La generación de expectativas exageradas y promesas que son imposibles de cumplir, son parte del debilitamiento de la democracia, en un sistema que sólo quiere validar el exitismo, la competencia, el enriquecimiento, postergando la colaboración, la organización democrática y la fortaleza institucional.
Política y economía, caras de una moneda
El abogado, cientista político y doctor en filosofía Eduardo Saffirio Suárez, habitúa a reflexionar en distintos medios sobre lo que sucede en nuestro país. Sus escritos son muy iluminadores y facilitan tanto la comprensión de lo que vivimos como las orientaciones que debiéramos seguir para fortalecer la democracia en su integridad.
No es posible, nos ha dicho, entender lo que sucede en el mundo sin saber algo de economía; y tampoco es posible construir una economía sólida sin una mirada integral de la sociedad.
He aquí una clave poderosa de lo que estamos viviendo. Chile intentó congeniar el modelo social y económico impuesto por la dictadura con la pretensión de una democracia sólida.
Se progresó en una serie de índices, pero finalmente las expectativas en ambos aspectos quedaron cortas, especialmente en cuanto al desarrollo democrático.
Luego se avanzó en ese plano hasta conseguir que una importante mayoría del país se pronunciara sobre la necesidad de terminar con el modelo social y político y generar una nueva Constitución Política.
La polarización
Sin embargo, eso se hizo en un clima de tensiones y odiosidades, de posiciones extremas, que exacerbaron las aspiraciones de imponer modelos que fueron ampliamente rechazados por el electorado.
En este plano, buena parte de la responsabilidad no radica sólo en los que polarizaron los planteamientos y la discusión, sino sobre todo en aquellos sectores llamados de “centro”, que pudieron tener planteamientos pero fueron arrasados por la marea del descontento, la precariedad de sus propios directivos políticos, la mediocridad de sus parlamentarios, la ausencia de voces claras y de espacios para que quienes hablaban de modo más razonable y prudente pudieran dar a conocer propuestas diferentes.
Quienes tienen visiones polares de la política, tal vez de la vida incluso, generan expectativas en la ciudadanía en forma irresponsable, pues saben que así no lograrán avanzar hacia una sociedad armónica en que las personas tengamos derecho a ser felices, alcanzar un bienestar razonable, justicia social, desarrollo integral, en un marco de libertad y solidaridad.
Imponer posiciones extremas de minorías que logran mayorías circunstanciales, moverá los resultados electorales como un péndulo impulsado por la inercia de una energía que no tiene conducción humana. No hay ideas claras, ni voluntad, ni dirección, ni entendimiento, ni consideración por las personas que somos parte viva de la sociedad. Sólo satisfacer ansias de poder y los intereses de quienes ganan.
La generación de expectativas
En cada victoria política de los extremos hay una exageración de su capacidad de dar solución a todos los problemas con una mirada sesgada que conduce a callejones en que ellos son la única salida. Así logran mayorías importantes, como ha sucedido en los dos últimos procesos presidenciales.
Saffirio nos recuerda que hay una elevación de las “expectativas legítimas de los ciudadanos”, pero ello trae tensiones, pues todo cambio en el Estado de Derecho es “siempre parcial, gradual, conflictivo y defectuoso”.
Cuando se promete, por ejemplo, terminar de inmediato con las injusticias, garantizar derechos que han sido postergados o erradicar la delincuencia, se espera que ello se logre, sin entender que en una democracia el papel de las organizaciones sociales y de las personas es fundamental. El gobernante deberá hacer todo y conseguirlo de inmediato.
Estas promesas son irresponsables y arrastran descontento, desánimo, decepción. Entonces surgen quienes, en un discurso irresponsable y populista, culpan de todo al Estado (confundiendo Estado y gobierno) y desarrollan discursos sosteniendo la ilegitimidad del orden político, la insuficiencia de la democracia para resolver problemas.
Debilitando la democracia: ¿error o proyecto?
Kast ganó así. Y pocos meses después de su 58% de apoyo, tiene ahora esa misma cifra de rechazo, reduciendo su aprobación al voto duro de la derecha más radical.
Todo ello puede llevar a tensiones que además de debilitar al gobierno, debilitan el sistema democrático, pues se le culpa de los déficit cuando en realidad la responsabilidad es de quienes prometieron lo que nunca iban a cumplir.
