La exposición “Tus fantasmas son míos”, que se presenta actualmente en el Centro Cultural La Moneda, seguramente por herencia del gobierno anterior, es un ejemplo concreto y cercano de la estrategia de copamiento cultural, académico y deportivo desplegada por Catar a nivel mundial, primero en los grandes centros del poder y luego en las instancias regionales.

La muestra en cuestión se construye sobre profundas pretensiones morales, abordando temas como los derechos humanos, la migración, la pobreza, el exilio, la identidad, los conflictos y las comunidades excluidas. Sin embargo, también incurre en una inconsistencia fundamental: el propio Catar queda fuera de todo escrutinio.

En efecto, diversas organizaciones de derechos humanos han documentado en Catar graves restricciones a la libertad de expresión y a los derechos civiles, además de discriminación y severas limitaciones que afectan a trabajadores migrantes, mujeres y personas LGBT. A ello se suma una realidad demográfica difícil de ignorar: cerca del 90% de quienes viven en Catar no son ciudadanos y, por tanto, carecen de los derechos políticos y de buena parte de los privilegios reservados a la pequeña minoría ciudadana. Entonces, ¿no merece ese sistema ser examinado a la luz del concepto de apartheid?

Esta contradicción entre realidad e imagen se enmarca en una amplia estrategia de diplomacia pública. Catar se presenta al mundo como promotor del pluralismo, la modernidad y determinados valores occidentales, extendiendo su influencia a museos, universidades, eventos deportivos y medios de comunicación. Pero detrás de esa proyección existe también una estrategia destinada a acumular influencia política, cultural e intelectual mucho más allá de sus fronteras, para exportar su visión fundamentalista.

El mundo académico estadounidense constituye quizá uno de los ejemplos más llamativos. Catar se ha convertido en una de las mayores fuentes extranjeras de financiación para universidades estadounidenses, mediante donaciones, contratos, programas académicos y campus de instituciones norteamericanas en Doha. Algunas estimaciones ampliamente citadas sitúan en torno a US$13.000 millones el volumen acumulado de recursos cataríes vinculados al sistema académico estadounidense.

Pero en el fondo, detrás de esta imagen de país cercano y amistoso, Catar articula una maraña de relaciones estrechas con movimientos islamistas y actores desestabilizantes, contribuyendo a promover narrativas que, en muchos casos, profundizan la polarización regional en Medio Oriente.

Por ejemplo, Catar ha acogido durante años a dirigentes políticos de Hamás y ha proporcionado un importante apoyo financiero a su gobierno en Gaza. La protección política, los canales de financiación y la legitimidad internacional que Doha ha ofrecido a Hamás han contribuido a fortalecer a una organización terrorista responsable de la masacre del 7 de octubre y de numerosos otros atentados.

En todo caso, la red de relaciones controvertidas de Catar va mucho más allá. Doha ha acogido la oficina política de los talibanes, ha ofrecido plataformas y refugio a figuras relevantes de los Hermanos Musulmanes y ha mantenido estrechos vínculos con movimientos islamistas de toda la región. A modo de ejemplo, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos ha sancionado a individuos radicados en Catar acusados de financiar o facilitar actividades de Al Qaeda y de su antigua filial siria, el Frente al Nusra.

La exposición aludida es apenas la cara visible de la presencia catarí. La pregunta que queda abierta es cuánto de la intensa actividad antiisraelí que vemos hoy en Chile se desarrolla también con apoyo, recursos o influencia proveniente de Catar.

No cabe duda de que el público chileno puede y debe disfrutar del arte y la cultura. Pero, a propósito de esta exposición, también surge la necesidad de preguntarse quién selecciona los fantasmas que se exhiben y cuáles son los fantasmas que deliberadamente han quedado fuera del proceso curatorial.