Hay algo llamativo de nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para medir nuestro cuerpo. Contamos pasos, calorías, horas de sueño y frecuencia cardíaca. El reloj nos avisa si estuvimos demasiado tiempo sentados, la aplicación celebra cuando alcanzamos una meta y el gimnasio nos muestra cuánto peso levantamos respecto de la semana anterior.

Pero hay algo que ninguna pantalla puede medir.

No existe una aplicación que nos avise que hace demasiado tiempo no llamamos a nuestros padres. Ningún reloj inteligente vibra para decirnos que estamos perdiendo la paciencia con quienes más queremos. Ningún dispositivo detecta que hace meses dejamos de agradecer, de pedir perdón o de preguntarnos si seguimos siendo la persona que alguna vez quisimos llegar a ser.

Vivimos en una cultura fascinada por el rendimiento. Mejoramos el cuerpo, optimizamos el tiempo y buscamos ser más eficientes. Todo eso tiene valor. El problema aparece cuando entrenamos cada músculo, pero olvidamos ejercitar el carácter.

Hace más de dos mil años, la tradición judía reservó un mes entero para esa clase de entrenamiento interior. Lo llamó Elul. No era un tiempo para castigarse ni para vivir con culpa. Era una invitación a detener la marcha antes de comenzar un nuevo año y hacerse preguntas que ninguna tecnología puede responder.

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Por eso, durante este mes, cada mañana se hace sonar el shofar, un antiguo cuerno cuyo propósito nunca fue ofrecer un concierto. Su sonido era, y sigue siendo, un despertador. No para quienes todavía duermen, sino para quienes llevan demasiado tiempo viviendo despiertos… pero en piloto automático.

No invita a correr más rápido. Invita a preguntarse si vale la pena seguir corriendo en la dirección que llevamos.

Tal vez esa sea una de las intuiciones más vigentes de una tradición milenaria: entender que el mayor riesgo no es equivocarse, sino acostumbrarse tanto a uno mismo que deje de notar en qué se está convirtiendo.

Los gimnasios volverán a llenarse el lunes. Los relojes seguirán contando nuestros pasos y las aplicaciones continuarán acumulando estadísticas. Todo eso puede ayudarnos a vivir mejor.

Pero quizás la revisión más importante siga siendo la única que no aparece en ninguna pantalla: la que nos permite descubrir si, además de fortalecer el cuerpo, todavía estamos fortaleciendo a la persona que vive dentro de él.