La pandemia del Coronavirus nos ha obligado a someter todas nuestras actividades a una cuestión básica: la defensa de la vida.

Hoy nos preguntamos cómo compatibilizar la necesaria tarea educativa con la cuarentena. Las autoridades, en un intento de no abandonar los calendarios establecidos, han puesto énfasis en los medios digitales y en el retorno pronto a clases.

Debiésemos recordar que la educación no tiene por fin único la formación académica. Los países educan para construirse a sí mismos en un sentido cultural y social, para dar a sus individuos espacios seguros en que desarrollen sus capacidades y cultiven el vínculo común. En suma, la educación provee a las sociedades modernas de sus soportes socio-culturales, construyendo certeza en lugar de incertidumbre.

Si la educación es solo Simce, evaluaciones y el calendario regular de notas y contenidos, los esfuerzos por sostenerla en medio de la crisis actual serán fútiles. El debate entre perder el año y salvarlo es, entonces, inconducente. De mantener las actividades, se cargará de agobio a hogares que no tienen igualitaria ni universalmente distribuidas las condiciones adecuadas para el teletrabajo. Por otro lado, su suspensión sólo mengua sus exigencias, pero no provee en sí nuevas certezas ni apoya a las personas en este difícil momento.

En cambio, si consideramos que la educación ha de ser parte de la respuesta colectiva e institucional a la crisis, su redireccionamiento hacia el cuidado de la vida puede ser clave. Apoyar a los hogares, vincularse estrechamente con la red de salud, y poner a sus profesionales al servicio de las necesidades inmediatas, son solo algunas cuestiones que la educación puede aportar en este momento, asociando a ellas consideraciones pedagógicas y académicas.

La meta hoy es la vida. Dirigir allá la labor educativa no es perder el año. Es ganarlo.

Víctor Orellana
Fundación Nodo XXI