Yemen es una de las grandes crisis en las que Médicos Sin Fronteras (MSF) está presente de manera ininterrumpida desde 2007. Desde el comienzo del conflicto en el país, los equipos de MSF proporcionan asistencia humanitaria y atención médica a las personas que se encuentran en desesperada necesidad de ayuda.

La doctora italiana de MSF, Silvia Marchesi, trabajó durante cinco semanas en la unidad de cuidados intensivos del hospital de trauma de Adén, en el sur de Yemen, y en esta nota, ella cuenta su experiencia y refleja la dedicación de un equipo que lucha por salvar vidas en medio del conflicto.

“¿Esta es tu primera vez?”

Me preguntó un hombre que estaba sentado a mi lado en el avión y quien se sonrió al ver mi asentimiento. Yemen no era mi primera misión con MSF, pero era mi primera vez en Medio Oriente y no estaba segura de qué esperar.

Iba a trabajar en la unidad de cuidados intensivos del hospital de trauma de Adén, en el sur de Yemen. Este hospital, con sus ochenta camas -diez de las cuales están en la unidad de cuidados intensivos-, y tres quirófanos, ha estado atendiendo a pacientes durante diez años… e iba a ser mi hogar durante cinco semanas.

Más cerca del conflicto

La situación geopolítica de Yemen no es exactamente fácil de entender para alguien como yo, sin formación política o histórica. Cuando llegué en 2020 al país, era el quinto año de lo que en las noticias llaman una “guerra civil”, que se parece mucho a un conflicto internacional cuando se lo observa un poco más de cerca.

Adén quedó brutalmente atrapada durante el conflicto de 2015, como me explicaron mis colegas durante una cena improvisada en la sala de médicos.

Tendimos un mantel de plástico en el suelo y el Doctor Omar dispuso la comida como si estuviéramos en un restaurante de cuatro estrellas, mientras describía cómo había sido estar de servicio durante la Batalla de Adén.

“Recibimos doscientos pacientes en un día”, dijo. “Trabajé sin parar durante 48 horas. Me sentí muy cansado después”.

Mientras lo miraba durante el incómodo silencio que se generó tras su testimonio, me preguntaba cómo el equipo de aquí podía seguir siendo tan apasionado por su trabajo; esperaba poder hacer lo mismo, pero no estaba segura.

De lo que sí estaba segura es de la calidad de atención extraordinaria que hay en el hospital de Adén. La unidad de cuidados intensivos está tan bien atendida por el equipo yemení que una o dos veces me pregunté si mi trabajo, como miembro temporal del personal internacional, era necesario.

La granada

Después de la brutal batalla, Adén se salvaguardó en su mayor parte. Pero la creciente pobreza y el fácil acceso a las armas han convertido la violencia en una rutina diaria para los yemeníes del sur.

Una noche, una semana después de mi llegada al hospital, una llamada me despertó a las 3 de la mañana. Era el médico de urgencias pidiendo auxilio: habían llegado cuatro pacientes al mismo tiempo y por el mismo tiroteo.

El caso más urgente fue un chico de 20 años que presentaba una herida torácica -un disparo en el pecho- y no podía respirar.
Mientras lo intubaba, mis ojos se posaron en algo voluminoso e incómodo en el bolsillo de su pantalón. Tan pronto como terminó el procedimiento de intubación, extendí la mano para mover lo que llevaba en su ropa.

Me congelé: estaba sosteniendo una granada.

Un colega yemení me la quitó suavemente de la mano y fue a llevarla a donde pertenecen todas las armas: fuera de nuestro hospital.

Una bestia sutil

Pronto, me llamó la atención algo más. Algunos de los pacientes que estábamos recibiendo en el hospital estaban desnutridos, tanto niños como adultos jóvenes.

A veces se dice que Yemen está al borde de la hambruna. En Adén, los casos de desnutrición que vimos no estaban tan extendidos, pero mis colegas me dijeron que el sector de la población que cae en la pobreza crece constantemente.

La desnutrición es una bestia sutil que puede matarte tanto como una granada, sin hacer ruido.

En pacientes con lesiones traumáticas, la desnutrición hace las cosas más complicadas. Un cuerpo lesionado necesita más nutrientes que uno sano: los tejidos necesitan energía para sanar y reconstruir lo que fue destruido.

En promedio, una persona con una lesión traumática necesita un 30 por ciento más de calorías por día. Un cuerpo desnutrido tiene menos reserva para destinar a la reconstrucción, por lo que el proceso de curación puede demorar más o nunca suceder.

Con los niños, la situación es aún más complicada, ya que sus cuerpos necesitan sanar y crecer al mismo tiempo.

Fariha

Fariha, una sonriente niña de cinco años que fue ingresada en el hospital después de un accidente automovilístico, me tenía muy preocupada.

El accidente le había causado una lesión hepática masiva. Cuando fue admitida, pesaba 13 kilos, lo que ya era extremadamente bajo para su edad. Dos meses después, su peso había bajado a nueve kilos y parecía estar en caída libre. Se quedó la mayor parte del tiempo en la cama, luchando por encontrar la energía para comer.

Seguimos cuidadosamente el progreso de la niña, como se hace para cualquier otro paciente hospitalizado, pero ella estaba gravemente desnutrida desde el principio y los protocolos de tratamiento que funcionan perfectamente en pacientes con un buen estado físico no estaban funcionando en ella.

Toda ayuda posible

Al observar que su peso bajaba, llegué al borde del pánico y decidí buscar toda ayuda que resultara posible.

Alerté a todo el personal del hospital sobre el estado de la niña, hablé con el director del hospital y con nuestro psicólogo, y le escribí un correo electrónico a mi referente técnico (un especialista en medicina crítica) en la oficina de Paris de MSF para pedirle consejo.

Elaboré un plan nutricional para seguir de cerca, el cual cambió muchas veces mientras trabajábamos para adaptarlo a las condiciones de Fariha. Mientras tanto, todo el equipo participó para alimentar a Fariha y jugar con ella; muchos incluso se quedaron después de haber terminado sus turnos. Las enfermeras prepararon algunas veces su comida favorita en la cocina del hospital y todos ayudaron para contener y sostener a su madre.

Un milagro y una ronda de aplausos

Después de tres semanas de intentos, fracasos y reajustes, el peso de Fariha comenzó a aumentar. Fue como presenciar un milagro: su cuerpo respondía.

Fue la primera vez que participé en el tratamiento de una niña desnutrida, algo raro para un anestesiólogo. Me hizo sentir un asombro que no había experimentado desde la escuela de medicina.

Pero no fue mi logro personal: todo el equipo se demostró a sí mismo que con mucho esfuerzo, un enfoque multidisciplinario y algunos nuevos protocolos, estaban listos para tratar la desnutrición en pacientes con lesiones traumáticas.

Fariha fue dada de alta solo unos días antes de mi partida de Yemen, con una ronda de aplausos de todo el personal.