Las recientes declaraciones del general de aviación argentino vuelven a poner el foco sobre el Estrecho de Magallanes. Chile no debe sobrerreaccionar, pero tampoco puede mirar hacia el lado.

La frontera austral está delimitada por tratados vigentes. El Tratado de 1881 y el de Paz y Amistad de 1984 fijaron con precisión la soberanía de ambos países en el extremo oriental del Estrecho. No hay aquí espacio para interpretaciones unilaterales.

Pero Magallanes no es solo una frontera: es un espacio estratégico. Y lo que ocurre en el estrecho de Ormuz debiera ser una advertencia para Chile.

Ormuz es un verdadero laboratorio de los límites del orden basado en reglas: el derecho internacional garantiza la navegación, pero el derecho, por sí solo, no garantiza que pueda ejercerse. Un Estado puede no tener derecho a cerrar un estrecho internacional y, sin embargo, disponer de la capacidad material para amenazar, hostigar o impedir su navegación. Las reglas siguen escritas; lo que desaparece es su eficacia.

Esa es la lección que Chile debe extraer: el derecho internacional importa, pero la soberanía se sostiene también con presencia, control y capacidad de hacer valer los derechos propios.

Por eso necesitamos más Chile en Tierra del Fuego, más Chile en la Antártica y mayor control sobre nuestros espacios marítimos: frente a la pesca ilegal, el turismo irregular de Cruceros Extranjeros, no controlado por nuestras instituciones, y cualquier forma de presión sobre nuestro territorio.

Aquí aparece una deuda particularmente grave: la plataforma continental magallánica.

El gobierno de Boric tuvo cuatro años para fortalecer y avanzar en la posición chilena en el extremo austral. No lo hizo. Y la inercia, en materias de soberanía, nunca es inocua: es corrosiva. Mientras Chile postergaba, Argentina ocupaba, desarrollaba y proyectaba activamente su extremo austral. Esa diferencia no es anecdótica. Revela una asimetría de presencia, de visión estratégica y, finalmente, de voluntad política. Lo que Bachelet, Piñera y Boric demoraron, Cristina Fernández y Macri apuraron. Ahí está la diferencia.

La plataforma continental inconclusa es, por eso, mucho más que un expediente pendiente. Es el retrato de sucesivos gobiernos en Chile que perdieron de vista el extremo austral justamente cuando Argentina avanzaba sobre el suyo. ¿Qué explica que Chile avance a dos velocidades en la plataforma continental: rápido en Isla de Pascua y Juan Fernández, lento en Magallanes?

Y una última cosa. Es fácil descubrir Magallanes cuando aparece una declaración argentina. Llegan entonces las columnas, los expertos y opinólogos de ocasión. Hoy están aquí; mañana estarán hablando de otra cosa. No les interesa tanto Magallanes como tener algo para criticar al gobierno.

Pero la soberanía no se ejerce por temporadas ni se defiende con columnas. Se ejerce todos los días: habitando, invirtiendo, vigilando, investigando y proyectando poder nacional.

La sobrerreacción ante Argentina no sirve, lo que necesitamos es recuperar el control político del extremo sur, una dimensión de nuestra soberanía que hemos abandonado demasiado tiempo.

Porque el problema no empezó cuando Argentina habló, sino cuando Chile dejó espacios vacíos.