Durante la última elección presidencial pareció que habíamos vuelto al consenso de que el crecimiento económico es imprescindible para alcanzar el desarrollo y mejorar la calidad de vida de todos, especialmente los más vulnerables. Desgraciadamente vemos como vuelven antiguas caricaturas utilizadas para desacreditarlo.

Hay una palabra que ciertos sectores del debate público chileno utilizan como si fuera un insulto: “chorreo”. La imagen que evoca es deliberadamente grotesca: los ricos rebosando de abundancia mientras algunas gotas caen, por accidente, sobre los pobres. Es una caricatura efectiva, pero profundamente errada.

La evidencia sobre cómo Chile redujo la pobreza de manera inédita en las últimas décadas no admite ambigüedad. En sus estudios de 1994 y 1999, Osvaldo Larrañaga descompuso los factores que explicaron esa caída. Su conclusión fue clara: aproximadamente el 80% de la caída en los índices de pobreza se explicó por el crecimiento económico, y solo el 20% restante por políticas redistributivas.

No es que la redistribución no importe. Importó. Pero el motor principal fue otro: una economía que crecía y generaba empleo, ingresos y oportunidades para quienes menos tenían.

Esto no es un argumento ideológico. Es un dato. Y un antecedente que debería estar en el centro de cualquier debate serio sobre cómo mejorar la vida de los más vulnerables.

Cuando se caricaturiza la importancia del crecimiento económico para generar bienestar, no se está siendo más sofisticado ni más sensible con los pobres. Se está, en los hechos, poniendo en duda el mecanismo que más eficazmente los ha sacado de la pobreza.

Durante la última elección presidencial pareció que habíamos vuelto al consenso de que el crecimiento económico es imprescindible para alcanzar el desarrollo y mejorar la calidad de vida de todos, especialmente los más vulnerables. Desgraciadamente vemos como vuelven antiguas caricaturas utilizadas para desacreditarlo.

Adicionalmente, el argumento del chorreo también contiene una confusión conceptual relevante. Supone que beneficiar la inversión y el crecimiento es equivalente a “privilegiar a los ricos” en desmedro del resto. Ignorando que el crecimiento no es un juego de suma cero. Cuando una economía crece, se expande el empleo formal, suben los salarios reales, mejora el acceso a bienes y servicios.

Los datos chilenos de las décadas de mayor crecimiento lo ilustran con precisión: fue en esos años cuando se produjo la mayor reducción histórica de la pobreza, no a pesar del crecimiento, sino gracias a él.

Esto no significa que el Estado deba achicarse a toda costa ni que la redistribución sea irrelevante. Un Estado eficaz, con instituciones sólidas, gasto social bien focalizado y servicios públicos de calidad, es parte esencial del desarrollo. El debate no es entre crecimiento y Estado: es sobre cómo tener ambos funcionando bien. Los países que han logrado mejores estándares de vida para su población combinan economías dinámicas con Estados capaces. No eligieron entre los dos.

El verdadero debate sobre política tributaria y económica merece más rigor del que permite la caricatura. En un país con el crecimiento estancado, es fundamental discutir qué incentivos favorecen la inversión, cómo alcanzar un sistema tributario que sea competitivo, justo, eficiente y progresivo, cómo se financia un gasto social sostenible. Pero ese debate se empobrece cuando, antes de comenzar, se descarta como ideología reaccionaria cualquier argumento que busque relevar el papel central del crecimiento.

Ciertos sectores del espectro político y del mundo intelectual aún no han incorporado, o se resisten a incorporar, lo que la evidencia empírica chilena muestra con bastante claridad: el crecimiento económico no es una concesión a los más acomodados. Es, históricamente, la palanca más potente que tenemos para mejorar la vida de los más pobres. Llamarle “chorreo” no refuta esa evidencia. Solo la esquiva.

Soledad Hormazábal
Directora de Evidencia de Pivotes

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