Después de largos años de violencia injustificable, se siguen repitiendo tragedias que solo pueden describirse como inhumanas, ya que no son dignas del ser humano ni de la humanidad.
Y aquí me pregunto: ¿Qué queremos decir realmente con la palabra “humanidad”? ¿Se trata simplemente de esa enorme cantidad de personas que habitan este planeta, o significa también los valores morales que se materializan en la solidaridad, la cercanía con el prójimo y el respeto a la dignidad humana a nivel civil y cultural? Pues son estos valores los que otorgan a la civilización su verdadero significado y expresan la auténtica visión del ser humano.
En estas horas, los medios de comunicación repiten una frase dicha con todo orgullo y sin vergüenza: “¡La guerra aún no ha terminado!”. Es una frase que no infunde optimismo sobre el futuro de esta tierra. Pero, ¿de qué guerra están hablando? ¿Es la guerra con Irán? ¿Y lo que está ocurriendo en Gaza y Cisjordania, no es también una guerra? ¿O es que el mundo se niega a verla como una guerra por la ausencia de ejércitos regulares enfrentados? En realidad, es más que una guerra, porque un pueblo indefenso sufre bajo el peso de la violencia, la opresión y la persecución.
Después de todas estas palabras y discursos, el mundo se encuentra ocupado contabilizando los desastres de las guerras: el número de víctimas, el porcentaje de tierras destruidas, las alianzas políticas, las disputas diplomáticas, los costos de las armas y las pérdidas económicas. Es la imagen de un mundo que se conforma con observar los resultados de la violencia y registrarlos en cifras, sin que su conciencia se estremezca ante la tragedia humana, y sin actuar en la práctica para detenerla, porque se ha rendido a una lógica distorsionada que contradice la esencia de la humanidad.
En cambio, quienes viven en el corazón de las guerras, se mantienen junto a las víctimas y comparten su dolor por la pérdida y la injusticia, tienen una visión completamente distinta. Ellos se enfrentan a un escenario dominado por la indiferencia, y son testigos de la falta de reconocimiento de la dignidad humana y de la negación del valor de la vida misma.
Y lo que es peor, ven señales claras y crueles que se manifiestan en decisiones tomadas incluso después de reuniones y conferencias internacionales que, supuestamente, debían hablar de paz y elegir su camino, pero que terminan en opciones contrarias a la naturaleza humana.
Tal vez la palabra “humanidad” revele hoy significados ambiguos que decepcionan a todo aquel que cree que las decisiones deben basarse en la conciencia, la lealtad al ser humano y la integridad intelectual y moral.
La fe consiste en tener la esperanza de detener este camino que despoja a la humanidad de su esencia, cuando se presenta al otro y al diferente como un enemigo. Y esto no se logrará a menos que quienes tienen responsabilidades en el mundo asuman su verdadero deber; pues la autoridad, en su esencia, no es un privilegio, sino un servicio.
En Tierra Santa, la humanidad que sufre tiene una visión clara. Ve un camino que no conduce a la paz y siente la indiferencia de muchos, pero al mismo tiempo experimenta la cercanía y el amor de muchos otros. Se mantiene firme en su defensa de la tierra y de la vida, exige comprensión y solidaridad, y sufre por la traición de quienes no reconocen que todos pertenecemos a una única familia humana.
Desde mi posición, y con todos los sentimientos humanos y lazos espirituales que llevo conmigo, he conocido de cerca los efectos de las imborrables heridas físicas y psicológicas, y he visto en los rostros de quienes insisten en quedarse las huellas de traumas que siguen vivos, así como también he visto señales preocupantes de decisiones carentes de conciencia y humanidad.
Por ello, rezo para que la humanidad sea testigo de nuevas decisiones; decisiones que sean más justas, más honestas y más fieles al ser humano.
Seguiremos en Tierra Santa para dar testimonio de la esperanza, continuar sirviendo al ser humano y rezar para que Dios abra los corazones y las mentes hacia el camino de la paz. El mundo de hoy necesita una conciencia viva, decisiones que no traicionen la dignidad humana y una paz que devuelva al ser humano su humanidad.
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