Como muchos de sus paisanos, el Senador está convencido de que en Santiago no conocen (ni les importa) saber qué es Magallanes ni cuáles son las verdaderas necesidades de sus habitantes.
La “bandera magallánica”
Al salir de los aeropuertos de Punta Arenas o Puerto Natales, nacionales y extranjeros se sorprenden de comprobar que, en la mayoría de las casas, restaurantes, hoteles y calles, flamea una bandera azul y amarilla (para ellos hasta entonces desconocida).
La pregunta obligada es: ¿Qué es esa bandera?
La respuesta -que contiene un elemento de orgullo espontáneo- consiste en la afirmación: “esa es la bandera magallánica”.
A través de los caminos y las huellas de caminos de la Patagonia, la Tierra del Fuego y las islas al sur del canal Beagle chilenas, la bandera magallánica se repite una y otra vez, en tanto encarna un sentimiento de arraigo e identidad regional único en el país: la “Patria chica magallánica”.
Incluso, viajando en el extranjero, al ser consultados “¿de dónde son?”, muchos vecinos de Natales, Villa Tehuelche, San Gregorio, Cerro Sombrero, Punta Arenas, Porvenir o Puerto Williams, espontáneamente responden: “Somos de Magallanes”…
Dos componentes principales de tal identidad son, primero, un elemento telúrico (la inmensidad de la Pampa, la soledad de los canales, la ausencia de la Cordillera de los Andes y el permanente viento frío inimaginable en el resto de Chile) y, segundo, el aislamiento y la consolidada sensación de lejanía respecto del resto del país.
A eso se suma el que la composición de la sociedad magallánica está dictada por sucesivas capas de inmigrantes, que desde Chiloé y el resto del mundo, entre 1870 y 1920 arribaron a nuestro extremo austral. El poblamiento de Magallanes ocurrió mucho más tarde que el del resto de Chile, en una época en la que -y esto es sustantivo- la comunicación con Santiago se hacía o por barco hasta Valparaíso, o por barco hasta Ancud y Puerto Montt (y luego un día en tren desde esa última ciudad). La comunicación regular por avión es reciente.
Aun así, el vuelo non-stop entre Punta Arenas y el aeropuerto de Santiago dura casi 4 horas. Por tierra la distancia entre Santiago y Arica es casi mil kilómetros más corta que la distancia a Punta Arenas…
Esos y otros aspectos configuraron -como ha sido abundantemente documentado por el historiador magallánico Mateo Martinic- un ethos regional que, en el Congreso en Valparaíso y/o las oficinas de La Moneda y los ministerios en Santiago, hoy representa el Senador Alejandro Kusanovic (a quienes algunos llaman “el Sheriff de Magallanes”).
El Senador se caracteriza por un estilo propiamente magallánico, esto es, directo y sin ambigüedades, que en el norte se lee como rudo, conflictivo, mal educado, simple o intransigente. La razón es básica: Kusanovic verdaderamente cree que, en forma y fondo, él representa el interés magallánico puro que, desde una perspectiva tanto estratégica como táctica, observa desalineado respecto de lo que el actual y los anteriores gobiernos (inconsultamente) deciden que es lo mejor para su región.
Como muchos de sus paisanos, el Senador está convencido de que en Santiago no conocen (ni les importa) saber qué es Magallanes (en superficie, sin la Antártica, un territorio equivalente a Grecia), ni cuáles son las verdaderas necesidades de sus habitantes.
En esto su planteamiento no es -de ninguna manera- una cuestión personal, sino interpretación de un sentimiento transversal que afirma que -cualquiera sea el gobierno en Santiago– para la cocina política santiaguina, Magallanes no es más que un selfie en Torres del Paine, o una escala en un “viaje oficial” para otro selfie en la Antártica (entre diciembre y febrero, solamente).
Quienes conocen al Senador saben que éste no está en política por las lucas (es soltero, sin hijos y con un importante patrimonio personal). Tampoco, porque aspira a algún puesto en el gobierno de Santiago. No tiene ese tipo de necesidades. Tal vez por lo mismo, en el marco de las operaciones/coordinaciones políticas propias de un sistema de partidos, su ethos magallánico lo convierte en un personaje rustico, inmanejable e impredecible.
El asunto es que, para bien o para mal, este Senador siempre piensa en clave magallánica.
Antes de ser elegido Senador, Kusanovic ha sido empresario, dirigente gremial, Consejero y Presidente del Consejo Regional (CORE). Por lo mismo, se trata de una figura conocida y experimentada que -y esto nuevamente relevante- no ha tenido que pelear por un cupo en las listas de los partidos de la derecha. Quienes en el norte creen que ha sido así, se equivocan.
Estos aspectos están en la raíz de las desavenencias que el Senador mantiene con el equipo de Gobierno, que ameritaron (a mi modo de ver, equivocadamente de su parte) interpelaciones al propio Presidente de la República. No debió ser así.
Una polémica inconducente
Lo grave es que el disgusto entre el Senador y el gobierno ha escalado (anunció que votaría en contra de la megarreforma), generando un escenario de suma cero, que perjudica al Ejecutivo, al Senador y a Magallanes.
Es imprescindible superar este impasse.
Para ello es esencial que en Santiago entiendan y acepten que Kusanovic no representa una rebeldía impostada, sino un sentimiento de cabreamiento con la cocina política, que ignora a su región y, por extensión, le ofende en su dignidad de parlamentario.
A la vez, el Senador debe considerar que con su reacción (justa o no) resta un valioso voto para garantizar que la agenda política del gobierno cumpla con el trámite parlamentario más simple posible, pues, al conjunto del sector político al que pertenece, sí le importa, sí le interesa, que la megarreforma se haga realidad (ergo, que no se estanque en una discusión bizantina en el Congreso).
Creo que, como se han dado las cosas, para resolver el impasse el gobierno debe tomar la iniciativa (entiendo que el Ministro del Interior ya ha tomado cartas en el asunto).
La forma de hacerlo es sumamente simple: hay que escuchar al Senador Kusanovic (también evitar los insultos torpes sostenidos en la ignorancia del personaje).
Hay que entender que Kusanovic no solo representa a la derecha magallánica, sino a un cuerpo social con identidad propia, que se siente históricamente olvidado y postergado, mientras habita una región del mundo cuya importancia geopolítica y geoeconómica solo puede aumentar en el corto y mediano plazo.
Las propuestas Senador no son producto de un berrinche (como livianamente afirman quienes le acusan sin conocerle), sino expresión del conocimiento que posee de su territorio y de sus habitantes y, sobre todo, del convencimiento de que Magallanes y Antártica Chilena constituyen uno de los principales activos para garantizar el bienestar de las futuras generaciones de chilenos.
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