Para escribir esta columna prendo la luz, enchufo la calefacción eléctrica y me preparo un rico té elaborado en Sri Lanka, calentando agua en un hervidor de 2400 Watt. Me digo: al menos he caminado 40 minutos al trabajo en vez de ocupar mi auto. Es una contribución a mi intento de vivir sustentable, aunque también me ayuda a mantenerme en una buena condición física (no hace falta revelar que esta última motivación es la que domina).

Soy bióloga y trabajo en temas de conservación, pero además soy de Alemania. ¿Seré una buena persona, porqué llegué aquí en un vuelo de 20 horas emitiendo al menos dos toneladas de CO2?, Es que en algún momento de mis felices veinte años vi una foto que retrataban los paisajes más increíbles que había visto. Se trataba del rincón más austral de Sudamérica (para ser exactos, fueron los veleros del Micalvi en Puerto Williams y de fondo los Dientes de Navarino) y me enamoré al instante en esta tierra salvaje. Traía la promesa de una naturaleza aún sana, silenciosa, sin contaminación humana. Tuve la suerte que esta foto justo saliera en la página web de un proyecto científico chileno-alemán del cual formé parte unos meses después.

Es así como llegué a Puerto Williams y desde entonces intento vivir de forma sustentable, para contribuir con un granito de arena para frenar el desastre del cambio climático, la extinción de especies, los pueblos y bosques en llamas, etc. Pero lamentablemente no me ha resultado tan fácil.

Empecemos con el buen mensaje: mi casa familiar es eco-amigable y se ha trasformado en mi gran orgullo. Está construida principalmente de madera dejando de lado el cemento, el cual es un material de construcción cuya fabricación a nivel global emite más CO2 que todo el tráfico aéreo en conjunto. Aislamos las paredes con envases de tetra pack, residuo de cajas de leche que acumulo por mi vicio de tomar café con leche a pesar de que las vacas emiten mucho metano.

Mi casa también tiene ventanas de termo panel, la estufa a leña tiene termocañón, el baño funciona con agua lluvia, el piso del living está hecho de machimbre reciclado y aprovechamos la luz solar al máximo durante los ocho meses del año, todo esto sumado a un generador a gas (y no a diésel cuyas emisiones son más altas) durante los meses de invierno. Además, tiene vista a árboles por todos lados, lo que calma el alma en estos tiempos complicados. No me puedo secar el pelo con mi secador de 2000 watt de mi vida pre-sustentable, pero me acostumbré usar un gorro después de la ducha.

El mal mensaje: En Puerto Williams hace mucho frío, con excepción de algunos días estilo cambio climático de 25°C en los últimos dos veranos, que lamentablemente hace que utilicemos la calefacción año redondo.

Cuando medí mi huella de carbono en el sitio calcula.mihuella.cl iba súper bien, hasta ingresar los doce meses de calefacción a leña y los viajes trimestrales en avión a Punta Arenas, mis viajes de visita familiar a Alemania cada dos años ni me atreví ingresar. Con esto, mis emisiones fueron mayores al promedio del ciudadano chileno que produce cinco toneladas CO2 al año, pero por suerte menor a las emisiones del ciudadano alemán, que es el doble.

Fue en este momento que me di cuenta de que no es posible vivir de forma sustentable sin dilema. ¿Tendré que reemplazar mi estufa a leña por una estufa a pellet para aumentar la eficiencia? ¿Pero entonces cómo ajusto mi sistema de luz solar a un aumento en electricidad para la ventilación del pellet? ¿Debería viajar a Punta Arenas durante 30 horas en ferry en vez de una hora en avión? ¿Pero cómo logro aguantar un día y una noche con mis hijos pequeños y energéticos en un salón de 40 pasajeros? He concluido que la vida sustentable es un trade-off. Es muy difícil vivir con cero emisiones aún, cada decisión trae una complicada y muchas veces inconsciente ponderación de valores.

Incluso mi hija de ocho años se da cuenta: No pudo creer que una bombilla de plástico se demora 200 años en descomponerse y causa 1000 muertes de especies marinas (p. 29 del libro de lenguaje del nivel tercero básico). ¡Observen el poder de la estadística! Pero poco después, para el Día del Alumno, recibe como regalo una bolsa de plástica con dulces, envueltos en más pequeñas bolsas de plástico y un jugo con bombilla de estos que al parecer son un componente fijo de la Colación Chilena. Realmente estuvo enojada con la profesora un par de días. ¿Qué le digo? Bueno, le dije que valía más la buena intención de la profesora de querer hacerla feliz con un regalo. Tiramos la bombilla en la basura como corresponde y compramos bombillas reutilizables para la casa.

Y para terminar con un hecho actual: Me ha costado moralmente, pero para protegerme del Coronavirus decidí usar máscaras desechables en vez de lavables de género porque estas tienden a resbalar y ni siquiera mi larga nariz las puede retener. Otro de estos trade-offs de la vida cotidiana. Para no perder la esperanza, me doy cuenta de que el vivir sustentable hay que enseñarlo como la dolce vita, lo que vale es la alegría por un pequeño logro.