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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El alarde seguido de disculpas públicas por parte de influencers es una tendencia común en la actualidad, generando cuestionamientos sobre la sociedad actual. La figura del influencer, popularizada en redes sociales, se define como aquel que ejerce influencia para promover productos y servicios a cambio de beneficios económicos. La psicología social y las neurociencias ofrecen algunas respuestas al fenómeno, destacando la transformación de la reputación en un bien colectivo y la disonancia cognitiva que impulsa a los influencers a disculparse ante fuertes críticas.

Se ha vuelto una práctica habitual entre influencers locales y globales: alardear de conductas cuestionables por las que luego piden disculpas públicas. Ejemplos y nombres hay de sobra (el caso Wasabi, las andanzas de Naya Fácil, Tere Durruty y las colillas de cigarro a su perro, etc). Las justificaciones, con más o menos matices, suelen ser las mismas: “Por favor, sepan comprender”. La súplica, sin embargo, esconde una pregunta un tanto más profunda: ¿qué nos dice esta tendencia sobre la sociedad de nuestros días?

Desde la irrupción de las redes sociales (y la consolidación de la figura del “influencer”), el tema ha sido motivo de debate tanto en círculos públicos como académicos: ¿a quiénes estamos haciendo famosos en plataformas digitales? Casos como el mentado rescate del Cajón del Maipo (y la inusitada fama de sus protagonistas), por ejemplo, han vuelto a plantear la disyuntiva, al mismo tiempo en que cada vez más países discuten sobre el uso de redes sociales en niños y adolescentes.

De acuerdo a la Enciclopedia Britannica, el concepto influencer corresponde a la persona que “ejerce influencia para guiar las acciones de otros”.

“El término se aplica comúnmente a quienes ayudan a generar interés en productos o experiencias de consumo mediante las redes sociales. Los influencers cuentan con un gran número de seguidores y, a menudo, las empresas les pagan para que usen y describan sus productos y servicios, animando a sus propios seguidores a comprarlos”, acota la enciclopedia.

En 2019, agregan, el vocablo fue incluido en el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa y en el glosario de Merriam-Webster. “Los influencers pueden ser tanto celebridades como estrellas de cine y atletas que utilizan su popularidad para promocionar productos. También pueden ser expertos o líderes en su sector, donde su opinión es relevante”, detallan.

Influencers en 2026: primero alardear, luego disculparse

¿Por qué se ha vuelto común ver a influencers ufanarse de conductas cuestionables para luego, en un acto seguido y casi natural, lamentar las críticas cosechadas y pedir disculpas? ¿Estamos presenciando, acaso, un gesto de época del siglo 21?

Nicolás Núñez, académico de la carrera de Psicología en la Universidad Andrés Bello, plantea un matiz antes de aventurarse en una posible respuesta: “Como todos los comportamientos sociales, este es un comportamiento multidimensional. O sea, no se explica solamente por una causa”, afirma de entrada en diálogo con BioBioChile.

“La explicación quizás más sólida, podríamos decir, combina un poquito estos incentivos económicos derivados de la lógica de los likes en las redes sociales… Un influencer que tiene un gran volumen de likes y con ello consigue alta visibilidad en sus publicaciones, puede recibir patrocinio de marca, bonificaciones por cantidad de seguidores, por cantidad de likes en medios como YouTube, por ejemplo. Entonces, hay un incentivo económico que está detrás de conseguir mayor visibilidad, mayor cantidad de likes”, continúa.

Para Núñez, la misma búsqueda por conseguir más likes “puede tener que ver con factores más psicológicos o socioemocionales”, en el sentido de “recibir más aprobación, más admiración”, pero tampoco descarta “factores psicosociales, como poder tener un mayor grado de influencia en ciertos espacios de discusión, quizás algún grado de mayor estatus al tener cuentas con mayor visibilidad, con mayor número de seguidores, o con mayor número de likes”.

“Sin embargo, cuando sus videos generan indignación en la población general, ocurren ciertos fenómenos psicológicos que son comunes. Como por ejemplo, el sesgo de confirmación“, describe.

“Usualmente, cuando estas situaciones escalan, los influencers tienden a utilizar argumentos basados en minimizar sus faltas, y buscan argumentos que confirmen su creencia de que no es ‘tan grave’. Un fenómeno que está muy relacionado con el concepto de ‘naturalización o normalización’ de ciertas faltas”, suscribe. Y para ejemplificar el punto, cita el caso de Tere Durruty.

