Mi abuela se suicidó cuando mi madre tenía quince años. Crecí escuchando esa historia y, con el tiempo, llegué a la conclusión de que, en su caso, se trataba de uno de los desenlaces de una enfermedad mental eventualmente terminal: una depresión mayor persistente en el marco de un trastorno bipolar. Con los años, también entendí que esa comprensión, aunque cierta, era incompleta.
El 10 de septiembre fue establecido en 2003 como el Día Mundial para la Prevención del Suicidio por la Organización Mundial de la Salud, en colaboración con la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, con el propósito de situarlo como un problema de salud pública.
Los estudios en salud mental han aportado evidencia de que la depresión está presente en más de la mitad de los casos de suicidio y que entre las enfermedades mentales asociadas se encuentran el trastorno bipolar, la esquizofrenia y el trastorno límite de la personalidad. De ahí que la incidencia de la suicidalidad en estos cuadros nos muestre que detrás de cada suicidio hay, casi siempre, un sufrimiento psíquico diagnosticable y tratable.
Pero este fenómeno no se reduce a una explicación clínica. A finales del siglo XIX, Émile Durkheim, un sociólogo y filósofo francés, advirtió que el suicidio no podía entenderse únicamente como un acto individual ni como un asunto médico; desde su perspectiva, era, por sobre todo, un hecho social.
Su análisis mostró que cada forma de suicidio podía dar cuenta de un tipo distinto de vínculo con la sociedad o de su ruptura. Por ejemplo, el llamado suicidio egoísta se produce en un contexto de desvinculación de los ámbitos que conforman lo colectivo —familia, religión, comunidad—, haciendo que las personas deban contar solo consigo mismas para sostener su sufrimiento. Por su parte, llamó fatalista a aquel que ocurre cuando el padecer se experimenta en un entorno tan asfixiante como el encierro o la opresión, que priva de todo horizonte posible.
Es, sin embargo, el suicidio anómico el que, en estos términos, parece resonar más en la actualidad. Durkheim lo describió como aquel que surge cuando las normas y los marcos que ordenan la vida colectiva se debilitan o se rompen, dejando a las personas sin reglas claras que indiquen qué esperar ni cuál es el límite de lo posible. No es tanto la falta de vínculo, aunque necesario, sino la carencia de orientación. Se trata de una sociedad que cambia demasiado rápido, que crea expectativas que carecen de medios para alcanzarlas y que deja a los individuos en un estado de desorientación.
Varias décadas después, Edwin Shneidman, creador de la suicidología moderna, llegó a una conclusión relacionada a partir de una sencilla pero acertada ocurrencia: analizar las cartas de despedida de cientos de personas que habían muerto por suicidio. Más que un inventario de síntomas, encontró la presencia constante de lo que llamó “psychache”, un dolor psicológico que se vuelve insoportable.
Para Shneidman, el suicidio no era el propósito ni la intención, sino una forma, con un alto costo, de escapar de ese dolor, muchas veces experimentado en profunda soledad y aislamiento.
En esta línea se inscribe el aporte de Marsha Linehan, psicóloga norteamericana, creadora de la terapia conductual dialéctica y autora del conocido Inventario de “Razones para Vivir”. Su trabajo, nacido de su experiencia con el sufrimiento psicológico, se focalizó en un cambio de perspectiva fundamental: no basta con preguntar qué lleva a un individuo al suicidio; más importante aún, como es de suponer, es preguntarse qué le sostiene con vida.
La esperanza, los vínculos afectivos, el sentido de responsabilidad hacia los demás, las creencias religiosas o el simple gusto por ciertas actividades constituyen, cada uno por separado o en conjunto, razones para vivir; para un buen vivir habría que agregar.
Durkheim, Shneidman y Linehan, desde contextos históricos, disciplinas y aproximaciones diferentes, llegan a articular una misma intuición al abordar la comprensión del suicidio. Aunque constituye un síntoma y un riesgo que, sin duda, debe ser abordado a nivel individual, su incidencia es también una señal que debemos considerar al leerla en términos de la salud del tejido social.
Hoy, la soledad, la discriminación, la violencia, la falta de horizonte y esperanza y la experiencia de vulnerabilidad pueden ser comprendidas como síntomas de escala social. Por eso, la prevención del suicidio no se agota en los esfuerzos individuales de detección y acompañamiento —necesarios e indispensables, pero no suficientes—.
El suicidio, como tantos otros fenómenos relacionados con la salud mental, el bienestar y la calidad de vida, tal vez demande algo más ambicioso: la construcción de una utopía. Con esto quiero decir un relato, una visión alternativa sobre cómo construimos nuestra sociedad y cómo la conducimos; una en la que la vida valga, de verdad, ser vivida.
Alemka Tomicic
Profesora Titular Facultad de Psicología UDP.
Directora alterna del Instituto Milenio para la investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP).
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