Un país se funda dos veces: la primera, sobre el territorio que ocupa; la segunda, sobre el relato que elige contarse a sí mismo y a los demás. La República de Turquía culminó la primera tarea entre 1914 y 1923, mediante la eliminación física y cultural de la mayor parte de sus poblaciones cristianas y judías en Anatolia. Completó la segunda en las décadas siguientes a través de un trabajo sostenido, deliberado y multifacético de selección, jerarquización y supresión de la memoria nacional.
Este artículo se detiene más en el oficio del olvido que en el mero inventario de los hechos, porque es precisamente ahí donde el nuevo Estado logró mayor coherencia interna y donde más activamente sigue reproduciendo su continuidad.
El esqueleto oficial: lo que se conmemora, lo que se omite
El calendario cívico turco es un espejo fiel de esta memoria selectiva. La Ley Nº 2429 consagra como feriados nacionales el 18 de marzo (Çanakkale), el 23 de abril (apertura de la Gran Asamblea Nacional), el 19 de mayo (desembarco de Atatürk en Samsun), el 30 de agosto (victoria en la Guerra de Independencia), el 29 de octubre (proclamación de la República), y el 10 de noviembre (muerte de Atatürk). No existe ninguna jornada oficial de conmemoración dedicada al 24 de abril de 1915, a las masacres de Dersim (1937-38), Maraş (1978), Sivas (1993) ni a las operaciones militares en el sureste kurdo de 2015-2016.
Esta asimetría no es casual. Mientras la batalla de Gallipoli permite al turco verse como víctima heroica frente a potencias imperialistas, los eventos de 1915 y posteriores lo colocan en el rol de victimario. Las dos narrativas son estructuralmente incompatibles y el Estado resolvió esta contradicción no mediante un silencio pasivo, sino con una sustitución simbólica activa y sofisticada.
La historiografía oficial turca y la negación estructurada
La historiografía oficial turca, consolidada desde los años veinte y treinta durante el kemalismo, narra la fundación de la República como un épico proceso de liberación nacional frente a potencias occidentales y minorías “traidoras” en la que armenios, griegos, judíos, asirios y kurdos aparecen como amenazas existenciales o instrumentos del enemigo.
Las deportaciones y masacres de 1915-1923 se presentan como medidas de seguridad bélica necesarias mientras se rechaza sistemáticamente el término soykırım (genocidio), a pesar de que la Convención de 1948 lo define como actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.
Esta narrativa se reproduce en manuales escolares, discursos presidenciales y publicaciones del Türk Tarih Kurumu (Instituto de Historia Turca) y han llegado a convertir el debate histórico en cuestión de lealtad patriótica lo que ha sido una de las herramientas del Estado más efectivas.
Los mecanismos del olvido turco
El olvido opera en múltiples dimensiones que se refuerzan mutuamente. En la educación, los libros de texto han minimizado o eliminado durante décadas la presencia multisecular de armenios, griegos, judíos y kurdos en Anatolia. En el plano simbólico, Anıtkabir (el mausoleo de Atatürk) domina el imaginario colectivo mientras no existen memoriales estatales equivalentes para las víctimas de las violencias fundacionales.
Esta lógica se extiende a otros ámbitos. Económicamente, el Impuesto sobre la Riqueza de 1942 (Varlık Vergisi) desmanteló las empresas no musulmanas más prósperas, transfiriendo riqueza a la nueva burguesía turca. En 1964, miles de greco-ortodoxos fueron deportados de Estambul con apenas 24 horas de aviso. Demográficamente, la Ley de Asentamiento de 1934 y las campañas de turquificación de topónimos alteraron radicalmente el paisaje cultural de regiones enteras.
En el terreno militar y represivo la lista es muy extensa, destacan: supresión de la rebelión del Sheikh Said (1925), masacre de Zilan (1930), masacre de Dersim (1937-38) contra kurdos alevíes, masacres de Maraş (1978) y Çorum (1980) contra alevíes, contrainsurgencia en el sureste durante los 80 y 90 que incluyó la destrucción de miles de aldeas kurdas, desapariciones forzadas y operaciones urbanas de 2015-2016 en Cizre, Sur, Nusaybin y Şırnak. Todo ello bajo regímenes de excepción y con un alto costo civil.