“Ahí, hay una normalización de ese tipo de comportamientos que quizás su audiencia específica lo encontró divertido, porque efectivamente quizás para su grupo de seguidores eso es un comportamiento que está normalizado, y que no se ha problematizado. Pero claro, cuando alcanza un gran número de visualizaciones, su contenido expande los límites de su grupo de seguidores y es juzgado por la sociedad en general, y esta tiene quizás mayor capacidad para detectar estos fenómenos como transgresiones a la ley”, señala.

“”Las redes sociales han transformado la reputación en un bien colectivo. La identidad ya no se construye sólo desde cómo nos vemos a nosotros mismos”

La académica y psicóloga Rocío Almendras, por su parte, sitúa la mirada sobre la reacción de los seguidores ante las conductas a veces contradictorias de los generadores de contenido. “Cuando un influencer pide disculpas frente a una cámara, solemos preguntarnos si realmente se arrepiente”, sostiene en diálogo con BioBioChile.

“Sin embargo, desde la psicología social, este fenómeno va mucho más allá de la sinceridad individual. Nos habla de cómo las redes sociales han transformado la reputación en un proceso colectivo, donde no solo importa el error cometido, sino también cómo una comunidad observa, evalúa y decide si una reparación es suficiente”, agrega.

“Las redes sociales han transformado la reputación en un bien colectivo. La identidad ya no se construye sólo desde cómo nos vemos a nosotros mismos, sino también desde cómo somos percibidos por una audiencia. Desde la teoría de la gestión de la impresión, estas disculpas pueden entenderse como un intento de reparar una identidad pública que ha sido cuestionada y de reconstruir la confianza frente a una comunidad que observa y evalúa constantemente”, sostiene Almendras.

A su juicio, a esto se suma un fenómeno descrito por la teoría de la identidad social: “Cuando una persona transgrede una norma compartida y la comunidad reacciona sancionando esa conducta para reafirmar los valores del grupo”, afirma.

“En ese contexto, las disculpas cumplen una función simbólica, que se refiere a comunicar que se reconoce el error y que existe una intención de volver a alinearse con esas normas sociales. Por eso, muchas veces, la disculpa ya no está dirigida únicamente a la persona o grupo afectado, sino a toda la comunidad digital”, subraya.

En este punto, Almendras aborda el concepto de “disonancia cognitiva”. “Cuando una persona se percibe a sí misma como alguien responsable o empática, pero enfrenta un rechazo masivo que cuestiona esa imagen, aparece un conflicto interno. Pedir disculpas puede ser una forma de reducir esa tensión y recuperar coherencia entre la identidad personal y la identidad pública”, sostiene.

“Las neurociencias también aportan una explicación interesante. Sabemos que el rechazo social activa circuitos cerebrales similares a los involucrados al dolor físico, particularmente regiones como la corteza cingulada anterior y la ínsula. Esto significa que ser objeto de una exposición masiva, críticas o rechazo en redes, no solo afecta la reputación, sino que puede vivirse como una experiencia emocionalmente dolorosa. A su vez, para quienes observan, los algoritmos potencian emociones de alta activación como la indignación, porque son las que generan mayor interacción. Así, la audiencia no solo evalúa el hecho original, sino también la emoción expresada en la disculpa: si lloró, si parecía auténtica o si fue suficiente”, explica.

Para el psicólogo Nicolás Nuñez, un aspecto importante en este debate es “no simplificar el por qué los influencers desarrollan este tipo de comportamientos, etiquetándolos como comportamientos psicopáticos, narcisistas, o mucho menos como alteraciones de la personalidad o de la estructura o del juicio de la realidad”.

Para el académico, lo importante aquí es “más bien entenderlos como una combinación de factores, dentro de los cuales están los factores económicos, los incentivos para realizar este tipo de publicaciones, los incentivos económicos y los incentivos psicosociales”.

En este punto, Rocío Almendras complementa: “Las disculpas públicas ya no son solo un acto individual, sino un fenómeno profundamente social. Nos hablan de una cultura donde la reputación se construye colectivamente y donde el perdón también parece depender del juicio colectivo. La pregunta entonces no es solo si quien pide disculpas es auténtico, sino también qué esperamos nosotros como sociedad de quien comete un error. ¿Buscamos comprender, reparar y permitir el cambio? ¿O esperamos una sanción permanente?”, se pregunta.