Los resultados de PISA 2025 debieran incomodarnos. No solo porque Chile volvió a retroceder en lectura, sino porque lo que muestran no puede reducirse a una mala noticia educativa más. En esta nueva versión de PISA —medición que se realiza cada tres años para evaluar qué tan bien los estudiantes de 15 años pueden aplicar sus conocimientos para resolver problemas en situaciones de la vida real—, los estudiantes chilenos obtuvieron 436 puntos en lectura. En 2022 habían alcanzado 448: son 12 puntos menos en tres años y una distancia de 25 puntos respecto del promedio de la OCDE.

Hay un dato aún más preocupante: el desempeño insuficiente viene creciendo de manera sostenida desde 2015. No estamos, entonces, ante un resultado aislado, sino frente a una trayectoria que debería obligarnos a detenernos.

Chile no es el único país que enfrenta esta situación. En lectura existe un deterioro generalizado, lo que demuestra que estamos ante una crisis que atraviesa distintos sistemas educativos. Esto también nos obliga a mirar las transformaciones que han experimentado nuestras infancias: la relación con las pantallas, las nuevas formas de acceder a la información, los cambios en los hábitos culturales y las crecientes dificultades para sostener la atención son algunos de los factores que podrían ayudar a explicar estos resultados.

Una sociedad que deja de comprender lo que lee no solo aprende menos: también se vuelve más vulnerable para participar, deliberar y tomar decisiones. Leer no es simplemente una habilidad escolar. Comprender un texto, distinguir información relevante, establecer relaciones, inferir aquello que no está explícito, evaluar la confiabilidad de una afirmación y construir una interpretación son capacidades indispensables para aprender durante toda la vida y desenvolverse en una sociedad compleja.

Quien no comprende adecuadamente lo que lee enfrenta mayores dificultades para estudiar, trabajar, informarse, ejercer sus derechos y tomar decisiones. Por eso, cuando hablamos de un deterioro de la comprensión lectora, hablamos también de un deterioro social.

La respuesta, entonces, no puede consistir simplemente en pedirles a los niños que lean más. Tampoco en responsabilizar a las familias o atribuir el problema exclusivamente a los profesores. Necesitamos preguntarnos seriamente qué está ocurriendo con la enseñanza de la lectura y qué condiciones estamos generando para que los docentes puedan enseñarla bien.

Si queremos mejorar estos resultados, debemos poner en el centro la calidad de la enseñanza. Eso implica fortalecer la formación inicial docente y el desarrollo profesional, pero también acompañar a los profesores en aquello que ocurre dentro de las aulas: cómo se enseña a comprender, cómo se conversa sobre los textos, cómo se construye vocabulario, cómo se aprende a inferir, argumentar y relacionar información, y cómo se acompaña a quienes enfrentan mayores dificultades. No basta con declarar que la lectura es importante; hay que generar las condiciones para enseñarla bien.

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También necesitamos iniciativas que vuelvan a instalar la comprensión, la conversación y el lenguaje como asuntos de interés público. Esto requiere convocar a escuelas, familias, bibliotecas, universidades, municipios, medios de comunicación, organizaciones culturales y espacios comunitarios.

Leer, conversar sobre lo leído y comprender el mundo a través del lenguaje son prácticas que una sociedad debe cuidar colectivamente. Los resultados de PISA deberían ser, por eso, mucho más que una cifra que aparece durante algunos días en los titulares. Debieran abrir una conversación nacional que parta por reconocer algo incómodo: estamos perdiendo una capacidad fundamental y no podemos normalizarlo.

Silvana de la Hoz Ibacache
Académica Facultad de Educación UDP.

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