Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino de la desilusión. Esta es una de ellas. Cada vez que observo el Chile de hoy, vuelvo inevitablemente a mis años universitarios, entre 1982 y 1987. Eran tiempos en que el país vivía bajo una dictadura militar: un período marcado por el miedo, la represión y la incertidumbre. Sin embargo, fue también una época en la que muchos jóvenes decidimos enfrentar el temor con la esperanza de recuperar la democracia.

Esa esperanza fue más poderosa que el miedo.

Me llevó a participar clandestinamente en el Centro de Alumnos del IPS, colaborando estrechamente con las actividades que impulsaba la FECH, especialmente en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Allí, entre pasillos, reuniones secretas y manifestaciones, comenzó para mí el verdadero camino hacia el retorno democrático.

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No eran tiempos fáciles. Cada marcha podía terminar con disparos, detenciones o desapariciones. La represión era la respuesta habitual frente a cualquier intento de organización social. Aun así, miles de estudiantes seguimos adelante porque creíamos que Chile merecía un destino distinto.

Con la perspectiva que dan los años, muchas veces pienso que, en ese momento, el verdadero pueblo organizado éramos los estudiantes. Mientras nosotros enfrentábamos las consecuencias de salir a las calles, buena parte de la dirigencia política permanecía en el exilio. Desde allí mantenían viva la esperanza del retorno democrático, aunque esa realidad contrastaba profundamente con la experiencia cotidiana de quienes permanecíamos en Chile, viviendo la represión, las privaciones y el temor.

Contra todo pronóstico, llegó el momento que parecía imposible: la dictadura aceptó realizar un plebiscito para que los ciudadanos decidieran el futuro del país. Entonces comenzó otra etapa.

Muchos dirigentes políticos iniciaron su regreso a Chile para asumir el liderazgo del proceso democrático. Desde mi mirada, ese retorno contrastó con los años en que miles de ciudadanos anónimos habían sostenido la resistencia cotidiana, muchas veces poniendo en riesgo su libertad e incluso sus vidas. No recuerdo haber visto a muchos de esos líderes compartiendo las ollas comunes, participando en las protestas o enfrentando la represión junto a quienes permanecimos aquí.

El plebiscito finalmente se realizó. El triunfo del NO abrió las puertas a la recuperación de la democracia y también al regreso definitivo de quienes volverían a ocupar posiciones de liderazgo político. Comenzaron a surgir fundaciones e instituciones internacionales que apoyaron el proceso de transición y acompañaron la instalación de los nuevos gobiernos.

Durante los veinte años siguientes gobernó la Concertación. Muchos de sus dirigentes provenían de la antigua Unidad Popular y prometieron construir un país distinto. Millones de chilenos confiamos en ese proyecto y depositamos en ellos nuestra esperanza.

Posteriormente llegó la alternancia con gobiernos de derecha e izquierda que, en lo esencial, mantuvieron el modelo económico heredado del régimen militar. Mientras tanto, todos administraban un país que crecía sostenidamente y que comenzó a ser presentado como un ejemplo dentro de América Latina.

Y es innegable que Chile avanzó.

La economía creció, aumentaron los ingresos de muchas familias, surgieron nuevas oportunidades y una parte importante de mi generación logró alcanzar niveles de bienestar que antes parecían inalcanzables. Pero ese crecimiento tuvo también una deuda.

Las grandes promesas que acompañaron el retorno a la democracia quedaron, en buena medida, inconclusas. La educación pública de calidad y gratuita, un sistema de salud digno y oportuno, y pensiones capaces de asegurar una vejez tranquila continuaron siendo demandas pendientes para millones de personas.

Quizás ahí comenzó la respuesta a mi pregunta.

El éxito económico terminó ocultando problemas estructurales que nunca fueron resueltos. Nos acostumbramos a celebrar las cifras macroeconómicas mientras muchas familias seguían enfrentando profundas desigualdades.

Al mismo tiempo, creo que como generación también cometimos errores.

Entregamos a nuestros hijos y nietos un país más próspero, pero quizás no fuimos capaces de transmitirles el enorme costo que significó construirlo. Muchos crecieron sin conocer las privaciones que marcaron nuestra juventud: las largas filas para conseguir alimentos, la escasez, el miedo permanente o las enormes dificultades para estudiar y salir adelante.

Desde mi perspectiva, parte de esa desconexión ayuda a explicar la forma en que algunos entienden hoy la protesta social. Me resulta difícil comprender que la violencia, la destrucción del espacio público o el daño al patrimonio común sean vistos como caminos legítimos para alcanzar mayores niveles de bienestar.

Encuentro una contradicción evidente cuando quienes rechazan el modelo económico participan plenamente de la misma sociedad de consumo que cuestionan, compitiendo por adquirir los productos más exclusivos mientras todavía existen compatriotas que luchan por satisfacer necesidades básicas.

No pretendo afirmar que esa sea toda la realidad de una generación, pero sí creo que refleja una parte importante del problema que enfrentamos.

Hoy Chile parece debatirse entre la necesidad de corregir sus profundas desigualdades y la dificultad de encontrar liderazgos capaces de construir acuerdos duraderos.

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¿Qué le pasó a la izquierda? Lunes 08 Junio, 2026 | 10:17

Veo aparecer nuevos rostros en la política, cargados de ideales y frustraciones heredadas, junto a figuras tradicionales que parecen resistirse a abandonar el poder. Mientras tanto, quienes financiamos el funcionamiento del Estado seguimos esperando que los recursos públicos se traduzcan, finalmente, en una mejor calidad de vida para todos los chilenos.

Después de más de cuarenta años, continúo observando con preocupación cómo muchas de las cosas que tanto esfuerzo costó levantar parecen deteriorarse.

Y entonces vuelvo al comienzo. Vuelvo a hacerme la misma pregunta que me ha acompañado durante tanto tiempo: ¿Cómo llegamos a esto?

No era el Chile que imaginé cuando salí a marchar siendo estudiante. No era el país por el que estuve dispuesto a arriesgar mi libertad y mi vida. Y, sobre todo, no es el país que soñé para mi hijo ni el que deseo heredarle a mis nietas.

Jaime Muñoz Quiroz
Ingeniero de Proyectos
Un ciudadano de a pie defraudado de los políticos.

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