Para muchas familias chilenas, la vivienda representa mucho más que un activo. Es el patrimonio construido durante años de trabajo, el lugar donde se desarrolló la vida familiar y, en numerosos casos, el principal bien que integrará una futura herencia. Precisamente por esa importancia, también suele convertirse en el origen de algunos de los conflictos sucesorios más complejos.

Una vez producido el fallecimiento, una propiedad que hasta ese momento pertenecía a una sola persona pasa a formar parte de una comunidad hereditaria. Quienes antes compartían únicamente vínculos familiares deben comenzar a tomar decisiones patrimoniales en conjunto.

Vender o conservar el inmueble, administrar sus gastos, asumir reparaciones o definir el destino de la propiedad exige niveles de acuerdo que muchas veces nunca fueron necesarios mientras el propietario estaba con vida.

El conflicto no suele originarse en diferencias jurídicas, sino en la ausencia de planificación. Con frecuencia, cada heredero llega al proceso sucesorio con expectativas distintas.

Algunos privilegian el valor económico del inmueble, otros buscan conservar la casa por su significado afectivo y, en ocasiones, alguno de ellos incluso la habita desde hace años. Todas esas posiciones son legítimas, pero cuando nunca fueron conversadas con anticipación, terminan enfrentándose precisamente en el momento de mayor vulnerabilidad para la familia.

La situación adquiere especial relevancia cuando la vivienda constituye la mayor parte del patrimonio familiar, una realidad común para muchas personas. En esos casos, la planificación sucesoria deja de ser una herramienta reservada para grandes patrimonios y pasa a convertirse en un mecanismo destinado a otorgar certeza respecto del principal activo construido durante toda una vida.

En regiones, donde el patrimonio inmobiliario suele mantener un fuerte componente familiar y muchas propiedades permanecen por generaciones dentro de una misma familia, esta realidad se vuelve aún más evidente. No es infrecuente que inmuebles permanezcan durante años sin regularizar o sujetos a decisiones que nunca logran adoptarse por falta de acuerdo entre los herederos.

La planificación patrimonial no elimina todas las diferencias familiares, pero sí permite anticipar escenarios, ordenar la voluntad de quien construyó ese patrimonio y reducir la incertidumbre que suele aparecer cuando las decisiones deben adoptarse en medio del duelo.

Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en transmitir una vivienda. Consiste en evitar que el principal patrimonio de una familia termine convirtiéndose en la causa de sus mayores diferencias.

Carla Huerta
Abogada tributaria

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