Chile vuelve a discutir el lugar que deben ocupar las ciencias sociales en su política científica. Detrás de esta controversia coyuntural late una pregunta mucho más profunda que cualquier convocatoria de financiamiento particular, a saber, qué entendemos por ciencia y qué conocimiento necesita nuestro país para desarrollarse.
De paso, la oportunidad de despejar una caricatura que se ha instalado con demasiada facilidad, y poco escrutinio, la idea de que las ciencias sociales son, sin más, “woke”. No lo son. Son disciplinas científicas que se proponen comprender cómo funcionan las sociedades, las instituciones y las relaciones humanas, con los mismos estándares de evidencia, rigor metodológico y revisión por pares que rigen a cualquier otra área del conocimiento.
Pueden y deben ser criticadas, como toda ciencia. Sus investigadores pueden tener sesgos, como todo investigador los tiene, y nuestras universidades deben promover el pluralismo intelectual. Pero de ahí no se sigue que un conjunto completo de disciplinas, con sus métodos, sus debates internos y sus desacuerdos teóricos, sea reducible a una caricatura. Confundir el sesgo posible de algunos con la naturaleza de un campo entero es, precisamente, el tipo de error que las propias ciencias nos enseñan a identificar.
Un economista que estudia la pobreza no es, por eso, de izquierda. Un sociólogo que investiga la delincuencia no es, por eso, permisivo frente al delito. Un psicólogo que investiga en salud mental no está haciendo activismo, y un investigador que estudia sobre el bienestar de la niñez no está por ello defendiendo una agenda política determinada.
Incluso la propia ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, hizo su tesis doctoral sobre cómo la ayuda de los padres con las tareas escolares se relacionaba con el rendimiento en matemáticas de estudiantes hispanos en Estados Unidos, otro ejemplo de investigación social, no de activismo disfrazado de ciencia. Sostener lo contrario no es una posición crítica, es simplemente no saber, o no querer saber, qué hace la ciencia social cuando hace ciencia.
Pero hay una razón todavía más de fondo para defender su lugar, una que trasciende la esgrima ideológica del momento, y es que, sin ciencias sociales, el conocimiento científico y tecnológico no logra traducirse en desarrollo.
Una política científica madura no puede preguntarse únicamente sobre qué disciplinas producen resultados económicos inmediatos. Debe preguntarse, con la misma seriedad, qué conocimientos necesita un país para anticipar sus problemas, tomar mejores decisiones y comprender las consecuencias de sus propias transformaciones. El debate actual es, en ese sentido, una oportunidad genuina para plantear la pregunta correctamente.
La discusión sobre si las ciencias sociales son “woke” puede ser políticamente rentable, pero es, científicamente, la pregunta equivocada. La pregunta que Chile debería hacerse es otra, ¿queremos un sistema científico que produzca solamente tecnologías, o uno capaz también de comprender cómo esas tecnologías transformarán nuestra sociedad?
La respuesta debería ser evidente. Por todo esto, las ciencias sociales no son “woke”. Son parte del conocimiento que Chile necesita para comprenderse a sí mismo, decidir mejor y construir su futuro.
Mahia Saracostti Schwartzman
Profesora Titular del Departamento de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Chile.
Directora Cátedra UNESCO Bienestar de la Niñez y Juventud, Educación y Sociedad.
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