Este septiembre comenzó con una mezcla de sonidos de guitarra criolla y tambores de guerra de la extrema izquierda destinados a abatir al gobierno de José Antonio Kast. La forma en que enfrente estas manifestaciones determinará la suerte de todo el resto de su gobierno, y eso debe tenerlo muy claro el Presidente de la República.

Si, por el contrario, enfrenta las manifestaciones con toda la fuerza del Estado y del Poder Ejecutivo, tendrá un resto de gobierno que le permitirá poner en marcha al país y asegurar una sucesión de su misma línea, sin siquiera descartar la posibilidad de una reelección.

La primera medida para enfrentar con energía estas movilizaciones, que claramente pretenden desestabilizar al gobierno, debería ser perseguir judicialmente a quienes inciten públicamente a la violencia y, cuando corresponda -conforme a la ley- aplicar las sanciones previstas para las organizaciones que participen en tales conductas. En el caso de instituciones con personalidad jurídica, debería evaluarse la cancelación de esta cuando exista fundamento legal para ello.

La segunda línea de acción es el enfrentamiento en la calle de las manifestaciones que se inicien a pesar de todo lo anterior. En ello, el gobierno debe ser, al mismo tiempo, durísimo con quienes recurran a la violencia y cuidadoso con el respeto de los derechos civiles de quienes se manifiesten pacíficamente.

Si el presidente Kast procede como he señalado, habrá ganado la batalla política más importante de la historia reciente de Chile y habrá iniciado una nueva época, en la que una democracia consolidada pueda resolver civilizadamente las legítimas aspiraciones del pueblo chileno.

Ahora bien, todos sabemos que, cualesquiera que sean los convocantes, detrás de todos ellos está el Partido Comunista. Eso hace aún más urgente la muy postergada discusión sobre la permanencia de un partido que, a mi juicio, mantiene una tradición y posiciones incompatibles con el juego político de una democracia liberal y representativa como la que la gran mayoría del pueblo chileno desea.

En cuanto a los manifestantes que salen a causar daños a sus semejantes y a destruir la propiedad pública, no solo deben ir a parar a la cárcel cuando sus actos constituyan delitos, sino que deberían quedar registrados como antecedentes penales en los casos que corresponda, de modo que la reincidencia en nuevos delitos tenga las consecuencias que establece la ley.

En cuanto a la cancelación de la personalidad jurídica de quienes inciten públicamente a la violencia, esta debería aplicarse, dentro del marco legal correspondiente, a los instrumentos que utilice el extremismo para llamar a los desmanes, incluidas instituciones como la FECH, la CUT y otras semejantes, si se comprobara su participación en conductas que legalmente ameriten una sanción de esa naturaleza.

Sé que estas medidas son duras, pero el beneficio de acabar de una vez por todas con la costumbre de causar daño vale la pena. Su aplicación serviría, además, de ejemplo a las generaciones que vienen.

Hay un dicho que dice que “es mejor ponerse rojo una vez que amarillo veinte veces”, y esa tarea, largamente eludida por los presidentes anteriores, diferenciará netamente a los débiles gobiernos de centro y de izquierda de un gobierno como el de José Antonio Kast, que pasará a la historia como el iniciador de las reformas fundamentales que limpiarán a la democracia chilena.

El presidente Kast recién cumple seis meses de gobierno y, por tanto, le quedan tres años y medio para cosechar los frutos de su prueba de fuerza. Esto podría asegurarle una continuidad en el cargo que le daría a Chile la estabilidad que tantas veces ha eludido.

Es obvio que esas medidas serán juzgadas como gestos de dictadura y como violaciones de los derechos humanos. Pero la humanidad está despertando de esas acusaciones que, en ocasiones, han impedido el verdadero ejercicio del poder.

Si el presidente Kast sigue este camino de restauración del respeto al gobierno y a la ciudadanía que solo quiere democracia y seguridad, pasará a la historia como un héroe y seguramente podrá aspirar a un segundo período, con el aplauso de la gran mayoría del país.

La historia demuestra que los mandatarios que se atrevieron a imponer el orden con mano de hierro terminan siendo inmortalizados como ejemplos de grandes arquitectos de sus países, como es el caso del general De Gaulle en Francia y de Adenauer en Alemania.

Emerson dijo que la historia es la biografía de los grandes hombres, y esa es una afirmación que debería grabarse en la puerta de La Moneda.