Me hago la pregunta constantemente: ¿Es esto un error de los que ganaron la última elección presidencial? No, no es un error. Ellos lo sabían con claridad. Generar expectativas a partir de promesas que no se cumplirían, menos en el corto plazo, para culpar al Estado, la democracia, los parlamentarios, los opositores, el gobierno anterior y a quien fuere necesario, con la sola intención de aplicar un plan que satisfaga sus intereses, les otorgue a los que tienen el poder económico y político, beneficios de largo plazo con la esperanza de que eso, en el mediano o largo plazo, podrá satisfacer las necesidades de las personas.
Hay un diseño: no importa ser impopular un tiempo, pero afianzarse en el poder. Lo que hacen Bukele y Ortega en América Central, lo que muchos quieren hacer en otros países, manteniéndose con mecanismos de baja legitimidad pero de alta eficacia.
La sociedad del reclamo
El proyecto derechista en el poder coincide con lo que nos dice Saffirio citando a Daniel Bell: “La sociedad moderna ya no se ordena únicamente alrededor de carencias materiales básicas. Se organiza crecientemente alrededor de aspiraciones comparativas, consumo diferenciado, reconocimiento, identidad, estatus, bienestar subjetivo y promesas de plenitud personal”.
Es decir, es una sociedad de deseos individuales que al no ser satisfechos “multiplica los reclamos y vuelve más inestable la satisfacción”. Se explicará entonces que la culpa es del Estado y de un sistema político que se debate en discusiones y en esfuerzos garantistas de derechos.
Los ciudadanos, en este plan, se van convirtiendo cada vez más en consumidores y deudores, que con las expectativas cada vez más altas y la competencia creciente entre los “individuos”, las tensiones aumentan. El otro es mi enemigo y yo llevo mis expectativas adelante mientras pueda. Tengo derecho y avanzo, alguien me prometió y estoy dispuesto a todo para conseguirlo. Los fuertes sobreviven.
En este marco se explican la violencia, la agresividad creciente, las faltas de respeto, la crisis de valores. Todo se relativiza: hasta las normas del tránsito se convierten en meras recomendaciones que nadie fiscaliza. Y ello afecta a la convivencia y agudiza la tensión social.
Se debilita la democracia
Las frustraciones y decepciones en la sociedad se van expresando a través de mecanismos que “desordenan” la democracia y la debilitan. Lo dice Saffirio con mucha claridad: “La política democrática ya no procesa la frustración ciudadana principalmente a través de partidos fuertes, prensa jerarquizada, deliberación parlamentaria o liderazgos con capacidad pedagógica. La procesa crecientemente a través de redes sociales, fragmentación informativa, indignación instantánea y competencia por atención. Ese cambio estructural acelera la decepción, la moraliza y la convierte en combustible disponible para la demagogia”.
Se renuncia así a actuar en política democrática, sustituyendo la reflexión por la emoción inmediata; el argumento por el insulto; la denuncia irresponsable ocupa el lugar de las investigaciones serias; la historia y la cultura se ven desplazadas por la inmediatez y la grosería. Más que responsabilidad política, se reacciona frente a frases altisonantes, acusaciones no siempre fundadas, consignas y denuestos.
En el país hay carencias, problemas importantes sin duda, deficiencias en muchos campos, pero sobre todo desesperanza y crisis de expectativas. Es necesario entender que las realidades son más complejas de lo que parece en el discurso populista o simplificador que llevó a Kast al poder.
La democracia es poder la sociedad organizada
La organización de la sociedad, no en pandillas ni alianzas sólo ocasionales para la defensa de intereses locales o focalizados, es un requisito indispensable para fortalecer la democracia. Los partidos políticos tienen en eso una tremenda responsabilidad en sus propias organizaciones que son cada vez más cupulares y alejadas del ejercicio democrático. Los partidos deben hacer propuestas que nazcan de sus ideas y de la realidad, una combinación indispensable para la seriedad de lo que se ofrece al electorado.
Va siendo hora de poner atención a lo que pasa en el país y en el mundo.
Proyectos que creen en la democracia sólo parcialmente –de derechas e izquierdas– deberán ser confrontados con proposiciones serias y consensuadas entre los agentes sociales y políticos que buscan, más allá de la satisfacción de sus intereses, una salida para los conflictos de hoy.
La responsabilidad recae sobre todos. Antes de que sea demasiado tarde.
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