El domingo, Lula da Silva obtuvo casi el 52% de los votos y un nuevo periodo en el Palacio de Planalto, elección que en Chile se leyó en clave de izquierda contra derecha. Sin embargo, en la papeleta brasileña también se decidía quién pondría las reglas sobre las tierras raras de Sudamérica, un insumo clave en la disputa por la hegemonía mundial que hoy enfrenta a Estados Unidos con China.
Las consecuencias políticas del triunfo de Lula se pueden evaluar según el color de ojos de cada observador. Pero en materia de tierras raras, el resultado tiene una lectura bastante más concreta para nosotros; la victoria de Lula sube el precio de las tierras raras chilenas. Ahora, la pregunta es si vamos a cobrarlo.
Lo escaso no es lo raro
Para entender por qué, hay que partir por lo básico. Hay tierras raras en muchas partes del mundo. Lo verdaderamente escaso son las pesadas, como el disprosio y el terbio. Se agregan en pequeñas cantidades a los imanes permanentes para que no pierdan su fuerza a altas temperaturas, que es justo lo que necesitan los motores de autos eléctricos, los aerogeneradores y buena parte de la industria de defensa, incluidos los más modernos aviones de combate.
Salen sobre todo de un tipo de depósito poco común, las arcillas iónicas, concentradas en el sur de China y el sudeste asiático. China produce cerca del 98% del disprosio del mundo y ya demostró que sabe usar esa ventaja como herramienta de poder. Cuando en abril de 2025 restringió su exportación, varios fabricantes de autos en Estados Unidos y Europa tuvieron que reducir o detener su producción, y los precios en Europa llegaron a ser hasta seis veces los de China, según la Agencia Internacional de Energía.
El 10 de noviembre, en dos semanas, vence la pausa de los controles chinos más duros sin que Beijing haya publicado una renovación. Washington necesita proveedores fuera de China y los está buscando en nuestra región.
El primer candidato era obvio. El país de Neymar, Ronaldinho, Ronaldo y cuantos otros tiene cerca del 23% de las reservas mundiales de tierras raras, el segundo lugar después de China. Y en la elección presidencial competían dos maneras de administrar esa riqueza.
En marzo, en la conferencia conservadora CPAC en Estados Unidos, Flávio Bolsonaro ofreció a Brasil como la solución para que Washington rompiera su dependencia de China. Lula, en cambio, hizo de la soberanía sobre estos minerales un eje de campaña y planteó que no aceptaría un modelo que redujera a Brasil a exportar solamente materia prima.
Ganó la continuidad de Lula y con esto se espera que Brasil no se cierre a la inversión, pero que sí le ponga precio. Desde el 16 de septiembre rige la Ley 15.506, que crea un consejo vinculado a la Presidencia con poder para aprobar la entrada relevante de capital extranjero, los cambios de control de las empresas y los contratos internacionales de suministro. Además, permite otorgar créditos tributarios a quien procese en territorio brasileño.
La única mina en operación de Brasil es Serra Verde, en Goiás, con contratos de venta a compradores chinos. Este año la adquirió la estadounidense USA Rare Earth en unos US$2.800 millones y, según reportes, el acuerdo compromete toda su producción a Estados Unidos por 15 años, negocio que Lula calificó como una “vergüenza”. Pero pese a la envergadura de esa mina, su producción sigue siendo insuficiente para que Estados Unidos mueva la aguja. El poder real está aún bajo tierra, en las tierras raras que aún no son explotadas.
Lula no puede deshacer lo de Serra Verde, pero cada nuevo proyecto, incluidos sus contratos de venta al exterior, tendrán que pasar por el nuevo consejo. Para Washington, la próxima mina en Brasil seguramente será más lenta, más cara y con condiciones. Y si el proveedor grande decide negociar, un mercado emergente se vuelve más atractivo. Ese proveedor, puede ser Chile.
Hoy no producimos un solo gramo de tierras raras, pero eso está por cambiar. Penco y la costa de Ñuble tienen precisamente arcillas iónicas, el mismo tipo de depósito que el sur de China. El proyecto de Aclara y CAP en Penco tiene aprobación ambiental desde junio y, hace una semana, la empresa actualizó sus números. La inversión sube a US$243,5 millones, casi el doble de lo que se manejaba, y la vida útil se extiende a 17 años. Con esto, se estima una producción anual cercana a las 44 toneladas de disprosio y 6 de terbio.
Y Penco es solo el comienzo. No existe un conteo oficial de proyectos de tierras raras, pero las señales sobran. Chilean Cobalt, la empresa estadounidense que negocia la compra de NeoRe, informa que ese proyecto ya suma 67.400 hectáreas de exploración y apunta a producir a comienzos de 2027. Entre julio y septiembre se ingresaron otras 210 solicitudes por 59.300 hectáreas en comunas de la Cordillera de la Costa de Maule, Ñuble y Biobío, la misma franja de arcillas que buscan las empresas del rubro. Y el 19 de octubre, NeoRe ingresó solicitudes en Loncoche, ya en La Araucanía. Lo que en 2016 partió como un solo proyecto en los cerros de Penco hoy es una franja que va del Maule a La Araucanía y Washington lo sabe. En enero, su embajador ya se había reunido con los ejecutivos de Chilean Cobalt.
No competimos con Brasil en volumen. Serra Verde apunta a 6.400 toneladas anuales de óxidos y Penco a 732, y tampoco tenemos la exclusividad de las pesadas. Pero en un mercado donde China produce casi todo el disprosio del mundo, cada fuente adicional fuera de su alcance vale.
Cobrar o regalar
En septiembre, el Ministerio de Minería expuso ante la Cámara una estrategia para un polo de tierras raras en Biobío, Ñuble y Maule, que incluso proyecta una planta de separación en la región. Bien. Pero aún no hay norma ni calendario. El litio está reservado al Estado desde 1979 y eso permitió negociar mayoría estatal en el Salar de Atacama. Las tierras raras, en cambio, son concesibles como el cobre; quien llega primero pide y las concesiones se están repartiendo hoy. La única participación directa del Estado es la de ENAMI, con US$4 millones en un piloto para recuperar tierras raras de relaves.
Lo que sí hay que considerar que es que alinearse con Estados Unidos en esta materia puede tener un costo. China compra más del 40% de nuestro cobre. Una tonelada de disprosio chileno fuera de su cadena es algo que Washington valora y que Beijing va a notar. Si vamos a asumir ese riesgo, lo mínimo es cobrar por él.
Nadie está pidiendo cerrarle la puerta a Estados Unidos, ni nacionalizar, ni espantar la inversión. Brasil no lo hizo. Lo que hizo fue establecer normas para poder decidir qué quiere a cambio. Chile puede hacer lo mismo y convertir la estrategia del ministerio en una política con dientes, darle un rol a ENAMI, exigir alguna etapa de procesamiento en el país o negociar contratos de largo plazo con precio piso.
Con la elección del domingo, nuestras tierras raras valen más para Washington que hace una semana, pero la pregunta es si sabremos aprovechar el momento. En los tiempos actuales, el que tiene el recurso puede poner las condiciones, especialmente si se trata de aquellos que pueden mover la balanza del poder global. Para eso se requiere proactividad, planificación y coraje político. Veremos qué pasa.
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