La publicación de los resultados de PISA 2025, trae noticias poco alentadoras sobre la lectura. Fue el área que más retrocedió en Chile: 12 puntos respecto de 2022. Pero ese número, por sí solo, esconde algo más importante: desde 2015, la proporción de estudiantes chilenos bajo el nivel básico de lectura ha subido 10 puntos porcentuales.
No es resultado tampoco del COVID-19, sino de un desgaste sostenido durante una década, cuya responsabilidad recae en el sistema educativo. La pandemia, con el cierre prolongado de escuelas y la interrupción de los aprendizajes, no inició este deterioro, pero sí lo profundizó y lo volvió más difícil de revertir.
La propia OCDE ofrece una pista sobre por qué: vincula esta caída, a nivel internacional, con una menor lectura por placer y un mayor tiempo frente a pantallas. Es decir, el problema no es solo técnico —cuántas palabras por minuto lee un niño o cuánto entiende—, sino algo incluso más complejo de medir: cuántos niños todavía quieren leer.
En Fundación Acompañando Pasos vemos este mismo patrón de cerca. El 74% de los niños y niñas que atendemos tiene libros de cuentos, pero solo el 36% dice que le leen habitualmente en casa. La brecha no es siempre de acceso a materiales; en ocasiones los libros están, es de hábito, de tiempo compartido, de alguien que se siente al lado a leer en voz alta. Ese gesto, aparentemente mínimo, es justamente el que la evidencia internacional señala como uno de los más determinantes para que un niño llegue a disfrutar la lectura, y no solo a decodificarla.
Vale la pena ser honestos con lo que ese 36% significa. No es una acusación a las familias. Muchas veces la ausencia de ese momento de lectura compartida no responde a falta de voluntad, sino a jornadas laborales extensas, a la fatiga del día a día, a la distancia entre lo que se quisiera hacer y lo que el tiempo permite.
En el fondo, lo que muchas de estas familias enfrentan es la imposibilidad de conciliar la vida laboral con la vida familiar: no eligen entre leer o no leer, sino entre llegar a tiempo al trabajo y estar presentes en casa. Tampoco es un problema que la escuela, o un programa después de la jornada escolar, pueda resolver en solitario.
Nuestros propios resultados de lectura muestran avances reales, una mejora significativa en comprensión lectora, especialmente marcada en 1° básico. Una intervención puede entrenar la fluidez y acompañar la comprensión; construir el gusto por leer es una tarea que se teje en varios espacios a la vez, y ninguno de ellos alcanza por sí solo.
Quizás ahí está la pregunta que vale la pena dejar abierta. ¿Si el deterioro en lectura lleva una década desarrollándose y tiene tanto que ver con el placer como con la técnica, estamos, como sociedad, poniendo suficiente atención en cultivar ese gusto, o seguimos midiendo solo lo que se puede medir fácil?
Cada entorno —el hogar, la escuela, los programas de la sociedad civil— tiene algo que aportar en esa tarea. La pregunta es si, entre todos, seguimos cultivando esas ganas de leer, o si la estamos dejando diluirse sin que nadie se dé cuenta.
Bernardita Merino
Directora de Evaluación y Estudios
Fundación Acompañando Pasos
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