Durante años, la luz azul de los celulares quedó instalada como una de las grandes villanas del mal dormir. La advertencia se repitió tanto que hoy casi parece una verdad incuestionable: mirar el teléfono antes de acostarse arruina el descanso. Sin embargo, un experimento personal del periodista de la BBC, Thomas Germain, puso el foco en otro lugar: más que la luz de las pantallas, lo que termina golpeando el sueño son otros factores de nuestra rutina diaria.
Con esa duda en mente, Germain decidió someterse a una prueba radical. No bastaba con activar un filtro nocturno en el teléfono ni con bajar el brillo. Durante semanas eliminó casi toda la luz azul de las horas previas a dormir, siguiendo las recomendaciones de especialistas en sueño.
La escena, según su propio relato, rozaba lo excéntrico. Cada noche se ponía unas gafas especiales de color naranja, diseñadas para bloquear con fuerza ese tipo de luz. No eran precisamente discretas ni cómodas. “No deberías poder ver mucha luz azul”, afirma Håvard Kallestad, director del grupo de investigación sobre sueño y cronobiología de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, sobre el tipo de lentes que realmente cumplen esa función.
Germain fue incluso más allá. Cubrió las ventanas con cortinas opacas, apagó las luces LED de su departamento y cambió la iluminación por velas. Quería convertir su casa en una especie de cueva moderna. “Creo que deberías convertir tu apartamento en una cueva”, dice Kallestad. “Bloquea la luz y usa velas”.
Así, sentado en el sofá y mirando todo teñido de naranja, el periodista mantuvo intactos sus hábitos con el celular, la televisión y la computadora. La idea no era cambiar el contenido que consumía, sino aislar el factor luz y observar qué ocurría con su descanso.
Entender cuándo es de día y cuándo es de noche
Pero el ejercicio no terminaba al caer la tarde. Los expertos le insistieron en otro punto clave: para dormir mejor no solo importa reducir la luz en la noche, sino recibir mucha más durante el día, especialmente en la mañana. Por eso, cada jornada comenzaba con una lámpara intensa dirigida al rostro mientras tomaba café. La escena tampoco resultaba agradable, pero respondía a una lógica concreta: ayudar al cuerpo a distinguir con claridad cuándo es de día y cuándo es de noche.
“Cuanta más luz recibas durante el día, menor será el impacto de la luz nocturna”, afirma Jamie Zeitzer, profesor de psiquiatría y ciencias del comportamiento en la Universidad de Stanford. Ese contraste, según los expertos, parece mucho más relevante que culpar únicamente a la pantalla del teléfono.
La explicación biológica sí existe y se debe a que la luz azul puede influir en el sueño porque en los ojos tenemos una proteína fotosensible llamada melanopsina. “La melanopsina es una proteína sensible al azul, lo que significa que es especialmente sensible a esta luz”, afirma Zeitzer. El problema es la escala ya que según el experto, la cantidad de luz que emiten las pantallas resulta mínima frente a la que recibimos del sol o incluso de otras fuentes de iluminación del hogar.
De hecho, Germain se encontró con una conclusión menos dramática que la instalada durante años. Una revisión reciente de 11 estudios diferentes concluyó que la luz de las pantallas podría retrasar el sueño apenas unos nueve minutos en el peor de los casos. No se trata de un efecto inexistente, pero tampoco de una catástrofe.
¿Es la luz azul el real enemigo del sueño?
Ahí apareció el verdadero giro de la historia. Para Zeitzer, el gran enemigo del descanso no es solamente el brillo azulado del teléfono, sino la forma en que usamos esos dispositivos. “Es mucho más el contenido, más que la luz, lo que mantiene despierta a la gente con estos dispositivos”, afirma.
Al final del experimento, Germain no vio una transformación espectacular en la calidad de su sueño. Aun así, sí notó cambios más sutiles: hacia la segunda semana comenzó a sentirse más motivado para acostarse temprano, le costó menos quedarse dormido y su horario de sueño se volvió algo más constante.
No pudo probar de manera concluyente que todo se debiera al bloqueo de la luz azul. Pero sí descubrió algo revelador: crear una rutina nocturna más ordenada, más tenue y menos caótica parecía ayudarle a enviarle al cuerpo la señal de que era hora de bajar el ritmo. Incluso terminó disfrutando esas noches iluminadas por velas, según explicó en su artículo.
En otras palabras, el experimento bajó a la luz azul del banquillo principal porque dormir mal no depende solo de una pantalla, sino del estilo de vida que construimos alrededor de ella.