Chile, aunque no lo reconozca, es un Estado plurinacional, ya que una diversidad de nacionalidades indígenas antecedieron a su conformación.

Estas naciones eran poseedoras de una soberanía originaria de la que fueron despojadas, ya sea por la fuerza o de manera semi-voluntaria. Sobre la base de la cesión de su soberanía primordial se definió la soberanía posterior del Estado de Chile.

La filosofía política subordinó las realidades nacionales subalternas a una única nación de referencia. Ser Chileno se hizo deliberadamente incompatible con ser Mapuche, Aymara, Rapa Nui u otra identidad nacional anterior. Esta tensión es resultado de varias y sucesivas fases de centralización y recentralización. Y en la última etapa centralizadora se ha optado por sublimar el dilema, que lejos de ser superado, se muestra candente e irresoluble en los términos en que está planteado. Así este conflicto ha devenido central en la crisis democrática y de soberanías que venimos viviendo desde 1990 hasta ahora.

Reconocer la realidad plurinacional de Chile exige superar las pulsiones centralistas para empezar el debate desde las periferias hacia el centro. Lejos de ser un asunto de seguridad, de pobreza o de tierras es un problema de democracia. Y bajo este enfoque se comprende que las soberanías no se fragmenten ni se destruyan, sino que sólo se re-expresen sobre nuevos principios. Ser nación no es nada más que la voluntad de “vivir juntos”. Esa voluntad no es posible de negar, anular ni terminar por decreto porque reside en las personas mismas. Ser nación viene a ser, en palabras de Ernest Renan, un “plebiscito diario”.

Esta voluntad inagotable de vivir es la que explica la persistencia de las naciones subalternas, y el motivo por lo que su reclamo emerge con tanta fuerza. El centralismo chileno no comprendió esta realidad y obligó a que este plebiscito cotidiano se convirtiera en excluyente y unívoco, sin entender que las personas pudieran compatibilizar su plena identidad en las naciones originales y su pertenencia a la chilenidad. La tensión dicotómica, que opone ambas identidades nacionales, es resultado de la miopía histórica del nacionalismo y centralismo chileno, que crea las condiciones para que la voluntad de vivir juntos se convierta en una gran insolidaridad.

Pensar un Estado plurinacional exige pensar previamente el problema de la soberanía en un tiempo en que  el viejo Estado nación restringe las soberanías locales de los territorios y vende cada vez más sus competencias hacia arriba, en órganos supranacionales y poderes fácticos transnacionales que estrangulan su capacidad de autodeterminación.

Recordemos que la identidad nacional chilena demoró en consolidarse. Y de la misma forma, la identidad nacional de los pueblos indígenas no se ha diluido por generación espontánea. Especialmente si recordamos que la última campaña miliar de asimilación forzada, la Ocupación de la Araucanía, concluyó en 1883 y el ciclo colonizador recién se consolidó con la legislación específica referida a las “reducciones” durante las primeras décadas del siglo XX. Y en el caso de Rapa Nui, los isleños no tuvieron derecho a la ciudadanía chilena hasta 1966.

Distintos estudios muestran que las conciencias nacionales se consolidan cuando un colectivo humano pasa de “estar” en un territorio para considerarse “parte” del territorio y las conciencias identitarias anteriores dejan paso a una conciencia diferente. Este es un tránsito lento. Por ejemplo, se ha estudiado este proceso en el caso de la identidad nacional valenciana, en tanto identidad anterior a la identidad española. Como en el caso chileno, el Reino de Valencia fue el resultado de una colonización de un territorio. Aragoneses y Catalanes ocuparon un espacio islamizado en 1238. Y esta población no dejó de considerarse a sí misma como aragonesa y catalana por largo tiempo. El uso del gentilicio “valenciano” no se consolidó hasta fines el siglo XIV, más de un siglo y medio después.
En nuestro caso la expresión Chile, como toponímico para denominar al territorio, es muy anterior al uso del gentilicio por los colonizadores. En los primeros cronistas, como Jerónimo de Vivar, el gentilicio “chileno” se reservó exclusivamente para los indígenas, llamados “los naturales de la tierra de Chile.”, distinguiéndose los conquistadores claramente de esa población original. El cambio es lento hasta que los indígenas dejan de ser llamados “chilenos” y surge el nuevo uso actual, que involucra exclusivamente a la población criolla y mestiza. Eso recién se aprecia claramente a mediados del siglo XVIII.  Por ejemplo en el lema de la Universidad de San Felipe, de 1738 que ya usa el gentilicio: “Nox fugit historiæ lumen dum fulget chilensibus”, (La noche huye, mientras brilla para los chilenos la luz de la historia).

La nación chilena, como mostró Jorge Larraín: “es algo que está en permanente construcción y reconstrucción dentro de nuevos contextos y situaciones históricas cómo algo de lo cual nunca puede afirmarse que está resuelto o constituido definitivamente, como un conjunto fijo de cualidades, valores y experiencias comunes”.  Eso es posible porque el reconocimiento de la plurinacionalidad conlleva la noción de autogobierno y autodeterminación, pero no la idea de independencia. Un Estado Plurinacional es el proyecto de un nuevo tipo de institucionalidad estatal, una nueva organización territorial, la democracia intercultural, el pluralismo jurídico, la interculturalidad, políticas públicas de nuevo tipo (salud, educación, seguridad social), nuevos criterios de gestión pública, de participación ciudadana, de servicio y de servidores públicos. Cada una de ellas constituye un desafío a las premisas en que se asienta el Estado moderno.

El proceso constituyente debería ser un momento clave en este debate. Girar desde un Estado centralista y decimonónico a un Estado Plurinacional, moderno e inclusivo no sólo interesa a los pueblos indígenas. Puede ser la puerta de entrada en la consolidación de un Estado descentralizado y democrático, que se reinvente desde sus bases.

Por Álvaro Ramis
Rector Universidad Academia de Humanismo Cristiano