Las recientes denuncias de presunto fraude en el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde la misma inteligencia artificial utilizada para resguardar el proceso habría servido para vulnerarlo, trascienden el ámbito de una universidad en particular. Lo ocurrido abre una discusión que no hemos zanjado desde las universidades: ¿estamos preparando a la comunidad estudiantil para convivir críticamente con la inteligencia artificial o simplemente estamos intentando contener sus efectos?
Durante décadas, la universidad tuvo como una de sus principales misiones transmitir conocimiento. Hoy esa realidad cambió. Nunca antes en la historia el acceso a la información había sido tan inmediato ni tan democrático. En segundos, un estudiante puede obtener respuestas, resumir un libro, escribir un informe o resolver un problema técnico. Esa transformación obliga a replantear una pregunta esencial: si el conocimiento está disponible para todos, ¿cómo seguimos añadiendo valor agregado a la educación superior?
El caso de la UNAM demuestra que el desafío ya no está únicamente en proteger los mecanismos de evaluación. Está en revisar qué estamos evaluando. Si nuestros sistemas siguen privilegiando la repetición de información o respuestas que una inteligencia artificial puede generar en segundos, quizás el problema no sea la tecnología, sino la manera en que concebimos el aprendizaje.
Diversas investigaciones han advertido que el uso de inteligencia artificial mejora la calidad formal de muchos trabajos académicos, pero también puede reducir el esfuerzo cognitivo cuando reemplaza completamente el proceso de elaboración personal. El riesgo, entonces, no es que un estudiante utilice inteligencia artificial. El riesgo es que deje de desarrollar las capacidades que están en el centro del quehacer académico: analizar, cuestionar, argumentar, crear y tomar decisiones frente a problemas complejos.
Como universidades no podemos responder únicamente endureciendo controles o perfeccionando herramientas para detectar el uso de inteligencia artificial. Esa será siempre una carrera que la tecnología terminará superando. La discusión que debemos dar es mucho más ambiciosa: cómo rediseñamos la formación profesional para una época en la que la inteligencia artificial será parte cotidiana del ejercicio de prácticamente todas las disciplinas.
Ese desafío no es sólo tecnológico; es profundamente educativo. Significa revisar nuestras mallas curriculares, transformar las metodologías de enseñanza y, sobre todo, replantear nuestras formas de evaluar. Si una inteligencia artificial puede responder una pregunta en segundos, quizás el verdadero aprendizaje ya no consista en recordar una respuesta, sino en formular una mejor pregunta, integrar conocimientos de distintas áreas y justificar decisiones con fundamentos técnicos, éticos y sociales.
Desde una Facultad Tecnológica observamos esta transformación con optimismo. La inteligencia artificial representa una de las mayores oportunidades que ha tenido la educación superior para reinventarse. Puede democratizar el acceso al conocimiento, acelerar la investigación, potenciar el aprendizaje personalizado y liberar tiempo para que estudiantes y académicos dediquen más energía a la creatividad, a la innovación, el trabajo interdisciplinario y la resolución de problemas que ningún algoritmo puede comprender por sí solo.
Por eso, el desafío ya no consiste simplemente en enseñar a utilizar herramientas de inteligencia artificial. Nuestra responsabilidad es formar profesionales que comprendan cómo funcionan estas tecnologías, conozcan sus posibilidades, pero también sus límites, sus sesgos y las implicancias éticas de utilizarlas. El profesional del futuro no destacará por saber usar una plataforma de inteligencia artificial, porque esas herramientas estarán al alcance de todos, sino por su capacidad para interpretar contextos, conectar disciplinas, liderar equipos y tomar decisiones responsables cuando no existe una respuesta evidente.
En ese sentido, una lección que nos deja la UNAM no tiene sólo relación con el intento de fraude, sino también con la respuesta institucional frente a él. La universidad decidió transparentar lo ocurrido, revisar sus procedimientos y reforzar la legitimidad de su proceso de admisión, aun cuando ello implicara asumir un costo reputacional. Esa decisión demuestra que la confianza en la educación superior sigue descansando, en última instancia, en valores profundamente humanos: la integridad y la transparencia.
Probablemente, dentro de algunos años no recordemos este episodio como uno de los primeros casos de fraude asociado a la inteligencia artificial. Lo recordaremos como uno de los primeros momentos en que las universidades comprendieron que el verdadero desafío es tanto tecnológico como educativo. Esto nos obliga a desarrollar ambos ámbitos con mayor profundidad. Mientras más sofisticadas sean las herramientas que utilicemos, mayor será la necesidad de contar con profesionales capaces de comprenderlas, cuestionarlas y ponerlas al servicio de las personas.
Sebastián Aguirre Boza
Arquitecto.
Decano de la Facultad Tecnológica, Universidad de Santiago de Chile.
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