El texto de Alejandro Navarro intenta sostener su narrativa con citas intelectuales, como la de Umberto Eco, para justificar la idea de que siempre se construye un enemigo externo. Pero aquí no se está analizando un fenómeno comunicacional: se está encubriendo una realidad.
Hay textos que no solo desinforman: hieren. Y este es uno de ellos. Un artículo que pretende hablar de soberanía, dignidad y geopolítica, pero que termina convirtiéndose en una pieza de propaganda que insulta la memoria, la inteligencia y el sufrimiento de millones de venezolanos.
La premisa inicial ya es engañosa: que Donald Trump “falla” al creer que Delcy Rodríguez o los líderes chavistas podrían entregar la soberanía, la dignidad y el petróleo.
¿A quién se le intenta convencer aquí? Porque la historia reciente demuestra lo contrario: ha sido el propio régimen chavista-madurista quien ha entregado los recursos estratégicos del país a potencias extranjeras como Rusia, China e Irán, hipotecando generaciones enteras a cambio de protección política.
La dignidad de Venezuela no se perdió por culpa de Estados Unidos; se perdió cuando millones de personas fueron empujadas al hambre, al exilio, a la represión y al silencio.
El texto de Alejandro Navarro intenta sostener su narrativa con citas intelectuales, como la de Umberto Eco, para justificar la idea de que siempre se construye un enemigo externo. Pero aquí no se está analizando un fenómeno comunicacional: se está encubriendo una realidad.
No se necesita crear un enemigo ficticio cuando hay hechos documentados por la ONU, la Corte Penal Internacional, Human Rights Watch y Amnistía Internacional: presos políticos, tortura, desapariciones forzadas, censura, elecciones sin garantías y una migración forzada de más de siete millones de personas.
Eso no es propaganda. Es tragedia.
Decir que la CIA está intentando presentar a Delcy Rodríguez como una “amiga” carece de pruebas, fuentes y coherencia con la realidad diplomática. Lo que sí se ha documentado es que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha hecho advertencias directas a Rodríguez tras la captura de Nicolás Maduro, sugiriendo que, si ella no coopera con las políticas e intereses estadounidenses, podría enfrentar consecuencias más duras que las que sufrió Maduro.
Aquí hay una inversión perversa de roles: se victimiza a quienes han tenido poder durante décadas y se invisibiliza a quienes han sufrido las consecuencias de ese poder.
El texto habla de campañas psicológicas, de laboratorios de manipulación de masas, de montajes comunicacionales cuando desde que Chávez ganó la Presidencia, él así lo hizo con ayuda de los agentes cubanos.
Y el verdadero aparato propagandístico es el del propio régimen: Medios cerrados, periodistas perseguidos, señales censuradas, líneas editoriales compradas, narrativas impuestas, redes sociales manipuladas. Esa es la maquinaria real que ha moldeado la percepción de millones de venezolanos dentro y fuera del país.
Cuando intentan humanizar a Jorge y Delcy Rodríguez a través del relato de la tortura y muerte de su padre, se omite deliberadamente una parte esencial del contexto histórico.
Jorge Antonio Rodríguez no fue un ciudadano neutral atrapado por error en una maquinaria represiva: fue un dirigente político venezolano vinculado a la izquierda radical de los años 1960–1970 y fundador de la Liga Socialista. En 1976 fue arrestado por su participación en el secuestro de William Frank Niehous, un empresario estadounidense y vicepresidente de Owens-Illinois en Venezuela, en uno de los secuestros políticos más prolongados del país.
Durante su detención, fue brutalmente torturado por agentes del Estado, lo que provocó su muerte a los 34 años. Ese contexto no justifica la tortura —porque la tortura nunca es justificable—, pero sí desmonta el intento de presentarlo como un símbolo neutro o pura víctima despolitizada. El dolor no convierte automáticamente a nadie en referente moral. Y mucho menos autoriza a sus descendientes a gobernar sin rendir cuentas.
Muchos venezolanos también han perdido a sus padres, hijos y hermanos bajo este régimen. Muchos han sido torturados, encarcelados o asesinados sin haber pertenecido a ninguna estructura armada, sin haber sido militantes, sin haber tenido jamás poder alguno. Ellos no tienen micrófonos, ni protección estatal, ni narrativas oficiales que los dignifiquen.
Nadie en su sano juicio desea que un país sea bombardeado, ni que una potencia extranjera intervenga militarmente en otra nación. Nadie. Lo que los venezolanos han pedido durante años no ha sido guerra, sino justicia; no ha sido destrucción, sino protección; no ha sido violencia, sino acciones reales frente a un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos. Pero lo que hemos recibido, en su mayoría, han sido comunicados, declaraciones diplomáticas, condenas simbólicas y silencios funcionales.
La historia demuestra que hay momentos en los que la pasividad internacional no es neutral: es cómplice. Si durante la Segunda Guerra Mundial el mundo se hubiese limitado a emitir comunicados de preocupación, Adolf Hitler habría permanecido en el poder por tiempo indefinido. No fue la retórica lo que detuvo el nazismo. Fue la acción. Y recordar eso no es hacer apología de la guerra, sino advertir sobre los peligros de la indiferencia.
Luego aparece la vieja estrategia: “mintieron en Irak, Afganistán, Siria…y ahora mienten en Venezuela”. Este recurso busca que cualquier denuncia contra el régimen sea automáticamente descartada como una conspiración. Pero el problema es que aquí no estamos hablando de discursos oficiales, sino de testimonios, informes independientes, datos verificables y cuerpos que han caído.
Cuando se afirma que Trump “entiende que no podrá dominar al chavismo” porque no es una estructura elitista, se omite una verdad esencial: el chavismo sí es una élite. Una élite militar, económica y política que vive desconectada de la realidad de su pueblo, mientras millones sobreviven con remesas y trabajos informales en el extranjero.
Finalmente, idealizar a Delcy Rodríguez como una figura histórica al nivel de héroes independentistas no resiste el más mínimo análisis serio. La historia no se escribe con discursos, sino con consecuencias.
Y las consecuencias de este régimen son visibles en cada venezolano que cruza una frontera con una mochila, en cada madre que no encuentra medicamentos, en cada niño que dejó la escuela para trabajar, en cada preso político que sigue esperando justicia.
No se puede hablar de soberanía cuando el pueblo está sometido. No se puede hablar de dignidad cuando se gobierna desde el miedo. No se puede hablar de patria cuando millones fueron expulsados de ella.
Este tipo de textos no buscan informar. Buscan anestesiar. No buscan verdad. Buscan obediencia. No buscan justicia. Buscan impunidad. Y frente a eso, el deber ético no es callar. Es decirlo. Escribirlo. Recordarlo.
Porque un país no se destruye solo con balas. También se destruye con mentiras.
Cristina Bastidas
Periodista
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