Debemos reconocer, además, que la misma postulante ha hecho poco por legitimar técnicamente su propia candidatura y presentarla como una alternativa de unión.

A pocos meses del intempestivo anuncio del expresidente de la República ante la Asamblea General de la ONU, en el que, a nombre de Chile, designó a Michelle Bachelet como candidata a la Secretaría General de esa organización, y a solo semanas de su registro oficial, la candidatura se ha transformado en una suerte de piedra en el zapato para la actual administración y, en consecuencia, para nuestro país.

¿Podrá Kast evitar que este engorroso escollo haga cojear a su gobierno, durante sus primeros pasos?

Es la pregunta que dentro de su entorno muchos se hacen, y respecto de la que varios dirigentes oficialistas ya han manifestado su posición y sus reparos. Seguir o no seguir participando en una carrera percibida como ajena, pareciera ser el dilema, y el copatrocinio de México y Brasil, ha venido a complicar la futura decisión del nuevo mandatario.

Hay quienes explican que la candidatura se caerá en forma natural dentro de unos meses; por su propio peso, por falta de consistencia o por existir mejores postulantes. Sin embargo, pensamos que sería aconsejable actuar con celeridad, desprendiéndose de un asunto heredado, de modo de evitar entramparse en una causa que no entregará mayores beneficios a nuestro país.

El momento oportuno pareciera ser ahora, al inicio del presente mandato, antes que las presiones domésticas —las que ya han comenzado a surgir — vengan a complicar una decisión que no requiere de mucha justificación para ser adoptada.

Al contar con argumentos para retirar el apoyo a esta candidatura, tanto México como Brasil tomarán debida nota únicamente. El primero, preocupado por problemas de violencia, narcotráfico y constantes amenazas de su vecino del norte; el segundo, en la tensión de un período eleccionario de incierto resultado, no se pronunciarán más de la cuenta. Para ambos países, la postulación de la Sra. Bachelet no es una prioridad, sino un detalle, comparado con otras situaciones que ameritan más atención que un patrocinio otorgado a petición de un gobierno que ya fue.

Fundamentos de un retiro

Es altamente probable que el hecho de dejar a la expresidenta en el sillón de la ONU formara parte de un legado de gobierno que necesitaba de símbolos para dar brillo a la opacidad del final de su mandato. Otros intentos de esta naturaleza, como la nueva constitución, el fin de las AFP, la proyección de la figura de Allende…habiendo fracasado, al expresidente le quedaba un último cartucho. Y este fue lanzado con la esperanza de encontrar un amplio apoyo a una figura que, contando con méritos a su activo, arrastra una ideologizada y partisana trayectoria. Un intento por aglutinar una coalición en torno a una imagen del pasado para pegar las piezas de un desarmado puzle descolorido y maltrecho.

Se ha explicado que se trataría de una candidatura de unión nacional; la de Chile en su conjunto, lo que no deja de resultar paradójico, ya que ningún chileno, ni sus representantes —parlamentarios, ediles, dirigentes…— fueron consultados. Huelga decir que tampoco lo fueron los candidatos a la Presidencia de la República.

El lema “Bachelet candidata de Chile” tampoco ha logrado la adhesión de la mayoría de la ciudadanía. Según la encuesta Plaza Pública de Cadem, un 44% de los chilenos estaría de acuerdo con la candidatura, contra un 47% que se muestra en contra.

Es claro entonces, que la expresidenta fue presentada para uso interno y, así quedó de manifiesto desde el principio. Una decisión gubernamental inconsulta, inoportuna y carente de un análisis previo de la nueva correlación de fuerzas que se ha instaurado en el mundo.

Para cualquier observador avezado, la candidatura es tan frágil, que el presidente llamado a sustentarla inicialmente adoptaba posiciones de permanente crítica —generalmente justificada, debemos reconocerlo— al mandatario que, con su veto, dispone de una de las llaves del Consejo de Seguridad de la ONU.

Al enfrascarse en polémicas estériles con el gobierno norteamericano, Gabriel Boric debía saber que no ayudaba precisamente a Bachelet. Toda crítica o interpelación que se precie de seria debe hacerse en momento oportuno y con la debida cautela, ya que, además, al apuntar a un gobernante ególatra que parece haber extraviado juicio y razón, se está jugando con fuego.

Por otra parte, supimos en enero que, quien estaba a cargo de esta candidatura, la embajadora de Chile ante la ONU, Paula Narváez, optó por un puesto en el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y dimitió de sus funciones.

Debemos reconocer, además, que la misma postulante ha hecho poco por legitimar técnicamente su propia candidatura y presentarla como una alternativa de unión. Sobre la inusitada violencia que vive el mundo, la paz y la seguridad internacional, el desajuste del comercio internacional, las reformas substanciales que deberán hacerse en la ONU a corto plazo, Bachelet ha hablado poco, y de lo poco, nada relevante, en realidad. No se le conocen opiniones de fondo, no hay estrategia ni relato convincente, no existe el necesario sustento técnico ni político de respaldo.

¿Con qué argumentos nuestros actuales embajadores buscan los votos de los países miembros? ¿Se conocen acaso sus intervenciones en foros o escenarios multilaterales, más allá de sus cortos saludos y su abundante despliegue de sonrisas?

Entre tanta carencia y silencios reveladores, es posible pensar que, ya sobrepasada a poco andar, su capacidad de llegar hasta el final de la carrera se esté debilitando. Tal es así, que prefirió ausentarse del reciente cambio de mando presidencial, un foro que le ofrecía la posibilidad de sensibilizar a mandatarios, ministros o emisarios de gobiernos extranjeros, o al menos tender puentes con la nueva coalición de gobierno, a la que hasta hoy parece ignorar, sin comprender que la necesita. Su discreta visita a La Moneda, el viernes pasado, no revierte su actitud de lejanía con la actual administración.

Una fórmula honorable

Dando por hecho que, entre los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, los EEUU expresarán su veto a Bachelet, que el voto chino no está para nada garantizado, como tampoco los de Francia e Inglaterra, es probable que solo se cuente con el apoyo de Putin. Dudamos que este sea el que hoy Chile necesite.

Como generalmente sucede, los Estados más gravitantes buscarán alguna candidatura “políticamente correcta”. En esta lógica, considerando la actual reconfiguración del escenario mundial, dado el lastre de una marcada ideología sustentada en su permanente actuar, y por ser presentada por gobiernos considerados de izquierda, la Sra. Bachelet parece no cuadrar ni caber en este esquema.

En ese contexto, estimamos que se necesita dar señales claras a los gobiernos extranjeros; y hacerlo desde ahora. No complicar nuestras relaciones diplomáticas condicionando acuerdos o acciones de cualquier índole, por sutiles que estas sean, al eventual apoyo a una candidatura que tiene poquísimas opciones de éxito. No sería bueno distraer nuestras relaciones exteriores ni gastar los recursos que escasean, impulsando asuntos de réditos inciertos que distan de ser prioritarios.

La historia ha sabido siempre valorar los gestos de nobleza y generosidad de próceres que, ante determinadas circunstancias, supieron poner los intereses de Chile por sobre los personales. Así, recogiendo esta enseñanza moral, y a modo de reflexión, pregunta y sugerencia a la vez: ¿no sería acaso preferible que, luego de un análisis sereno y exhaustivo, sea la propia expresidenta quien, haciendo prueba de un acto digno y generoso, se desistiera de su propia candidatura?