanda, Alemania y Dinamarca. En otros países como Francia, se trata de una cuestión polémica.

Su estatuto es asimilado al de las prostitutas y sus servicios son pagados y totalmente a cargo de los clientes. Michelle pide 200 francos suizos (162 euros) por hora por una persona inválida, y 270 francos suizos por una persona no inválida.

Los servicios que ofrece a las personas inválidas van del masaje clásico a las caricias y terminan por “un masaje de las zonas erógenas” o por una masturbación, explica Michelle, agregando que la penetración está prohibida.

Los recorridos de los asistentes sexuales son tan variados como sus orígenes, y su trabajo jamás debe constituir una actividad a tiempo completo, insiste Catherine Aghte Diserens, sexo-pedagoga especializada y docente para adultos.

“No es una profesión, es necesario probar otra profesión que permita ganarse la vida”, insiste.

Según la presidenta de la asociación suiza Sexualidad e Invalidez, los asistentes son “mejor aceptados por los padres y los responsables de las instituciones” que las prostitutas, quienes sin embargo reciben regularmente a personas inválidas.

Jacques Arnould, de unos 50 años, casado, es uno de los raros asistentes sexuales que dan testimonio a cara descubierta, pues en Suiza esta profesión está desprestigiada, e incluso es rechazada.

“Todavía hay que hacer un gran trabajo de información”, destacó este fisioterapeuta.

“Algunas personas no aprueban mi actividad de asistente sexual y se niegan a ser tratadas por mí. Otras, por el contrario, piensan que está muy bien”, agrega este padre de tres hijos, que respetan su trabajo.

Según él, “las personas que nos critican deberían tener la honestidad de informarse sobre la asistencia sexual y tener un mínimo de empatía”.

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