Pocas palabras resultan tan difíciles de definir y, al mismo tiempo, tan inevitables como belleza. Existe sobre ella un extenso debate científico y filosófico que parece oscilar entre dos posiciones aparentemente irreconciliables.

Por una parte, se la entiende como una experiencia subjetiva, determinada por el contexto cultural, histórico e incluso ético de quien contempla. Aquello que consideramos bello estaría condicionado por un particular marco de sensibilidad, construido a través de la experiencia y la cultura. La conocida frase atribuida a Einstein —“la belleza reside en el corazón de quien la contempla”— resume, aunque de manera simplificada, esta aproximación.

Desde otra perspectiva, la ciencia ha buscado identificar aquellos patrones de armonía, orden, proporción y simetría que parecen subyacer a muchas de nuestras experiencias estéticas. La neurociencia ha demostrado que la percepción de aquello que consideramos bello activa regiones cerebrales asociadas con la valoración y el placer, entre ellas la corteza orbitofrontal, y participa en los mecanismos del sistema de recompensa. La belleza, desde esta perspectiva, no sería necesariamente una propiedad objetiva e intrínseca de las cosas, sino también una respuesta compleja de nuestro sistema perceptivo, emocional y cognitivo.

Pero reducir la belleza a una reacción cerebral sería tan insuficiente como reducirla a una preferencia personal. La experiencia de lo bello trasciende su dimensión estrictamente física: puede encontrarse en una persona, en la naturaleza, en una obra de arte o en la arquitectura, pero también en una idea, en una acción o incluso en un gesto. Es precisamente en esta capacidad de trascender lo sensible donde reside su dimensión más profunda.

Para Platón, la belleza constituye una manifestación de aquello que pertenece al mundo inteligible en el mundo sensible. No es, por tanto, solamente una cualidad de las cosas, sino una forma de acceso a una realidad que las trasciende. Siglos después, Auguste Rodin expresaría una intuición semejante al afirmar que la belleza es la verdad que se transparenta desde el interior de la forma. La afirmación resulta especialmente significativa para la arquitectura: aquello que reconocemos como bello no sería simplemente aquello que posee una apariencia agradable, sino aquello cuya forma consigue revelar con claridad una verdad que le es propia.

Esta relación entre belleza y verdad es probablemente una de las más fecundas para comprender la arquitectura. En ella, la belleza deja de ser un asunto meramente estético para adquirir una dimensión intelectual y, en último término, espiritual. No se trata de embellecer una obra una vez resuelto lo esencial, sino de alcanzar una forma capaz de expresar aquello que la obra verdaderamente es.

La historia de la arquitectura ofrece numerosos ejemplos de esta aspiración. Los griegos encontraron en la proporción, el orden y la medida una forma de aproximarse a la perfección. Fidias, considerado uno de los máximos exponentes del clasicismo griego, llevó esta búsqueda a la representación idealizada de la figura humana, vinculando la perfección física con una dimensión moral y espiritual. Aquella concepción de la belleza —que podríamos llamar divina— buscaba establecer un puente entre el mundo terrenal y un orden superior.

Muchos siglos después, la arquitectura moderna volvería a formular esta relación entre verdad y forma desde una perspectiva radicalmente distinta. Ludwig Mies van der Rohe constituye quizás uno de sus ejemplos más paradigmáticos. Su arquitectura, simultáneamente racional y profundamente sensible, buscó despojarse de todo aquello que consideraba superfluo para revelar la esencia de la obra. La estructura, los materiales, las proporciones y los detalles no eran elementos aplicados a la arquitectura: eran la arquitectura misma.

Su célebre máxima “Menos es más” sintetiza de manera memorable esa aspiración. Pero la aparente simplicidad de la obra de Mies es el resultado de una extraordinaria complejidad intelectual y técnica. Para conseguir que lo complejo pareciera inevitable y sencillo, dedicó una vida entera al rigor, la precisión y la consecuencia. En ese sentido puede comprenderse también su rotunda afirmación: “Dios está en los detalles”. El detalle no es aquí decoración; es el lugar donde la idea arquitectónica adquiere verdad.

Resulta paradójico que, mientras la belleza ha ocupado un lugar central en algunos de los momentos más altos de la historia de la arquitectura, hoy parezca una palabra incómoda en buena parte de la enseñanza contemporánea. En muchas escuelas de arquitectura se la considera un concepto demasiado subjetivo, ambiguo o poco académico. Su asociación con el lujo o con determinadas ideas de representación social ha contribuido, además, a mirarla con sospecha.

El problema no está en cuestionar la belleza, sino en haberla abandonado como categoría intelectual. Cuando una disciplina renuncia a preguntarse por aquello que hace que una obra sea bella, corre el riesgo de reemplazar esa pregunta por otras más fáciles de justificar: si es novedosa, si es disruptiva, si representa una determinada causa o si responde adecuadamente a un discurso contemporáneo. Todas estas preguntas pueden ser pertinentes, pero ninguna sustituye la cuestión fundamental acerca de la calidad de la obra.

La arquitectura no debería tener miedo de la belleza. Tampoco debería confundirla con ornamento, lujo o espectáculo. Una obra puede ser austera y bella; silenciosa y bella; incluso profundamente sencilla y, sin embargo, contener una extraordinaria densidad intelectual. La belleza no es necesariamente aquello que agrega algo a la arquitectura, sino aquello que aparece cuando sus partes —materia, estructura, proporción, luz, espacio, función y contexto— alcanzan una relación justa.

Por eso, la belleza puede y debe ser entendida como una legítima aspiración humana. No como una fórmula ni como un estilo, sino como una búsqueda de los valores esenciales de las cosas. Una búsqueda que obliga a preguntarnos por aquello que una obra verdaderamente es y por aquello que quiere llegar a ser.

Quizás allí se encuentre su vínculo más profundo con la arquitectura: donde hay belleza, hay una forma de verdad que ha conseguido hacerse visible.

Albert Tidy
Director Escuela de Arquitectura
Universidad de los Andes

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