En lo cultural y jurídico, la censura y el artículo 301 del Código Penal han limitado durante décadas la discusión pública sobre estos temas por lo que no sorprende que, quien atraviesa por este entramado (escuela, lenguaje, símbolos, economía, demografía, fuerza militar, ley), aprende dónde están los límites de lo que puede decirse, enseñarse y recordarse.
Lo que el silencio no ha podido enterrar
Aun así, el relato oficial nunca fue completamente monolítico. Desde las primeras décadas surgieron grietas. En las últimas, estas se han ensanchado gracias al trabajo valiente de historiadores turcos, muchos de ellos en la diáspora.
Taner Akçam ha documentado con rigor la planificación y ejecución del genocidio armenio, Fatma Müge Göçek ha analizado la negación como elemento constitutivo de la identidad nacional mientras que Halil Berktay, Baskın Oran y otros han cuestionado los fundamentos de la historiografía oficial kemalista.
Estos intelectuales turcos representan un desafío incómodo para Ankara: escriben en turco y otros idiomas, citan archivos otomanos y confrontan la narrativa oficial desde el conocimiento profundo de su propia historia. El asesinato de Hrant Dink en 2007 y el breve intento de “condolencias” de Ahmet Davutoğlu en 2014 ilustran tanto la fuerza de estas grietas como los límites que aún enfrenta cualquier intento de apertura.
Memoria y contra-negación desde las diásporas
Mientras en Turquía el silencio mantiene su estructura principal, las diásporas se han convertido en el espacio donde la memoria se conserva, actualiza y politiza. La diáspora armenia, fuerte en Estados Unidos, Francia, Argentina, Líbano y Rusia, ha logrado que más de treinta países reconozcan oficialmente el genocidio. La kurda en Europa funciona como contrapoder: cada nueva operación militar turca en el sureste kurdo genera militancia y documentación en Berlín, Estocolmo o París. La aleví, numerosa en Alemania, ha construido un archivo detallado de las masacres de Maraş, Çorum y Sivas.
La memoria completa del siglo XX turco no reside entonces sólo en Estambul o Ankara, sino en los archivos, publicaciones y debates en Marsella, Hamburgo, Estocolmo, Buenos Aires y Beirut. Ese desplazamiento geográfico de la memoria es, en sí mismo, una herramienta política de primer orden que el brazo censurador turco no puede controlar tan fácilmente.
Conclusión: hacia un tercer momento fundacional
Una memoria oficial que selecciona qué merece ser recordado no es sólo un problema de historiadores: es un mecanismo operativo del Estado. En la Turquía contemporánea, donde el nacionalismo étnico-religioso se recrudece con el neootomanismo erdoganista, la cuestión kurda vuelve a militarizarse y los alevíes siguen siendo objeto de sospecha cultural. La continuidad entre la violencia fundacional de 1914-1923 y las políticas del siglo XXI resulta innegable para cualquiera que la quiera (y se atreva) a verla.
Revisar la memoria turca es, en última instancia, una forma de examinar a la Turquía actual. No porque el recuerdo repare por sí solo las injusticias, sino porque mientras la fundación de la identidad turca siga anclada en el silencio selectivo y la negación estructurada, los problemas estructurales que generó —la cuestión kurda, el lugar de las minorías, la dignidad aleví— continuarán siendo profundamente intratables.
Aun así, existe la posibilidad de un tercer momento fundacional: uno que no niegue las dos fundaciones anteriores, sino que las complete y redima confrontando honestamente sus violencias pasadas y presentes.
Solo entonces Turquía podrá construir una identidad nacional inclusiva y una democracia madura que no necesite borrar parte de su historia para sostenerse. Ese tercer acto no sería una humillación patriótica, sino señal de una verdadera madurez identitaria.
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