En la Antigua Grecia, los Juegos Olímpicos no eran solo una fiesta deportiva. Durante su celebración se proclamaba una tregua sagrada (ekecheiria), un recordatorio de que incluso en un mundo de conflictos existen valores superiores a la lucha. Precisamente por eso, el movimiento olímpico se convirtió en un símbolo de paz, respeto mutuo y unidad.
Es especialmente simbólico y trágico que en febrero de 2014, cuando el mundo aún seguía los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, Rusia iniciara su agresión contra Ucrania y la ocupación de Crimea. Mientras la llama olímpica seguía encendida, comenzaba una guerra que continúa hasta hoy.
Hace unos días, el Comité Olímpico Internacional levantó temporalmente la suspensión del Comité Olímpico Ruso, que estaba vigente desde octubre de 2023 tras la incorporación a su estructura de organizaciones deportivas de los territorios ucranianos temporalmente ocupados. Al mismo tiempo, el COI revocó por completo sus recomendaciones, que limitaban la participación de atletas y equipos rusos en competiciones internacionales.
Esto no significa el regreso automático de Rusia a todos los deportes, ya que las decisiones finales las deben tomar las federaciones internacionales. Pero esta medida abre el camino a un debilitamiento gradual de sanciones deportivas impuestas tras el inicio de la agresión a gran escala contra Ucrania.
Nadie niega que un deportista individual no siempre carga con responsabilidad personal por las decisiones de su gobierno. Precisamente por eso, Ucrania apoyó un modelo en el que solo pudieran participar en competiciones internacionales atletas verdaderamente neutrales: aquellos que no sirven en estructuras de fuerza, no apoyan la agresión y no son utilizados como instrumento de propaganda estatal.
Sin embargo, hoy ya no se trata solo de los deportistas. Se trata del regreso gradual de Rusia a una vida deportiva internacional plena. Eso es precisamente lo que preocupa a una parte significativa de la comunidad internacional. Ya en 2023, 35 Estados —entre ellos el Reino Unido, Alemania, Francia, Polonia, Canadá, Estados Unidos, los países bálticos y otros— pidieron no permitir el regreso de Rusia y Bielorrusia al deporte internacional mientras continuara la agresión contra Ucrania.
Tras las últimas decisiones del COI, varios países volvieron a expresar su preocupación. El ministro de Deportes de Italia afirmó que el regreso pleno de los deportistas rusos es prematuro mientras continúe la guerra. En Rumanía, durante un torneo internacional de gimnasia artística en Cluj-Napoca, las autoridades locales prohibieron el uso de símbolos estatales rusos.
Al mismo tiempo, no todas las federaciones internacionales están dispuestas a aplicar automáticamente la nueva línea del COI. En particular, World Athletics, responsable del atletismo —uno de los deportes olímpicos más importantes—, declaró que no cambiará su política respecto a los deportistas rusos y bielorrusos, ya que la guerra contra Ucrania continúa.
La razón es evidente. Para el Kremlin, el deporte nunca fue solo deporte. Durante muchos años se utilizó como instrumento de prestigio estatal, política exterior y propaganda. Basta recordar el sistema estatal de dopaje, revelado por investigaciones internacionales, o numerosos casos de utilización de victorias deportivas en la retórica política. Hoy, cada paso hacia el regreso de Rusia a la arena deportiva internacional es presentado por las autoridades rusas como una prueba de que el aislamiento internacional está llegando gradualmente a su fin.
La historia demuestra que el deporte internacional ya se ha enfrentado en repetidas ocasiones a una elección moral similar. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón no fueron admitidos en los primeros Juegos Olímpicos de posguerra. En 1964, debido a la política de “apartheid”, Sudáfrica fue suspendida de los Juegos Olímpicos durante casi tres décadas. En 1992, a causa de la guerra en los Balcanes, los deportistas de la República Federativa de Yugoslavia fueron excluidos de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Y en 1980, más de 60 países boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú tras la invasión soviética de Afganistán.
En cada uno de esos casos, el mundo reconoció lo obvio: las violaciones masivas del derecho internacional no pueden quedar sin consecuencias, ni siquiera para la comunidad deportiva.
Respetamos la independencia de las organizaciones deportivas y el derecho de las federaciones a tomar sus propias decisiones. Sin embargo, en tiempos de guerra, cualquier partido internacional se convierte inevitablemente en algo más que un simple evento deportivo.
Ucrania no llama al aislamiento eterno de ningún pueblo. Aspiramos a una paz justa, basada en el respeto al derecho internacional y no en el olvido de los crímenes. No nos cabe duda que el deporte volverá a ser un espacio que una a las personas. Pero eso ocurrirá solo cuando cesen los misiles, y no cuando dejemos de hablar de ellos.
Durante su invasión, Rusia ha matado a 650 deportistas y entrenadores ucranianos, además de destruir decenas de instalaciones deportivas, entre estadios, piscinas y otras. Solo en la última semana, Rusia lanzó dos ataques masivos combinados contra Kyiv y otras ciudades ucranianas. Murieron más de 50 civiles y cientos más resultaron heridos. Mientras la comunidad deportiva internacional debate el regreso de Rusia a las competiciones, las familias ucranianas siguen llorando la muerte de sus seres queridos.
El deporte siempre ha sido un espejo de la sociedad. Y cuando empieza a comportarse como si la guerra ya no existiera, el mundo corre el riesgo de perder mucho más que el principio del juego limpio. Corre el riesgo de perder la memoria, las referencias morales y la capacidad de distinguir la normalidad de la costumbre ante la injusticia.
Por eso hoy conviene hacerse una pregunta: ¿qué pierde el mundo cuando el deporte olvida la guerra?
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