Históricamente la construcción de sociedad mundial y la presencia humana en todo el orbe se ha debido a la virtuosa costumbre de la migración. Nuestro país y, más aún, nuestra región de Tarapacá ha sido siempre una zona de relevancia para movimientos migratorios, ya sea de transito o destino. Sobre todo, la ciudad de Iquique ha sido centro y asentamiento de estos movimientos migratorios, tanto internacionales, subnacionales y subregionales. Chinchorros, changos, aymaras, quechuas y españoles, marcaron la primera etapa de ocupación y asentamiento. Luego del fin de la ocupación española el territorio se consolidó como parte de la República del Perú.

También por historia, es posible afirmar que las primeras olas migratorias en la etapa republicana fueron resultado de la guerra del pacifico, la ocupación militar de Tarapacá, la anexión de este territorio a la República de Chile y el posterior auge salitrero, permitieron la llegada de chilenos y chilenas del centro y centro sur del país. Lógicamente, durante la guerra los primeros migrantes fueron los soldados chilenos quienes, a punta de fusil y bayoneta, se asentaron en plazas y calles del puerto de Iquique. Durante la post guerra y el auge salitrero los principales migrantes fueron chilenos y chilenas venidos del centro y centro sur del país, luego le seguían bolivianos e incluso norteamericanos y europeos. Quienes conseguían empleo tuvieron cobijo en las oficinas salitreras de la pampa, aunque en condiciones de pobreza y explotación, y quienes no lo lograban deambulaban por la ciudad puerto configurando bolsones de marginalidad y pobreza. Importante mencionar que a principios del siglo XX se realizó el proceso de chilenización, que llevó a cabo la implantación forzosa de tradiciones chilenas en Tarapacá. Capitulo triste y vergonzoso de este proceso fueron las llamadas ligas patrióticas, que no fueron otra cosa que grupos de migrantes del centro de Chile cometiendo crímenes en contra de la población peruana y aymara: incendios, asesinatos, robos, violaciones, desplazamiento forzado de aymaras hacia Bolivia, entre otras tropelías.

Así, el fenómeno migratorio continuó durante todo el siglo XX incentivado por el crecimiento económico basado en la industria pesquera, la zona franca y las empresas extractivas mineras. En todo este periodo, la migración más significativa correspondió a personas y familias chilenas, quienes empujados por la migración campo-ciudad hacia la capital y al no obtener allí respuestas a sus necesidades y expectativas económicas continuaron su viaje más la norte hasta llegar a esta tierra de esperanza y de campeones. Por otra parte, durante el siglo XX la migración sudamericana se limitó a los países vecinos tales como Bolivia, Paraguay y Perú, aunque vale mencionar que parte de la población peruana y la mayoría de la población aymara son los verdaderos originarios de estas tierras, el resto todos migrantes.

Desde otras partes del orbe también llegaron migrantes, desde lugares tan lejanos como China, Irán, Palestina, España, Italia, Croacia, entre otros.

En resumen, Iquique es un territorio que se constituyó como producto de la migración, a veces explosivas, a veces más graduales. Por tanto, para nuestra ciudad el fenómeno de la migración no es un tema emergente, sino un tema constante, parte constitutiva de nuestros patrones de asentamientos y de nuestra cultura. En tal sentido, las políticas de emergencia no darán ninguna solución porque no responden al proceso histórico. Nuestra ciudad se encuentra en un corredor de ingreso al centro del país, es un destino atractivo para asentarse, y cada vez que hay un proceso de migración significativo tiene como efecto un crecimiento de la población.

Las respuestas del estado para frenar la migración es una asíntota, es decir, una respuesta que se puede acercar a la solución pero que nunca podrá encontrarla. Mirada desde el punto de vista del migrante, la actual migración es inelástica, ya que no importa cuánto aumente el costo a pagar por ingresar a Chile, siempre será una demanda constante. En consecuencia, las barreras pre-migratorias y migratorias no son una solución, menos las expulsiones arbitrarias. La coerción y coacción no tienen ningún efecto, por el contrario, solo incentivan la migración irregular, lo que impide un correcto control y distribución ordenada de la población migrante. Es decir, provocan todo lo contrario a una migración segura, ordenada y regulada.

Nuestro desafío es avocarnos a soluciones que den respuesta al crecimiento explosivo de nuestra población, no a enfrentar la migración, ésta es la normalidad en nuestra historia regional, es una realidad con la que debemos aprender a convivir, si lo hicimos a principios y durante todo el siglo XX, ¿por qué no podríamos hacerlo ahora? La respuesta del Estado y las autoridades debe apuntar a resolver cuestiones estructurales que son: regularizar mediante los instrumentos para ello (Visa de Responsabilidad Democrática, Visa de Reunificación Familiar y Visa de Refugio), insertar a la población migrante a la economía regional (capacitaciones, trabajo y emprendimientos), resolver nuestro déficit de infraestructura sanitaria y de viviendas. Asumir que la región crece, pero no así nuestro presupuesto, siendo que somos una región rica en minería, pero estas pagan impuestos en Santiago.

Debemos aceptar que la migración es parte de nuestra dinámica territorial y que varios de ellos llegaron para quedarse. Los y las integramos, incluimos y ciudadanizamos o los excluimos, marginamos y aumentamos los bolsones de delincuencia en la ciudad.

Nuestra propuesta es diseñar una estrategia humanitaria en el nivel supranacional, nacional y subnacional para generar medidas que robustezcan la seguridad fronteriza y la seguridad pública en armonía con el enfoque de derechos humanos, la seguridad humana, la inclusión, la no discriminación arbitraria y el debido proceso.

Para resolver esto no basta expulsarlos de una plaza para que vayan a un sitio eriazo a establecer una nueva toma en la ciudad. Ni tampoco pasa por una marcha xenófoba, que no reconoce el origen de la República de Chile en esta región ni asume su propia historia personal. Este problema se resuelve con recursos, pensamiento, capacidad de diseño, articulación y voluntad política de los actores sociales y agentes institucionales. Cualquier otra cosa es solo pirotecnia chauvinista, racista y carente de memoria.