Estamos siendo testigos de un inusitado crecimiento de la barbarie en el mundo. Vemos guerras y amenazas de guerra por doquier e incluso genocidios como en Gaza y Sudán.

Sin duda que la humanidad no ha avanzado en el camino de una auténtica civilización. Esto, pese a que aquella ha progresado mucho históricamente en muy diversos ámbitos, como el científico, tecnológico, económico, cultural y médico. Y también lo ha hecho en los planos moral y político al abolir universalmente la esclavitud y la servidumbre; e ilegalizar la tortura, y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. E incluso ha avanzado bastante en el establecimiento de sociedades más libres y democráticas.

Sin embargo, conserva una nefasta “institución” que no sólo nos ancla en la barbarie, sino que además amenaza creciente y literalmente la supervivencia misma de la humanidad: la guerra, como recurso legítimo para resolver los conflictos entre las naciones.

De partida, con la guerra se ponen en cuestión todos los fundamentos de la moral que hemos ido adquiriendo poco a poco históricamente. Así, al entrar en guerra se pierde completamente el respeto de todo derecho de los nacionales del bando antagonista. Matar al “enemigo” desde luego, no sólo se convierte en un derecho sino incluso en un deber.

Asimismo, cuando los intereses del bando propio lo “exigen”, se convierte en un deber bombardear, torturar, destruir, mentir, engañar, chantajear, espiar, despojar de bienes y, en general, toda conducta destinada a dañar las posibilidades de triunfo de nuestros adversarios. Es decir, podemos concluir que estando en guerra todo el mal que podamos hacer a nuestros enemigos se convierte en bien para nuestra nación y, de este modo, pasa a justificarse plenamente.

En la práctica, para los miembros de cada una de las naciones en guerra su propia nación se convierte en una suerte de ídolo por el cual se relativizan todos los valores. Y más allá del discurso de paz que se les enseñe, a la niñez y juventud de la generalidad de las naciones se las adiestra para que justifiquen las diversas guerras en que aquellas se han visto históricamente involucradas y, peor aún, para que estén completamente dispuestas a participar en ellas en la medida que “estallen” en el futuro, sean cuales sean las causas que las originen. Y, por cierto, a llevar a cabo todas las conductas mencionadas que se estimen necesarias para derrotar a la nación “enemiga”.

Por otro lado, la legitimidad de la guerra impone de contrabando una concepción de la vida que, vista crudamente, debiera avergonzarnos a todos. En definitiva, que las naciones tienen tan mala concepción mutua que cada una de ellas percibe en las otras una disposición eventual a hacerle todo el mal que pueda con tal de lograr sus objetivos.

Es decir, que las naciones se ven unas a otras como radicalmente inmorales y que la única forma de evitar que las demás nos causen todo el daño a que están dispuestas, es teniendo mayores dispositivos bélicos que las “enemigas”, para así “disuadirlas” de llevarlos a cabo, lo que obviamente desemboca en una carrera armamentista que aumenta el sentimiento de mutua amenaza y que resta crecientemente recursos para que los Estados puedan satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos.

Y, de este modo, ¡cada una considera que sólo la otra es una potencial “malvada”! Y la única forma por la que todas esquivan sentirse efectivamente como tales es el sofisma de definirse a sí misma “la buena de la película”. Y para ello tienen, por cierto, que construirse una historia propia que las exonere de todo mal y que culpe a las otras en los conflictos bélicos que han tenido en el pasado o que eventualmente tengan en el futuro. Ciertamente, dicho recurso “convierte” a todas y cada una de las naciones en conflicto en “buena” y a las demás en “malas”…

Lo notable es que pese a los milenios en que este evidente contrasentido se ha utilizado para tranquilizar las conciencias, ¡todavía sigue teniendo “validez”! Es decir, continuamos usando sofismas para justificar el mal; y un mal tan terrible y mortífero como la guerra.

Y más aún cuando desde 1945 la humanidad ha inventado un armamento de tal capacidad destructiva que ya puede convertir la guerra entre naciones en algo apocalíptico. Es decir, seguimos siendo bárbaros y en la medida que la guerra continúe siendo legitimada, será inevitable la proliferación nuclear, con lo que agregaríamos a la barbarie una creciente probabilidad de cometer el mayor crimen imaginable: la virtual autodestrucción de la humanidad…