Hace un año, cuando el expresidente Boric proclamó intempestivamente a Michelle Bachelet como candidata a la secretaría general de la ONU, escribimos una columna en la que criticamos esa decisión inconsulta. La precipitación siempre será una mala compañera e ignorar las señales que anunciaban el fracaso es una falta grave.
No somos videntes ni buscábamos ser agoreros. Bastaba con un análisis somero de la situación internacional y del perfil de la candidata para concluir que la batalla estaba perdida de antemano.
Persistentes, escribimos una segunda columna en marzo. Decíamos que, dadas sus escasísimas posibilidades de éxito, era preferible que el nuevo gobierno le retirara el apoyo y que, ante el adverso escenario internacional, el honor y la nobleza aconsejaban no persistir. Porque pese a que su trayectoria le confería legitimidad, sus marcadas opciones ideológicas, tanto durante su mandato presidencial como en sus cargos en la ONU, la conducirían a un fiasco, tanto para ella como para quienes la apoyaban.
Y así debe haberlo entendido el actual gobierno, que, a semanas de haber asumido, le retiró el apoyo.
La falta de solidez de la candidatura
Hay ocasiones en las que resulta difícil comprender el engolosinamiento de ciertas figuras políticas. Es un afán desmedido por alcanzar lo inalcanzable, por defender lo indefendible; un empecinamiento extraño que les hace perder capacidad y compostura.
Quienes impulsaron a Bachelet —desde el exmandatario hasta los partidos de su coalición y la DC— argumentaron majaderamente que se trataba de una candidatura de Estado, la de Chile. Como si la función de secretario general hubiera sido de representación nacional, y la elección una suerte de partido de fútbol en el que todos debían alentar a “La Roja”. Solo faltó que afirmaran que la candidata encarnaba a la nación, que la postulación era consensuada, que emanaba de una propuesta popular plebiscitada.
Posteriormente, el gobierno obtuvo el apoyo de México y Brasil. Se formaba una alianza ad hoc entre los tres mandatarios de izquierda. Varios excancilleres tomaron la batuta. Tres eran entonces los argumentos principales: que se trataba de una mujer, la primera para este cargo; que disponía de sobradas credenciales; y que existiría una suerte de acuerdo tácito “onusiano” para que, esta vez, fuese un representante de América Latina quien asumiera la función. Omitían, sin embargo, que había otras mujeres compitiendo, sudamericanas como ella, y con trayectorias comparables.
Pues bien, esos argumentos no resultaron convincentes. Bachelet no solo no consiguió los “alientos” en el Consejo de Seguridad, sino que obtuvo muchos “desalientos” en los dos primeros “tests” de votación informal.
Para los observadores avisados, quienes nunca consideraron factible la candidatura de Bachelet, solo la magnitud del revés ha resultado ser una sorpresa. Agregan que sería iluso continuar en la carrera.
Sus partidarios —comenzando por el expresidente— deberán analizar las causas del fracaso que también es propio. Y, sobre todo, que cuestionen las razones ocultas detrás de una candidatura que los lleva al papelón.
¿Ambición excesiva u obsesiva de la candidata? ¿Voluntad de facilitar a la exmandataria un fin de carrera? ¿Maniobra para sacarla honorablemente del escenario político en el que su presencia podría incomodar?
Algunas causas del fracaso
Como es evidente, el argumento de género no podía convertir en viable una candidatura débil. En realidad, la postulante disponía de escasos argumentos para asumir la función, más aún en época de crisis, cuando la legitimidad y la naturaleza de la ONU tambalean y su funcionamiento se muestra inoperante. El hecho de que una mujer ocupe la secretaría general podría ser relevante simbólicamente, pero la institución no elige a su máximo representante mediante cuotas de género o, con “perspectiva de género”. La decisión depende de los equilibrios entre las principales potencias, especialmente de la voluntad de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Pretender que el solo hecho de ser mujer otorgaba una ventaja era confundir una aspiración con la realidad del poder mundial.
Sobre su trayectoria, podríamos decir que haber sido presidenta, haber dirigido la ONU Mujeres y Alta Comisionada son antecedentes importantes, pero no son un certificado de idoneidad para encabezar una organización cuya vigencia y funcionamiento son hoy contestados. El secretario general debe ser capaz no solo de representar valores, sino también de negociar con gobiernos muy diversos, incluidos aquellos que no acatan la normativa internacional. Se le pide encabezar la inminente reforma de una institución cuya subsistencia está en juego. Y sobre estos temas, contrariamente a otros postulantes, solo le hemos escuchado expresar buenas intenciones.
Bachelet se presentó con un historial conocido y una visión que, legítima en el ámbito nacional, podía convertirse en un obstáculo al tratar con potencias que no comparten su visión del mundo. En la diplomacia, y mucho más en una función de esta naturaleza, la independencia, el equilibrio y la capacidad de interlocución son más importantes que la trayectoria personal que, en su caso, llevaba matices de sombra, tal como lo percibieron los Estados miembros del Consejo de Seguridad.
Finalmente, ese supuesto “derecho geográfico” de América Latina para aspirar, esta vez, a la Secretaría General, es inexistente. En el sistema de las Naciones Unidas no existe una regla al respecto, y pese a que históricamente se han considerado equilibrios geográficos, se trata de una tradición que no constituye costumbre ni acuerdos formales. Presentar ese anhelo como si fuese un derecho adquirido era una exageración poco convincente, solo para uso doméstico; sorprendente en el caso de excancilleres.
Idoneidad cuestionable, ambición indesmentible
Cuando una candidata suscita un rechazo de tal magnitud; cuando sus promotores sobreestiman sus posibilidades y confunden sus deseos y proyectos políticos y personales con la realidad, la derrota no es una sorpresa, sino el resultado de un empecinamiento. Hubo entusiasmo pasional, espontaneidad de principiante y un extraño oportunismo. Escaseó la sensatez, la fineza de un análisis de fondo, un mínimo de “realpolitik”.
El problema no es que Bachelet carezca de méritos, sino creer que estos son suficientes; sin considerar que su pasado ideologizado no era un obstáculo mayor para unir a sensibilidades diversas. Sus capacidades no logran ocultar sus decisiones anteriores ni sus alianzas y silencios complacientes.
Su ambición no le confiere ventajas, sino inconvenientes. El realismo y la humildad aconsejaban no perseverar en su propósito, pero estas no parecen ser virtudes de los políticos y la exmandataria no es la excepción.
El tema que quedará para el debate local es otro, y es más pequeño. Lo hemos comenzado a observar en quienes culpan al gobierno actual de este fracaso. Los mismos que presentaron la candidatura de un gobierno saliente como opción nacional. Habrá que recordarles que desde que Gabriel Boric anunció su decisión de postular a Bachelet, esta nunca suscitó la adhesión de todos los chilenos.
Un mínimo de sapiencia hubiese evitado esta apuesta de alto riesgo. Bachelet, por su parte, habría concluido exitosamente su carrera política al haber comprendido que no todas las batallas son convenientes de librar. Porque, no solo ha fracasado como candidata a la ONU, sino también como política. Incurrió en un extravío por obstinación, en la torpeza por sus ansias de vigencia.
Esta anunciada derrota le quita los pergaminos de referente político y de aglutinadora de los sectores de izquierda, marginándola —probablemente para siempre— del acontecer político chileno.
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