¿Hasta dónde una autoridad que deja un cargo puede, semanas después, regresar al Gobierno? La respuesta no es retórica: tiene nombre, apellido y una dirección exacta. Natalia Duco vuelve a La Moneda.

En La Moneda, salir por la puerta ancha de un escándalo no significa salir del Gobierno. Significa, como mucho, cambiar de piso y Natalia Duco es la prueba más reciente.

A solo 24 días de haber renunciado a su cargo como ministra —por uso de vehículo fiscal para una actividad privada con alcohol, karaoke y asado incluido, y haber mentido en la respuesta a la Contraloría— Duco está de vuelta en La Moneda, pero esta vez como asesora del Segundo Piso, encargada de materias deportivas y sectoriales.

Su sucesor en la cartera, Francisco Riveros, la despidió con elogios: “es alguien que ha hecho un gran aporte nacional”, dijo entonces. Y ahora, su incorporación al Segundo Piso la tildó de “valiosa”. El mensaje, aunque bien intencionado, deja ver el problema de fondo y la contradicción no es menor si se recuerda que fue el candidato Kast el que prometió terminar con los favores políticos en su administración.

Lo de Duco no es una anomalía. Es la repetición de un guión ya conocido. Andrés Jouannet dejó la Subsecretaría de Seguridad tras los ajustes que trajeron la salida de Trinidad Steinert y la llegada de Martín Arrau, y terminó integrado, también, al grupo de asesores del Segundo Piso. Y Steinert, por su parte, a la espera de una agregaduría en el extranjero pese al reproche de la Contraloría por exceder sus facultades como ministra.

Ese patrón es la verdadera noticia. Cuando una salida cuestionada se resuelve con una reubicación discreta en el círculo de máxima confianza presidencial, el costo político de la controversia original se diluye artificialmente. No hay sanción, no hay distancia, no hay consecuencia visible: solo un cambio de letrero en la puerta de la oficina.

Y es que el Segundo Piso no es un rincón cualquiera. Es el núcleo de asesores estratégicos y de máxima confianza del Presidente, el espacio donde se coordina la política, la comunicación y el diseño de las políticas públicas del Gobierno. Se centraliza la toma de decisiones, se alinea a los ministerios con el programa presidencial y, sobre todo, se gestionan las crisis con el bajo perfil que permite absorber tensiones sin exponer al mandatario.

Precisamente por eso importa tanto quién entra a ese círculo y en qué condiciones. Un espacio pensado para proteger al Presidente de los costos políticos no puede, al mismo tiempo, convertirse en el lugar donde se protege a quienes generaron esos costos. Usar el Segundo Piso como amortiguador para figuras cuestionadas invierte su función: en lugar de blindar al Gobierno frente a la opinión pública, termina blindando a la autoridad cuestionada frente a las consecuencias de su propia gestión.

Lo preocupante es la señal que esto envía hacia el resto del gabinete y la administración pública: las salidas por controversias no cierran carreras dentro del Gobierno, solo las pausan.

No estamos hablando de una exclusión permanente para quien comete un error, todos nos podemos equivocar. Pero al menos que exista espacio de reflexión para quien se equivoca, y que no se produzca en el espacio de mayor confianza del Ejecutivo. La rapidez y la opacidad con que se resolvió el caso de Duco —24 días, sin explicaciones sustantivas más allá del elogio de rigor— sugieren que en La Moneda se prioriza la lealtad por sobre la buena o mala gestión.

El Segundo Piso debería ser el lugar donde se piensa el Gobierno, no donde se esconden sus problemas. Mientras siga funcionando como premio de consuelo, seguirá perdiendo aquello que lo hace valioso: la distancia política necesaria para proteger, de verdad, al Presidente.