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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La "recesión de los besos" refleja una disminución en los besos románticos, influenciada por la mayor cantidad de personas solteras, menos relaciones sexuales y dificultades para conectar fuera de las pantallas. Jóvenes muestran ansiedad por besar, temen hacerlo mal y carecen de experiencias sociales debido a la pandemia. La tecnología y redes sociales afectan las habilidades de comunicación, mientras que el consentimiento y la selectividad en relaciones también inciden en esta tendencia.

Tener una cita, sentir atracción e incluso querer una relación ya no necesariamente termina en un beso. Para una parte de los jóvenes, ese gesto que durante décadas representó uno de los primeros pasos hacia la intimidad se ha convertido en una barrera difícil de cruzar.

El fenómeno ha comenzado a recibir un nombre: la “recesión de los besos”. Se trata de una aparente disminución de los besos románticos que ocurre en medio de un escenario más amplio, marcado por personas que pasan más tiempo solteras, tienen menos relaciones sexuales y enfrentan mayores dificultades para establecer conexiones fuera de las pantallas, recoge Eldiario.es.

Una encuesta de YouGov entrega algunas pistas. Más de un tercio de los adultos británicos consultados reconoció que se besaba románticamente con menor frecuencia que cinco años atrás. Casi uno de cada cinco llevaba más de un año sin recibir un beso, mientras que un 27% consideraba que besar se está volviendo menos habitual.

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Pero entre los más jóvenes aparece otro elemento: el miedo a hacerlo mal.

El beso se convirtió en un momento que genera ansiedad

Entre las personas de 18 a 24 años encuestadas, surgieron preocupaciones sobre cuál era el “momento adecuado” para besar o sobre su propia capacidad para hacerlo. De hecho, un tercio reconoció haber evitado un beso por falta de confianza.

Carrie, de 23 años, resume esa contradicción. Ha tenido “muchas” citas durante los últimos años, pero ninguna terminó en algo más. Parte de su enseñanza secundaria coincidió con la pandemia y tuvo que estudiar de manera online, una experiencia que siente que le quitó una etapa importante para aprender a relacionarse.

“Siento que me he perdido algo”, reconoce. Aunque ha intentado conocer personas, la falta de experiencia ahora funciona como una nueva barrera. “No sé muy bien cómo tomar la iniciativa en esas situaciones. No quiero quedar como una idiota”, explica.

Blair, de 24 años, vive algo similar. Desde su adolescencia solo ha besado tres veces y reconoce que la idea de hacerlo con alguien que todavía no conoce demasiado le genera ansiedad.

“La idea de besar a alguien a quien no conozco tan bien me da ganas de esconderme como una tortuga”, admite.

La pandemia también profundizó su tendencia a quedarse en casa. Nunca ha ido a una discoteca ni a un bar y prácticamente divide su vida entre el trabajo y el cine. El problema, explica, es sencillo: si no existen instancias para conocer personas, tampoco aparecen oportunidades para generar intimidad.

La recesión de los besos: menos encuentros y más vida detrás de una pantalla

Para la teórica social Sarah Stein Lubrano, el fenómeno va mucho más allá de los besos. “La gente ya no habla con desconocidos ni se invita a salir”, sostiene la especialista, quien trabaja en un libro sobre lo que denomina una “atrofia social”.

Besar requiere interpretar miradas, expresiones faciales, movimientos corporales y otras señales que difícilmente pueden aprenderse mediante una aplicación. Lubrano plantea que la dependencia tecnológica y la reducción del tiempo que las personas pasan cara a cara podrían estar debilitando precisamente esas habilidades.

Por eso, asegura que la caída de los besos importa “no porque todo el mundo tenga que mantener relaciones románticas, sino porque, en general, implica menos conexión social, menos compromiso y menos sentido de pertenencia”.

Las aplicaciones de citas tampoco necesariamente solucionan el problema. Rodrigo, de 31 años, asegura que lleva 12 años utilizándolas sin conseguir concretar una cita. Las redes sociales, además, aumentaron su temor al rechazo debido a las historias negativas sobre relaciones y encuentros que circulan constantemente.

Del símbolo del romance a un gesto cada vez más complejo

La historiadora Katie Barclay, profesora de la Universidad Macquarie de Sídney y autora de The Kiss: A History of Passion and Power, sostiene que el lugar que ocupa el beso también cambió culturalmente.

“El beso siempre ha sido un reflejo de su época”, afirma.

Durante el siglo XIX se transformó en uno de los grandes símbolos de la intimidad romántica y física. Sin embargo, Barclay plantea que una cultura cada vez más visual y sexualmente explícita terminó por restarle protagonismo.

“Ya no resulta tan interesante; no tiene la misma capacidad erótica que solía tener, y quizá por eso la gente se besa menos en general”, explica.

A eso se suma una mayor conciencia sobre el consentimiento. Para Barclay, se trata de un avance positivo, aunque también obliga a interpretar cuidadosamente las señales de la otra persona y puede aumentar el temor a equivocarse.

Cuando besar deja de ser una prioridad

No todos viven esta recesión de los besos como un problema. Para algunas personas, besar menos también responde a una decisión consciente de ser más selectivas con sus relaciones.

Dolly, de 35 años, no besa a alguien desde comienzos de 2020. Antes podía hacerlo espontáneamente durante una salida nocturna, pero ahora necesita una conexión diferente. “Ahora, si voy a besar a alguien, tiene que ser alguien en quien confíe de verdad”, asegura.

Catriona, de 55 años, lleva ocho años sin hacerlo y tampoco considera que aquello represente un fracaso. Prefiere mantenerse fuera de las citas antes que involucrarse en una relación que no considere igualitaria. “Quiero salir con una pareja, no con un proyecto”, resume.

Para los jóvenes, sin embargo, existe otro desafío: cada vez quedan menos lugares donde practicar esas interacciones sin demasiadas expectativas. El declive de la vida nocturna, los mayores costos para salir y el aumento de la vida digital reducen los espacios donde dos personas pueden simplemente conocerse.

Lubrano cree que recuperar esos lugares podría resultar fundamental. “Necesitamos lugares donde la gente pueda pasar el rato durante largos periodos de tiempo y, tal vez, llegar a un punto en el que les apetezca besarse”, plantea.

Así, la denominada “recesión de los besos” podría esconder un fenómeno bastante más profundo que la desaparición de un gesto romántico. Detrás del menor contacto físico aparece una generación que tiene más herramientas digitales para conocer personas que nunca, pero menos oportunidades —y, en algunos casos, menos confianza— para acercarse a ellas en la vida real.