En un escenario global marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la aceleración tecnológica, las organizaciones enfrentan la exigencia de volverse más flexibles y resilientes. En Chile, la velocidad con que se adoptan estas herramientas ha acelerado la necesidad de transformación.

Sin embargo, esta adaptación no es un proceso estrictamente tecnológico ni se resuelve únicamente adquiriendo infraestructura digital. La verdadera capacidad de respuesta de una compañía reside en las personas que impulsan, operan e innovan a través de esas tecnologías.

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En este contexto, el upskilling, entendido como el desarrollo continuo de nuevas capacidades, deja de ser una opción y se convierte en una prioridad estratégica. Pero capacitar no es suficiente. También es necesario generar espacios para que las personas puedan experimentar y aplicar tempranamente nuevas tecnologías en su trabajo, transformando algo inicialmente abstracto en una herramienta concreta.

Desde la perspectiva local, el desafío adquiere un carácter urgente. En Chile, 1 de cada 4 trabajadores expuestos a la automatización no tiene una ruta viable de reconversión y más de 2,3 millones de personas, equivalentes al 26% de la fuerza laboral, están en ocupaciones de alto riesgo, según un estudio elaborado por CoMov Consultores con apoyo del OTIC CChC y SENCE.

Además, ACTI ha advertido que la brecha de talento STEM y la reconversión laboral serán determinantes para la competitividad del país.

Invertir en las personas no solo fortalece la resiliencia organizacional. También permite generar una masa crítica capaz de adoptar nuevas tecnologías y movilizar el cambio cultural.

La capacidad de innovar dependerá cada vez menos de disponer de nuevas herramientas y cada vez más de qué tan preparadas estén las personas y las organizaciones para aprender, experimentar y adaptarse rápidamente.

Matías Soffia
Miembro del Círculo de Innovación de ICARE

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