Es perfectamente válido analizar la historia centrándose en el peso político de los acuerdos de fondo y no solo en las fechas. Si miramos los acontecimientos desde esta perspectiva, la Conferencia de Potsdam en 1945 y las negociaciones directas entre las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial fueron, sin duda, los hitos donde se definió la verdadera repartición del poder mundial.

Desde este enfoque político y estratégico, existen argumentos clave que respaldan la trascendencia de estos pactos y explican por qué Chile debe evitar concurrir a la ONU, manteniéndose al margen de su influencia.

Frente a la diplomacia formal desplegada en la Conferencia de San Francisco, donde decenas de países redactaron estatutos bajo un protocolo masivo, las decisiones fundamentales sobre el orden de posguerra se zanjaron en el “Trío de Vencedores”. Fue allí donde Stalin, Churchill y Truman pactaron un diseño de poder asimétrico: las superpotencias no aceptarían someterse a las mayorías de los países más pequeños. Así, blindaron el Consejo de Seguridad mediante el derecho a veto, convirtiendo a la naciente organización mundial en el reflejo de un pacto oligárquico de las potencias.

Este diseño geopolítico consolidó la estructura de bloques que paralizó al organismo durante décadas bajo la lógica de la sospecha mutua y la Guerra Fría. El veto le permitió a la URSS blindar la expansión de su filosofía, legitimando regímenes colectivistas a nivel internacional. Stalin impuso estas reglas por el temor fundado de que la mayoría de los países no alineados usaran la organización para aislar a la Unión Soviética. Frente a esto, cabe preguntarse: ¿es el multilateralismo actual un vehículo que hereda vicios del colectivismo estatista, o es simplemente una herramienta fría de la realpolitik donde las potencias manipulan las reglas para defender sus propios intereses? La realidad confirma que hay bastante de esto último.

Este orden internacional afectó profundamente la historia de Chile durante el siglo XX y sigue dejando huellas estructurales en el debate político actual. Mi profunda desconfianza hacia los organismos internacionales como la ONU responde a un fenómeno muy vivo en el país. Directrices como la Agenda 2030, el Pacto Migratorio o diversos tratados ambientales son percibidos legítimamente como imposiciones globalistas que buscan vulnerar la soberanía del Estado chileno y dictar leyes desde el extranjero.

Hoy en día, cada vez que agencias internacionales emiten informes sobre la situación penal, la inmigración en el norte o el conflicto en la macrozona sur, se reaviva el áspero debate entre cumplir estándares externos o expulsar la intromisión extranjera. La pugna entre el poder global de la posguerra y el derecho de las naciones a decidir su propio destino sigue estando en el corazón de las discusiones sobre qué sistema económico o qué política migratoria debe tener Chile.

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Debemos tener en perspectiva las limitaciones insalvables que enfrentan los países de la región dentro de esta arquitectura. El debut del presidente chileno José Antonio Kast en la Asamblea General de la ONU, sumado a la adhesión de Chile a la alianza regional del Escudo de las Américas, vuelve a poner sobre la mesa esta tensión. El derecho a veto es un privilegio exclusivo y blindado de cinco miembros permanentes. Ni Chile ni ninguna coalición americana tienen la facultad jurídica o militar para contrapesar ese poder.

Emplazar al organismo afirmando que “no ha estado a la altura” o exigir reformas al Consejo de Seguridad bajo la premisa de que el orden de 1945 es obsoleto, ignora la naturaleza de la realpolitik. Pedirle a las potencias nucleares que renuncien voluntariamente a las reglas que las protegen es un discurso retórico sin capacidad real de generar cambios. En la organización mundial manda el poder, no quienes están a su servicio. Los discursos o llamados de atención de las naciones en vías de desarrollo difícilmente alterarán el tablero, ya que el poder decisivo final sigue estando estrictamente reservado para los dueños del veto.

Cristián Poblete Rivas
Pensionado

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