Con frecuencia escuchamos sobre la necesidad de encontrar nuevos tratamientos para enfermedades que afectan a millones de personas. Diabetes, depresión, epilepsia y muchas otras patologías continúan representando un enorme desafío para la medicina. A pesar de los avances alcanzados durante las últimas décadas, todavía existen numerosos casos en que las terapias disponibles no logran resolver completamente el problema.

Frente a esa realidad, es legítimo preguntarse por qué seguimos dedicando tiempo y recursos a estudiar procesos biológicos básicos utilizando células, tejidos o modelos animales. La respuesta es sencilla: porque para corregir un problema primero debemos entender con precisión qué lo está provocando.

La investigación básica busca justamente eso. Uno de sus objetivos es identificar los mecanismos biológicos que funcionan de manera anormal durante una enfermedad. Solo una vez que comprendemos esos mecanismos es posible diseñar estrategias racionales para revertirlos.

Muchas veces existe la expectativa de avanzar directamente hacia las aplicaciones. Sin embargo, intentar desarrollar tratamientos sin conocer exactamente qué proceso está alterado suele ser poco eficiente. Es equivalente a buscar una aguja en un pajar. En cambio, cuando conocemos el mecanismo responsable, las posibilidades de encontrar soluciones efectivas aumentan considerablemente.

La historia de la ciencia muestra que los avances más importantes en salud han seguido ese camino. Primero se genera conocimiento fundamental y luego ese conocimiento permite desarrollar nuevas terapias.

En el CINV hemos vivido ese proceso durante años. Algunas de nuestras investigaciones comenzaron hace cerca de 25 años y han sido desarrolladas principalmente en Chile por investigadores e investigadoras nacionales. Hoy observamos resultados muy promisorios y nos acercamos a etapas que podrían permitir evaluar esos avances en seres humanos. Sin embargo, nada de eso habría sido posible sin el trabajo previo destinado a comprender los mecanismos biológicos involucrados.

Otro aspecto importante es que la investigación científica no puede permanecer aislada de la sociedad. Quienes trabajamos en ciencia tenemos la responsabilidad de explicar qué hacemos, por qué lo hacemos y cuál es la relevancia de ese trabajo para las personas.

Cuando existe la oportunidad de dialogar con estudiantes, pacientes, emprendedores o ciudadanos interesados, se genera una interacción valiosa para todos. Los investigadores debemos ser capaces de explicar nuestros avances con claridad y sin tecnicismos innecesarios. Al mismo tiempo, las preguntas y observaciones que surgen desde la comunidad aportan perspectivas que muchas veces enriquecen nuestro propio trabajo.

La ciencia avanza gracias a ese intercambio permanente entre conocimiento, preguntas y nuevas respuestas. Y aunque los resultados no siempre son inmediatos, la experiencia demuestra que comprender los mecanismos fundamentales de la vida sigue siendo el camino más seguro para enfrentar los problemas de salud que aún no hemos logrado resolver.

Juan Carlos Sáez
Director del Instituto Milenio Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de Valparaíso (CINV-UV), centro de excelencia financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID).

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