Resulta inevitable recordar a deportistas de distintas nacionalidades que, pese a competir en condiciones de profunda desigualdad de recursos, lograron trascender gracias a su talento, sacrificio, integridad y corazón. De ellos no permanece en la memoria la ropa que utilizaron, sino la grandeza de su dedicación y desempeño.

Chile enfrenta un escenario preocupante, marcado por la persistencia del sobrepeso y la malnutrición por exceso en la población infantil, juvenil y adulta. Este fenómeno se ve agravado por niveles generalizados de inactividad física y por condiciones territoriales que limitan el acceso cotidiano a prácticas saludables.

Dicha situación no puede comprenderse únicamente como una responsabilidad individual, ya que se relaciona estrechamente con la ausencia o insuficiencia de infraestructura deportiva, recreativa y cultural adecuada para las distintas etapas de la vida.

En la niñez, además, incide de manera decisiva el acompañamiento familiar en la experiencia de aproximarse al juego, la danza y el deporte. En contextos de mayor vulnerabilidad, las escuelas e instituciones locales, como las juntas de vecinos, así como parques y plazas, carecen de espacios y materiales apropiados para el juego, la actividad física y la práctica deportiva, mientras que los recintos existentes suelen presentar problemas de mantención, deterioro o baja disponibilidad.

Sin embargo, esta realidad contrasta con las recientes declaraciones de la ministra del Deporte, Natalia Duco, quien señaló que la prioridad de su gestión estaría centrada en “la ropa linda a los deportistas”, es decir, en la imagen de los atletas de alto rendimiento, tanto en la cotidianidad como en las competiciones, aspecto que, a su juicio, no habría sido suficientemente abordado en gestiones pasadas.

Si bien la dignificación simbólica y comunicacional de quienes representan al país puede ser relevante, resulta preocupante que dicha dimensión sea presentada ante la sociedad como una prioridad de la agenda de la autoridad ministerial, en un contexto en que la ciudadanía reconoce problemas estructurales mucho más urgentes.

En ese sentido, reducir la agenda pública del deporte a la proyección de imagen corre el riesgo de desplazar el foco desde el derecho social a la actividad física, el juego, la cultura y el bienestar, hacia una preocupación más superficial por la representación pública, dejando en segundo plano las condiciones concretas que permiten o impiden que niñas, niños, jóvenes, personas adultas y mayores puedan participar activamente en la vida deportiva y comunitaria.

Por último, resulta inevitable recordar a deportistas de distintas nacionalidades que, pese a competir en condiciones de profunda desigualdad de recursos, lograron trascender gracias a su talento, sacrificio, integridad y corazón. De ellos no permanece en la memoria la ropa que utilizaron, sino la grandeza de su dedicación y desempeño.

Por eso, cuando la agenda pública parece invitarnos a conversar sobre la indumentaria antes que sobre las desigualdades que restringen la participación, se instala una preocupante inversión de prioridades: como si el principal problema del deporte en Chile fuera, ante todo, no salir bien vestido en la foto.

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