Un realista es un optimista bien informado. Y la semana pasada justamente empezamos a informarnos de los programas de los candidatos presidenciales. No hay duda que tras el estallido social, lo central para el gobierno que venga estará puesto en un conjunto de legítimas demandas sociales que exigirán más gasto.

Pero poco o nada se ha visto en esta discusión sobre la condición necesaria para que eso ocurra: que es no perder el dinamismo de la economía, pues el dinero no cae del cielo. Y francamente no veo esa dosis de realismo tan necesario para no seguir con el ciclo de presidentes que no pueden cumplir lo que prometen en sus programas.

Es cierto que tenemos que redefinir qué entendemos por crecimiento, que ya no basta conseguir un buen guarismo a cualquier costo, sobre todo por los desafíos medioambientales que enfrentamos como humanidad.

Sin embargo el impulso para generar valor, para construir riqueza es esencial si queremos salir del hoyo en que nos dejó la pandemia y sobre todo atender al desafío de mayor inclusión y pisos básicos, con propuestas como la Renta Básica Universal en la que coinciden varios candidatos.

El modelo de los últimos 40 años tiene mala prensa por estos días pero sería torpe no concluir que fue exitoso en algunos aspectos no menores. Un grado importante de tecnificación en la toma de decisiones es uno de ellos. La integración decidida al mundo y el desacople de la batalla contra la inflación del ciclo político son otros.

La indiscutida reducción de la pobreza dura en este periodo, tiene que ver con eso. Familias que producto del boom de las importaciones que comenzó en los 70 tuvieron acceso a comprar una lavadora o un refrigerador. Hoy nos parece de lo más normal, pero no necesariamente es así. Miramos esos bienes a huevo, pero una lavadora permitió, por ejemplo, que muchas personas dejaran de refregar horas en una artesa. Y congelar los alimentos posibilitó un ahorro de tiempo y recursos para los más pobres. Ni hablar de quienes pasaron de casa con piso de tierra a cerámica, madera u alfombra. Yo al menos considero eso parte del progreso. Quienes eran niños o jóvenes entonces y hoy ya son bien adultos, me incluyo entre estos, lo valoramos.

La mayoría de los chilenos quiere menos abusos, no tener que hacer un bingo o una completada si alguien en la familia se enferma de algo grave, pero también quieren seguir mejorando en su calidad de vida, accediendo por ejemplo a más y mejor tecnología para conectarse, entre muchas otras cosas que son producto del dinamismo económico. Para eso es imprescindible crecer. Crecer para mantener lo bueno que hemos logrado. Crecer para repartir mejor. Caminar y mascar chicle. No es fácil. Tampoco imposible.